Fotos y video / "Mi encierro no fue cuento": Morella, víctima del ‘Gordo Mathías’

En su cautiverio, desde 1988, no comió frutas; hubo arroz, arepas, huevos, pasta y lentejas. Pesa 38 kilos.  Escapo del horror en enero pasado. A Crónica Uno contó su historia. "El miedo es poderoso y nos congela", señala.  

Por:  Agencias / Fotos: Luis Morillo

"Mi silencio era por el miedo que todavía siento (...) Pasé 31 años encerrada y sometida al castigo físico y sicológico (…) El miedo no se te va.

Mathías es un hombre peligroso, que te anula como persona y te  moldea a su gusto para que todo sea como él dice

Esto no es cuento. No es mentira, lo que me pasó (…) Sé que es un proceso largo y quiero que se haga justicia. Quiero una respuesta positiva como víctima y el victimario es Mathías Entique Salazar”.

Morella se reencontró con su familia en enero de este año. Dejó de verla en 1988.

Cincuenta años. Esos los cumplió Morella el pasado sábado 7-M, junto a su familia… a la que dejó de ver hace 31 años, cuando se fue en diciembre de 1988 del estado Carabobo para Aragua con su novio, Mathías Salazar. Él, apodado “El Gordo Mathías”, la mantuvo raptada en Maracay. Su último  encierro fue en el edificio residencial Los Mangos, desde donde escapó en enero de este 2020.

En ese lugar estuvo 18 años bajo llave. El 24 de enero de 2020 huyó. Decidió encerrar sus temores y fue a denunciar su situación. Ilógica para muchos, hasta para quienes la oyeron por vez primera. Pero, dura, para Morella, Sus parientes. En especial para su mamá, una abogada que hasta el último de sus días la esperó de vuelta a casa.

Cuando tomó las llaves que le permitirían salir del apartamento C-43 sentía temor de equivocarse, de ser descubierta, de recibir una golpiza más.

La periodista Yohana Marra, quien sacó a la luz su drama, la entrevistó. Morella León López, como se llama, la recibió en su casa, donde le dijo que memorizó la dirección de los dientecitos de cada una de esas llaves y en qué forma estaba el aro, por si debía regresarlas al lugar de donde las tomó.

Morella, la que comió por años lentejas, pasta, huevos y arroz, pesa 38 kilos. Su estatura: un metro 48 centímetros. Tiene problemas en la cervical por las palizas que recibió durante tantos años.

Esta mujer soñaba con estudiar idiomas modernos o turismo.  A Marra contó como conoció a “Enrique”. Así se le presentó Mathías.

Yo soy Morella León López, la víctima por 31 años de Matías Salazar, estuve cautiva por este señor los últimos 18 años en Los Mangos. Sé que es un proceso largo, pero quiero que se haga justicia”, señaló a Marra.

Aquí reproducimos el testimonio de Morella, la víctima de Mathías Salazar:

"A Mathías le debía pedir permiso para ir al baño".

“Con mucho cuidado probó cada una en la cerradura. Abrió. La brisa escasa del pasillo de la torre C (Residencias Los Mangos) le rozó el rostro, el silencio la obligaba a ser más cuidadosa. Era el turno de la reja, nunca había estado tan cerca de ella. Vio las dos cerraduras y el pasador en la parte superior, que le costó jalar con sus manos débiles.

Morella León López abrió la reja. El 24 de enero de 2020 la luz del sol tocó su piel otra vez. Por primera vez en los 18 años que tenía cautiva en el conjunto residencial Los Mangos, en Maracay (Aragua), saboreaba su libertad. Mathías Enrique Salazar Moure la raptó durante 31 años, la alejó de su familia, la convirtió en su esclava sexual y la sometió con violencia física y psicológica.

Mide un metro 48 centímetros y tiene el peso de un niño de 11 años: 38 kilos. Sus negros rizos cortos los ata con una cola, siguiendo aún la costumbre impuesta por su captor y dejando ver arriba de su frente algunos destellos grises. Su piel es muy pálida y en sus delgadas manos llaman la atención las venas pronunciadas. Dos curvas gruesas enmarcan las comisuras de sus labios.

