Bolton en su libro: En Venezuela el 30-A todo se fue por la borda (y III)

En esta última entrega sobre las confesiones del libro en su capítulo sobre Venezuela ofrece su visual de la fallida intentona del 30 de abril: "Llegué a la conclusión de que estos generales nunca tuvieron la intención de desertar".

Por:  Redacción Web

En esta última entrega sobre las confesiones de John Bolton y su libro The Room Where It Happened: A White House Memoir (La habitación donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca), el exasesor devela su visual del intento de golpe de abril del 2019.

Escribe Bolton en su libro que "a medida que se corría la voz entre los máximos dirigentes del régimen de que se había vulnerado la seguridad del plan, el tribunal no deslegitimó a la Asamblea Constituyente de Maduro como estaba previsto; y por consiguiente, los altos jefes militares se asustaron.

Ante la falta de una fachada 'constitucional', ellos dudaron y la liberación de López (Leopolodo) en la mañana del martes 30 de abril solo trajo como consecuencia que aumentara el malestar de los altos jefes militares participantes en la conspiración".

A continuación extractos de frases textuales de Bolton en su libro sobre fechas clave como el 30 de abril del 2019, la visita a la Casa Blanca de la esposa de Juan Guaidó y una llamada entre Trump y Putin sobre el caso Venezuela:

"Tal vez la decisión más dolorosa se tomó el 11 de marzo, cuando Pompeo decidió cerrar la embajada en Caracas y retirar a todo el personal estadounidense. Sin dudas, esto representaba un riesgo para el personal que quedó en la Embajada, pues la brutalidad de los colectivos era innegable. Pompeo había cultivado gran parte de su reputación política criticando, de manera justificada, los errores cometidos por el Gobierno de Obama durante la crisis de Bengasi en septiembre de 2012.

Al igual que en la anterior reducción del personal en la embajada de Bagdad y el cierre del consulado en Basora, Pompeo estaba decidido a evitar “otro Bengasi” durante su mandato. Trump se mostraba mucho más susceptible y a la simple indicación de riesgo por parte de Pompeo, decidió de inmediato retirar el personal, lo cual Pompeo se dispuso a cumplir con presteza.

Contemplando lo sucedido en retrospectiva, la visión siempre es de 20/20, pero el cierre de la embajada en Caracas demostró ser dañino para nuestras acciones contra Maduro. La mayoría de las embajadas europeas y latinoamericanas se mantuvieron abiertas y sin incidentes, sin embargo, nuestra presencia en el país evidentemente se vio reducida.

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Para empeorar las cosas, el Departamento de Estado no supo manejar las cosas tras el cierre, al no enviar a Jimmy Story, nuestro encargado de negocios en Venezuela y al menos algunos de los miembros de su equipo, de inmediato a Colombia, donde podían trabajar con la Embajada en Bogotá para continuar su labor al otro lado de la frontera.

En su lugar, el Buró para el Hemisferio Occidental mantuvo el equipo en Washington para tenerlo más controlado, lo que para nada ayudaba en nuestros esfuerzos para derrocar a Maduro.

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Muchas de las principales figuras del régimen eran corruptas (...) y su historial en materia de derechos humanos dejaba mucho que desear. Estaba convencido, sin embargo, de que era mejor tragarse unos cuantos escrúpulos con tal de derrocar al régimen y liberar al pueblo venezolano, que respetar unos “principios” que mantenían a ese mismo pueblo en la opresión y permitía la influencia de Cuba y Rusia.

Esa es la razón por la cual, para confundir al régimen, escribí un tuit para desearle a Maduro un largo y tranquilo retiro en una buena playa en alguna parte (como Cuba). No me entusiasmaba esa idea, pero era mucho mejor a que se mantuviese en el poder.

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Una estratagema que estuvimos considerando para enviar señales a las principales figuras del régimen era la de retirar de la lista de sancionados a las esposas y familiares, una práctica muy común en la política estadounidense para enviar señales e influenciar el  comportamiento de algunos individuos o entidades seleccionadas.

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Los sancionables

A mediados de marzo, el asunto llegó a un punto crítico, cuando el Tesoro se negó rotundamente a retirar de la lista a ciertos individuos, pese al apoyo unánime de las demás partes interesadas. Pompeo llamó a Mnuchin (Steve, Secretario del Tesoro) —de nuevo lo cogió en Los Ángeles— y le dijo que cumpliera con la función administrativa del Tesoro y dejase de cuestionar a su departamento. Así y todo, el Tesoro persistió en su posición, haciendo preguntas sobre las negociaciones de la oposición con figuras del régimen de Maduro, cuestionando al Departamento de Estado sobre si retirar a esos individuos del listado produciría los efectos deseado.