 

Cumplió 50 años este sábado 7 de marzo de 2020. Desde los 18 no celebraba un cumpleaños en familia, en ese entonces llegó de noche a su casa donde la esperaban sus hermanas y su madre con una torta casera. Había estado todo el día con su novio Mathías en Maracay.

 

Morella quería estudiar idiomas modernos o turismo

Cerró ambas puertas con cuidado y se devolvió al cuarto. Se vistió. Se puso un pantalón negro, que no se ajustaba a su delgadez, una camisa y unos zapatos deportivos blancos. Regresó a la puerta y repitió el procedimiento con la misma cautela que al principio. Su objetivo estaba claro: escapar y acudir al Instituto de la Mujer para denunciar.

“Yo solo le pedí dos cosas a Dios: que las llaves abrieran y que no salieran los vecinos, porque si solo abría la puerta y no la reja, y alguien me veía, eso iba a ser una paliza segura para mí”, Morella habla con un tono moderado pero con bastante seguridad.

 

En dos oportunidades Mathías la castigó por tomar las llaves. La primera vez, Morella las sacó de un clavito colgado en la pared. La curiosidad la llevó a probarlas, pero no abrieron. Igual no pretendía salir porque era la orden que él le había dado.

Ocurrió en un apartamento del centro de Maracay, donde estuvo cautiva los primeros años. Ahí comenzó a vivir el horror en carne propia cuando Mathías la golpeaba en el pecho con sus nudillos y la trataba de ahorcar. Hacía tanta presión que ella perdía el conocimiento.

 ‘¿Por qué agarraste las llaves?’, me dijo muy molesto. Me tomó por los brazos y me paró frente a ellas. Me repetía por qué las había agarrado y me decía que no tenía nada que hacer en la calle. Esa fue la primera paliza que recibí por las llaves. Fue una pelea muy fea, me sorprendía que supiera cómo las había tomado, no sabía cómo lo hizo”.

La segunda vez solo limpió el manojo y Matías se dio cuenta, para ese momento estaba recluida en otro apartamento en el sector Los Samanes. La tomó por el cabello. Con una sola mano, que triplica a la contextura de Morella, la agarró por el cuello y le clavó sus dedos en la piel.

 

Me ponía boca arriba en el colchón, con una pierna neutralizaba uno de mis brazos y con una mano me agarraba por el cuello hasta casi asfixiarme. Cuando yo intentaba quitarle su mano él simplemente me agarraba la muñeca. Con una almohada me tapaba la cara para que nadie me escuchara y me decía: ‘Tienes que entender que debes hacer lo que yo te digo ¿no ves que las cosas salen bien cuando lo haces?’.

Por temor a recibir otra paliza Morella no tomó más unas llaves, tampoco tenía la certeza de que abrieran. Esta vez estaban en el apartamento de Los Mangos, las dejó ahí en junio de 2019.

La víctima de este encierro pesa 38 kilos.

Mathías la controlaba, la manejaba desde el miedo. Ella no entendía cómo él se percataba de sus movimientos, pero aprendió a velar sus pasos: por eso antes de escapar el 20 de enero se grabó minuciosamente cada detalle del manojo de llaves.

A las llaves les podía caer polvo y telarañas y yo las dejaba así. Me daba pánico tocarlas, tampoco imaginé que las que estaban en Los Mangos abrían porque en el apartamento del centro no abrieron.

El noviazgo

Morella vivía con su mamá y dos hermanas al norte de Valencia. Como cualquier chica disfrutaba ir a la playa en Bahía de Patanemo, al cine y a los centros comerciales Caribbean Plaza y Camoruco, de moda en los años 80.

Después de graduarse de bachiller en el liceo Las Américas, en el centro de la ciudad, soñaba con estudiar idiomas modernos o turismo, por eso viajó a Maracay, con una amiga, a buscar información en algunos institutos.