Esto ya era intolerable y nos sugería la necesidad de trasladar la operación de las sanciones del Tesoro a otro organismo.

Finalmente, Mnuchin contestó que aceptaría la orientación del Departamento de Estado si yo le enviaba una nota diciendo que para mí eso era 57 aceptable. Esto no era más que una forma de “cubrirse las espaldas”, pero yo no tenía ningún problema en mandar una breve nota a Pompeo, Mnuchin y Barr exponiendo mi opinión de que el Tesoro no tenía facultades para ejercer su propia política exterior.

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Trump parecía mantenerse en su posición. El 19 de marzo, en una conferencia de prensa en la Casa Blanca junto al presidente brasileño Jair Bolsonaro, había comentado: “aún no hemos aplicado a Venezuela las sanciones más severas”. Por supuesto que dicho comentario provocaba la pregunta “¿Y por qué no?” ¿A qué estábamos esperando? Story, Claver-Carone y otros, continuaron recibiendo noticias desde Venezuela de que el ritmo y la extensión de las conversaciones entre la oposición y los posibles aliados dentro del régimen aumentaban.

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Pence me contó que, al darle las instrucciones a Mnuchin, Trump le dijo: “Tal vez sea hora de cerrarle el negocio a Maduro”. ¡Ciertamente! Después de eso, el Tesoro estuvo incluso de acuerdo en sancionar a todo el sector financiero venezolano, algo a lo que se había opuesto rotundamente durante mucho tiempo.

Aunque me hacía feliz el haber logrado el resultado correcto, pienso que el tiempo que desperdiciamos en discusiones internas fue un salvavidas para Maduro. Mientras tanto, a mediados de marzo, Rusia envió nuevas tropas y equipos, incluso catalogó uno de los embarques como ayuda humanitaria, en un intento por esconder el nivel de su presencia. Había fuertes indicios de que enviarían más en los meses siguientes. Al mismo tiempo, sin embargo, el ministro de defensa de Brasil, Fernando Azevedo, me comentaba que el final de Maduro estaba a la vista.

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El episodio de la visita de la esposa de Guaidó

El 27 de marzo, la esposa de Guaidó, Fabiana Rosales, llegó a la Casa Blanca para reunirse con Pence en el Salón Roosevelt y teníamos la esperanza de que Trump asistiera. A Fabiana la acompañaban la esposa y la hermana de Marrero y, después de las fotos y las declaraciones a la prensa por parte de Rosales y Pence, en vez de dirigirnos al Salón Roosevelt, fuimos conducidos hacia la Oficina Oval.

Trump saludó calurosamente a Rosales y sus acompañantes e inmediatamente después entró la tropa de la prensa para una transmisión en vivo que duró 20 minutos. Rosales nos agradeció a Trump, Pence y a mí por nuestro apoyo (diciendo: “Sr. Bolton, es un honor poder contar con usted como lo hemos hecho”).

Trump estuvo muy bien con la prensa y cuando se le preguntó por la participación de Rusia en Venezuela dijo: “Rusia tiene que salir”, lo que provocó una fuerte impresión, además de ser exactamente lo que yo esperaba que dijera.

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Trump me dijo dos veces, refiriéndose a los rusos “sácalos” y, con relación al régimen cubano “Acaba con ellos (en Cuba)”, instrucciones que yo recibí con agrado. Hubo un momento (de la reunión con la esposa de Guaidó) en que Trump enfatizó que quería que se aplicaran “las sanciones más extremas” contra Venezuela, y yo me giré para ver a Mnuchin, que había venido para otra reunión. Todos, tanto los venezolanos como los estadounidenses, se rieron porque sabían que Mnuchin era el principal obstáculo para que se cumpliese el deseo que había expresado Trump.

Pence preguntó a Rosales cómo estaba la situación con el ejército venezolano, pero Trump lo interrumpió para decir: “Esto  va muy lento. Yo creí que para este momento ya habrían entrado en razones”. Rosales describió la violencia extrema de la que estaba siendo testigo, y habló de los estrechos vínculos del ejército venezolano con Cuba.

Al concluir la reunión con Rosales, Trump nos dijo a Mnuchin y a mí: “Ahora no se pueden echar para atrás”, y yo dije: “Steve y yo estaremos esperando ansiosamente el momento en cuanto él (Mnuchin) regrese de China.” Yo estaba convencido de que Mnuchin estaba disfrutando ese momento tanto como yo.