Era julio de 1987. Un amigo de la familia les dio la cola desde Valencia hasta el terminal de Maracay. En ese lugar conoció a Enrique, como se presentó Mathías, y les ofreció la cola en su carro. En el camino, Morella le dio su número telefónico y al día siguiente recibió su llamada.

En familia dice que ha vuelto a sonreír.

No había pasado una semana y ya estaba de visita en su casa. En menos de un mes ya eran novios. Él no le dio detalles de su vida personal, como el nombre de sus padres. Solo conocía que era técnico en electrónica y que vivía en El Limón (Aragua).

“Eso fue muy rápido, yo tenía 17 años y él 23. Tenía mucha personalidad, era un hombre imponente y que fuera tan seguro me deslumbró. Para mí, era fascinante que un hombre de 23 se sintiera interesado en una muchacha de 17 y no en una mujer de su edad. Y él me lo decía: ‘Es que tú eres distinta yo veo que tú eres mejor, conozco a muchas mujeres pero no a una que sea como tú’”.

Al poco de presentarlo formalmente como su novio comenzaron los problemas. A su madre y a sus hermanas les disgustaba que Matías llegara a las 9:00 pm a visitarla y se fuera entrada la madrugada o más tarde.

Morella se convirtió en una adolescente rebelde, confrontaba a su madre. Se iba a Maracay sin avisar o pasaba todo el día en su casa esperando la llamada de su novio. Él le pedía que no saliera porque en cualquier momento podía llamarla.

Mi mamá me dijo que él me estaba poniendo muchas reglas, su carácter impositivo no le gustaba. Algo que le alertaba es que yo me quedaba todo el día en la casa esperando solo que él me llamara, me decía: ‘Morella, ¿tú crees que es normal que estés todo el día en la casa esperando que ese hombre te llame? ¿Dónde están tus estudios? Me dijiste que apenas te graduaras ibas a comenzar a estudiar tu carrera porque no querías perder el tiempo y tienes varios meses encerrada’.

Matías se enfrentó en varias ocasiones a la hermana mayor de Morella. Las discusiones empeoraron y él decidió no subir más al apartamento. Tocaba el intercomunicador desde la calle y ella bajaba.

Yo le decía de todo, que era un irrespetuoso y que esas no eran horas de visita, no podía quedarse hasta las 11:00 p. m. en la casa. Él me respondía que no me visitaba a mí. Cuando llamaba a la casa repicaba dos veces el teléfono y si no atendía Morella se molestaba”, contó una de las hermanas mayores de Morella. Una mujer de carácter fuerte, que recuerda muy bien aquellos momentos.

El clima en la familia empeoró tanto que Morella casi no le hablaba a su mamá ni a sus hermanas. Por eso decidió terminar con Mathías y planeaba irse un tiempo a casa de una tía, para que todo se calmara.

Pero el 22 de diciembre de 1988 él la llamó y le pidió que no pusiera fin a la relación.

Me habló de todos los planes que teníamos juntos. Me empezó a hablar bonito y me pidió que recogiera mis cosas para que me fuera a Maracay, que él me buscaba. Matías Enrique Salazar te envuelve, te enamora y después te aleja de tu círculo. Primero me alejó de mis amigas, de mi familia, luego de mis intereses académicos.

La mañana del 23 de diciembre de 1988 metió poca ropa en una bolsa, tres pares de zapatos, maquillaje y unos zarcillos de oro que le regalaron en sus 15 años. No quería levantar sospechas si usaba una maleta. Le dijo a su hermana que iba a limpiar el cuarto y antes de salir avisó que iba a botar la basura. Huyó.

Ese maquillaje que metí en la bolsa me lo rompió en una pelea y más nunca tuve maquillaje. Los zarcillos se los llevó en otra pelea y más nunca los vi. Llevaba poca ropa porque no quería levantar sospechas.

El cautiverio

El 23 de diciembre de 1988 Morella llegó a Maracay. Mathías le dio las primeras reglas: "No tienes que trabajar, yo voy a aportar todo". Le prometió pagarle su carrera universitaria y unas consultas odontológicas, que en 31 años no hizo. En consecuencia, ahora le deben extraer varias piezas dentales.

Al principio la adolescente se quedó en un hotel, su novio le exigió que no saliera porque no conocía la ciudad y había mucha inseguridad. Se quedaba interdiario a dormir con ella, le decía que debía estar en casa de su madre, Margarita Moure, a quien Morella no conoció.

“Todos los planes que me prometió eran cuando yo llegara a Maracay, como sacarme la cédula, que hasta el sol de hoy no tengo.

Morella, muy rebelde, no pensó en llamar a su casa, estaba decidida a quedarse con él. Recuerda que se comunicó con su mamá en marzo de 1989, luego de que Mathías le dijera que su madre había visitado su casa en El Limón.

“Estaba molesto. Me sacó de noche a llamar a mi mamá. Me dijo que le dijera que todo estaba bien y así fue. La llamé y le dije que yo no iba a volver. Mi mamá me respondió: ‘Hija solo quería saber que estabas bien’. Yo le respondí que sí y me dijo: ‘Hija, que Dios te bendiga’. Esa fue la última vez que hablé con mi mamá”.

Morella se quiebra al recordar a su madre, quien murió de un infarto el 4 de diciembre de 2011, a los 76 años. De Mathías, el hombre que le hizo tanto daño durante tres décadas, puede hablar con un poco más de firmeza, pero de su mamá no. Le duele, tanto que aún no encuentra el valor para visitarla en la iglesia donde reposan sus cenizas.

Hace una pausa para llorar. Entre lágrimas le dice a una de sus hermanas que no recuerda la voz de su mamá.

Yo quiero que me consigan ese video de mi mamá, quiero recordar su voz. Trato de recordar su voz pero no puedo.

Su madre, una abogada reconocida en el estado Carabobo, siempre la buscó y en enero de 1989 denunció. En la Policía Técnica Judicial (PTJ), hoy el Cicpc, le dijeron que pronto regresaría con un nieto, que se quedara tranquila.

Viajaba con sus amistades hasta Maracay, daba vueltas por la ciudad con la esperanza de verla y visitaba la casa materna de Mathías en El Limón. Pero Margarita Moure siempre negó toda información de Morella. Y hoy la familia entiende que le transmitía toda la información a Matías, porque luego él le reclamaba a su víctima.

Mi mamá cayó en depresión, era una mujer fuerte porque le tocó ser el piso de todas nosotras, no era de llorar pero las veces que lo hacía era por Morella. Tenía pesadillas, pero sabía que su hija estaba viva, contaron sus hermanas, quienes la han acompañado durante todo el proceso.

Matías trasladó a Morella del primer hotel a otro y, posteriormente, a un cuarto con entrada independiente en el centro de la ciudad. Las mudanzas eran siempre de noche. Morella cargaba con su ropa, las almohadas, el televisor y el ventilador. Luego él llevaba el resto.

“Nunca vivió conmigo, en los dos hoteles que estuve no hubo peleas ni golpes. Yo le preguntaba cuándo se iba a mudar y me decía: ‘¿Qué quieres tú? yo vengo todos los días, no necesito mudarme, yo vengo para acá’”.

Otro tipo de controles comenzaron en ese nuevo lugar, donde dormía en un colchón en el piso. Solo había un bombillo. El baño no tenía luz ni ducha, debía bañarse con una regadera manual y el agua caía en el piso. Le ordenó pedirle permiso para ir al baño. Ella obedeció.

 

Al día siguiente de esa petición a mí se me olvidó y me paré al baño. Me preguntó: ‘¿Para dónde vas?’ Y yo le respondí que para el baño. Me dijo: ‘¿Y tú me pediste permiso?’ Entonces le dije: ‘¿Enrique, puedo ir para el baño?’ Y me dijo que no. Me tuve que sentar en el colchón, a los minutos no aguantaba las ganas y le volví a preguntar. Ahí sí me dejó.