El resultado más inesperado de aquella reunión fue que Trump se fijara en que Rosales no llevaba puesto un anillo de casada y se veía muy joven. Lo segundo era cierto aunque también parecía ser muy decidida, pero lo primero no lo había notado. Más tarde, cuando se mencionó el nombre de Guaidó, Trump volvió a referirse al “asunto” del anillo de casada. Nunca llegué a entender qué significaba aquello, pero sabía que no era algo bueno, desde el punto de vista de Trump. Él pensaba que Guaidó era “débil”, en comparación con Maduro, que era “fuerte”.

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Cuando llegó la primavera, ya Trump llamaba a Guaidó el “Beto O’Rourke de Venezuela”, que difícilmente podría considerarse como el tipo de elogio que debía recibir un aliado de los Estados Unidos.

Esto no resultaba de mucha ayuda pero era típico de Trump que no tenía reparos en vilipendiar a los que lo rodeaban, como cuando empezó a culparme de que la oposición no lograse derrocar a Maduro. Quizás a Trump se le olvidó que él fue quien tomó la decisión final sobre esa política, excepto cuando dijo que él era el único que tomaba las decisiones.

No obstante, la reunión que Trump sostuvo con Fabiana Rosales había sido donde había mostrado hasta aquel momento su actitud más categórica sobre Venezuela desde el Despacho Oval.

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Los mensajes velados a Padrino

Una de las estratagemas aplicadas fue mi serie de tuits al ministro de Defensa, Padrino, con el objetivo de avivar su sentimiento patriótico como venezolano en contra de los rusos y los cubanos y exhortarlo a que “hiciera lo correcto” con arreglo a la Constitución de su país. Nos pareció que habíamos logrado el objetivo. En respuesta a la pregunta de un periodista, Padrino dijo: “Sr. Bolton, le digo que estamos haciendo lo correcto. Hacer lo correcto es hacer lo que está escrito en la Constitución…Hacer lo correcto es respetar la voluntad de la gente”.

Eso era justo lo que necesitábamos para empezar con una nueva serie de tuits afirmando que “la voluntad del pueblo” era librarse de Maduro, lo cual era realmente cierto.

Al menos en aquel momento podíamos decir que estábamos dentro de la mente de Padrino y quizás también dentro de la mente de otras personas. De hecho, después de su reunión con Trump, Rosales dijo a Abrams: “El régimen se cuestiona la credibilidad de la amenaza militar estadounidense pero a lo que sí temen es a John Bolton cuando empieza a tuitear.” ¡Eso era bastante alentador!.

La movida del 30 de abril

"En Venezuela, los opositores junto con figuras clave del régimen estaban planeando una jugada para que el Tribunal Supremo de Justicia, el equivalente de nuestra Corte Suprema, declarase ilegítima a la Asamblea Nacional Constituyente".

Si el máximo tribunal en Venezuela (...) deslegitimaba la legislatura de Maduro, esto debilitaría grandemente el poderío de Maduro a todos los niveles en Venezuela.

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Claver-Carone y Story habían recibido información de que el 20 de abril, el día previo a la celebración de la Pascua, podría ser la fecha fijada para las negociaciones que destruirían al régimen. Hasta habíamos escuchado rumores de que el jefe de la policía secreta Manuel Christopher Figuera pensaba que Maduro estaba acabado.

"Las conversaciones con varios altos jefes militares venezolanos, incluido el ministro de Defensa Padrino, se estaban enfocando cada vez más en la organización de acciones concretas: ya no se discutía si Maduro sería expulsado del poder o no, sino cómo sucedería".

Yo tenía la impresión de que la negociación se centraba demasiado en cómo transcurriría el periodo de “transición”, lo cual era muy riesgoso, ya que los defensores del movimiento chavista seguirían controlando instituciones claves del gobierno incluso después de la expulsión de Maduro.

Desde mi percepción, la secuencia que se esperaba siguieran los acontecimientos era la siguiente: "El Tribunal Supremo declararía ilegal a la Asamblea Constituyente, Maduro demitiría, el ejército reconocería a Guaidó como presidente Interino, la Asamblea Nacional sería reconocida como la única legislatura legítima en Venezuela, y el Tribunal Supremo seguiría en funciones".

Este no era el escenario perfecto y desde mi punto de vista, existía el riesgo real de que eliminar a Maduro para mantener al régimen en el poder fuese el objetivo oculto de algunas de las figuras del régimen que estaban involucradas.

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Luego de algunos retrasos por diversas razones, la nueva fecha límite para que la oposición actuara era el 30 de abril. Sentía que el tiempo pasaba rápidamente en contra nuestra, debido a las evidentes preocupaciones de Trump con respecto a Guaidó y el “tema” del anillo matrimonial.