Entre 1994 y 1995 Mathías la trasladó a otro inmueble, esta vez en el sector Los Samanes, donde Morella cayó en cuenta de que los problemas que creía tener con él no tendrían arreglo. Iniciaba el segundo período presidencial de Rafael Caldera.

Era un bloque de cuatro pisos y ella estaba en el último. Las ventanas eran segmentadas con varios vidrios que no tenía permitido abrir. Entre las rejas había cortinas que le impedían ver al exterior. Otras ventanas estaban semiabiertas únicamente para que le entrara ventilación.

Ahí estuve hasta agosto de 2002 porque el gobierno iba a cambiar el techo de asbesto, que es tóxico, y él me dijo que recogiera ropa para dos días. En ese momento fue cuando me llevó a Los Mangos, donde permanecí los últimos 18 años”.

El apartamento de Los Mangos estaba muy sucio, todas las ventanas tenían cortinas, excepto la cocina, por eso evitaba pasar por ahí.

El sanitario y el lavamanos estaban manchados con mugre, sentía que ni siquiera podría orinar. Morella, organizada y aficionada a la limpieza, se encargó de arreglar todo. Mantenía las puertas del baño y del cuarto cerradas.

 

Por dos años y medio durmió en un colchón en el piso y solo tenía un televisor, una mesita y la nevera. En junio de 2004 Matías le llevó el comedor, el gavetero y la cama, del inmueble de Los Samanes, que le armó cuatro años después.

El apartamento solo tenía iluminación en la cocina y en el cuarto, el resto no tenía ni socates. Las ventanas tenían unas gruesas cortinas y Morella evitaba que alguien la viera, sabía que si eso pasaba Matías la castigaría.

La planta que estaba en el balcón la regaba yo, pero lanzaba el agua desde lejos para que no me vieran. El timbre sonó varias veces pero yo nunca abrí, nunca tuve contacto con algún vecino. Un 24 de diciembre tocaron el timbre y una mujer gritaba: ‘vecina, vecina’, la gente sospechaba de mí, solo que ahora dicen que no”.

Los últimos meses que Morella estuvo en Los Mangos la violencia sexual fue muy fuerte. Por ello se incrementó su desesperación por huir.

Yo tenía que hablar lento y muy bajito, no podía hablar normal, él me moldeó hasta cómo tenía que hablar, me decía que hablaba muy rápido y lo aturdía.

La rutina

Morella León López se despertaba a las 5:45 am. Escuchaba el micro radial Nuestro insólito universo, narrado por Porfirio Torres. Todavía lo hace.

Luego iba al baño, tendía la cama y desayunaba, siempre lo mismo: arepa con huevos. Fregaba, se cepillaba y se iba al cuarto. Pasaba el día escuchando la radio o viendo la TV, por eso no perdió la noción del tiempo y conoció los hechos relevantes del país.

No le agradaba estar despierta en el día porque no tenía nada que hacer, por eso trataba de acostarse tarde para poder dormir durante dos horas, era una forma de bloquearse. Cuando tienes una rutina no calculas el tiempo, solo sabes lo que haces y ya.

Recuerda que escuchaba el programa Cinco minutos más, en La Mega, y A tu salud, conducido por María Laura García. En 2019 se topó con un programa, en una emisora regional, acerca de la violencia de género. Desde entonces grabó en su mente el Instituto de la Mujer, en la zona de Calicanto, a donde acudió cuando escapó.

Necesitaba tener encendida la radio y el televisor. Siempre con un tono muy bajo, porque Mathías la regañaba y le decía que se escuchaba hasta el pasillo.

Era muy cuidadosa de sus movimientos para no hacer ruido. Alzaba los muebles al limpiar y trataba de que nada se le cayera al suelo. 

Cuando estaba en la cocina y escuchaba al vecino fregando me daba miedo fregar, porque sabía que se iba a escuchar el grifo.

No usaba toallas sanitarias. Improvisó con franelas viejas y mientras usaba una ponía a secar la otra. Tampoco tenía papel higiénico y cuando se le terminaba el champú se lavaba el cabello con jabón. Debía esperar a que Mathías decidiera qué llevarle.

La recuperación

En 31 años Morella solo recibió atención médica cuatro veces. Mathías la llevaba de noche, excepto en una ocasión: cuando le tuvieron que hacer una resonancia magnética en la cervical, producto de los golpes, en el Hospital Central de Maracay.

 

Dos veces tuvo infecciones y acudió al ginecólogo, también fue al quiropedista. Los dolores de muela debía soportarlos en casa, los analgésicos no surgían efecto así se tomara tres. Nunca quedó embarazada.

La primera vez que me sacó recuerdo que vivía en Los Samanes y me puse tan nerviosa que comencé a llorar. Él siempre decía: ‘Cálmate, que estás conmigo’. Le pedí que me llevara al odontólogo y no lo hizo.

Ha recuperado casi dos kilos desde que salió, que pesaba 36. Tiene un cuadro de desnutrición severa. La piel le pica inmediatamente cuando se expone al sol. Le diagnosticaron neurodermatitis y descalcificación.

  

 

La familia de Morella agradece a Dios por sus avances, por fortuna no ameritó atención psiquiátrica sino psicológica. Todavía le cuesta dormir, tiene miedo y hasta que Matías no reciba una sentencia firme no tendrá paz.

"Yo lloré mucho, hasta el sol de hoy Mathías me hace llorar y duermo mal. La recomendación médica es que coma pero no tengo apetito, no me provoca. Mi familia y yo estamos solos, nadie nos protege”.

Desde que se reencontró con sus hermanas, el 27 de enero de 2020, volvió a comer proteínas. No había probado la torta tres leches y ya lo hizo. Come aguacates, fresas, naranjas y todas las frutas que no ingirió durante 31 años. Su papá le llevó unos mangos recientemente, una de las formas de consentirla es con frutas.

Ha conocido a sus sobrinos y con otros se ha reencontrado a través de la tecnología porque están fuera del país. Le ha costado interactuar con la familia cuando se reúnen.

Sus hermanas han visto una recuperación favorable en el mes y medio que tiene con ellas. Inicialmente, les pedía permiso para ir al baño o cepillarse y sus manos siempre las llevaba pegadas al cuerpo.

El amor de su familia poco a poco la ha regresado a la vida y ya es capaz de reír y bromear, aunque queda un largo camino por delante. Recuerda, entre risas, que le costó reconocer a dos de sus hermanas porque ya usaban el cabello liso. ¡Yo las dejé con el cabello rizado!

 

Lo que menos he comido son lentejas, bromeó, porque los granos, la pasta y los huevos fueron su dieta por más de tres décadas.

Morella quiere aprender un oficio, le gusta el corte y la costura y la repostería. Antes quiere retomar su comprensión lectora, porque en todos esos años no leyó.

“Me dieron el libro Bajo la misma estrella y no lo he terminado, me cuesta leer y debo leer un párrafo varias veces. Para estudiar algo primero debo retomar la lectura porque no leo en voz alta ni respeto los signos de puntuación. También quiero trabajar”.

 Silencio

"Mi silencio era por el miedo que todavía siento, por el miedo que me da la seguridad de mi familia, estamos solo nosotros, no contamos con protección de ningún tipo. El silencio no me estaba beneficiando ni a mí ni a mi familia, de hecho, se estaba prestando para que se dudara de la denuncia que yo hice.

Pidió a las víctimas de violencia que denuncien, porque el miedo solo le dará más campo de acción al victimario.  

La gente cree que salir de esa situación es fácil si eso fuese así no existirían las víctimas, el miedo es poderoso y nos congela, pensamos que cuando se nos pase el miedo se nos va a pasar y nunca se nos va a pasar. Te das cuenta de que el miedo no se va a pasar, la única forma que voy a salir de esto es accionando.

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