Tenía presente el recuerdo de todos los errores antes cometidos, como la salida de Guaidó del país, el hecho de que ni la oposición ni Colombia hubiesen logrado forzar el cruce de la frontera con la ayuda humanitaria en febrero, y el cierre de la Embajada de Caracas. De todos modos, como se había fijado la acción para el 30 de abril, un día antes del 1 de mayo, fecha para la que Guaidó ya había convocado a realizar manifestaciones masivas en todo el país, quizás ya estaba muy cerca la hora de la verdad.

Pompeo me llamó a las 5:25 am del 30 de abril para decirme: “Hay mucho movimiento en Venezuela”, y me comunicó, entre otras cosas, que el general Manuel Cristopher Figuera, que había sido escogido hacía poco como jefe de la Sebin, órgano esencial de la policía secreta, había liberado al líder opositor Leopoldo López de su prolongado arresto domiciliario.

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"La parte del plan vinculada al Tribunal Supremo (la declaración de la Asamblea General como ilegítima) aún no se había ejecutado, pero parecía que se iban acomodando otras piezas. Yo estaba listo para partir hacia la Casa Blanca y salí un poco antes de lo habitual, con la previsión de que tendría un día muy agitado. Para cuando llegué al Ala Oeste, Guaidó y López estaban en la base aérea La Carlota en el centro de Caracas, que supuestamente se había pasado al bando opositor".

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Sin embargo, poco después conocimos que la información sobre la base aérea La Carlota no era verídica, y que Guaidó y López nunca estuvieron realmente dentro de dicha base. Además, en apenas unas horas se demostró que no eran ciertos los informes de que unidades militares que respaldaban a Guaidó habían tomado al menos el control de algunas estaciones de radio y televisión.

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Durante toda la mañana continuamos recibiendo informes confusos y contradictorios, como resultado del fenómeno de “niebla de la guerra”, algo típico de eventos como estos, pero cada vez resultaba más claro que se había desvanecido el plan discutido una y otra vez entre la oposición y figuras claves del régimen.

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Ya en la tarde, mi apreciación era que todos los altos dirigentes cívico-militares del régimen con quienes la oposición había estado negociando, se estaban retirando pues consideraban que las acciones se habían iniciado de forma prematura.

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El cronograma se había adelantado pero solo debido a que se sospechaba que el lunes en la noche los cubanos se habían enterado de la conspiración, y por consiguiente esto motivó a los involucrados por el bando opositor a avanzar sin seguir la secuencia prevista. En mi opinión, todo ello evidenció quién estaba realmente al mando en Venezuela, en concreto, los cubanos, quienes habían informado a Maduro de los planes.

"A medida que se corría la voz entre los máximos dirigentes del régimen de que se había vulnerado la seguridad del plan, el tribunal no deslegitimó a la Asamblea Constituyente de Maduro como estaba previsto; y por consiguiente, los altos jefes militares se asustaron".

Ante la falta de una fachada “constitucional”, ellos dudaron y la liberación de López en la mañana del martes solo trajo como consecuencia que aumentara el malestar de los altos jefes militares participantes en la conspiración.

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Llegué a la conclusión de que estos generales nunca tuvieron la intención de desertar, o al menos sopesaron los riesgos detenidamente como para decidir a qué bando pasarse en dependencia del curso que tomaran los acontecimientos.

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En las situaciones revolucionarias nada sale nunca como se planificó y la improvisación puede en ocasiones marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Pero en Venezuela ese día, todo se fue por la borda.

Posteriormente, supimos por los líderes opositores que luego que Cristopher Figuera liberara a López del arresto domiciliario, López y Guaidó decidieron continuar con la esperanza de que funcionarios importantes dentro del régimen se les sumaran. La historia recogerá que estaban equivocados aunque no era descabellado que pensaran que una vez que el plan estuviera en marcha, debían llevarlo hasta el final.

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Cristopher Figuera más tarde buscaría refugio en una embajada de Caracas por temor a que el régimen de Maduro lo matara, y huiría a Colombia. Su esposa y las de otros muchos altos funcionarios del gobierno de Maduro ya habían abandonado Venezuela hacia los Estados Unidos y hacia otros lugares más seguros.

Yo me debatía con el tema de cuándo despertar a Trump y decidí hacerlo después de llegar a la Casa Blanca y repasar brevemente toda la información disponible. Lo llamé a las 6:07 am, era la primera vez que lo despertaba desde que había tomado el cargo de Asesor de Seguridad Nacional. Desconozco si Flynn o McMaster llegaron alguna vez a hacerlo. Trump aún estaba medio dormido, pero cuando le dije lo que sabíamos, tan solo me dijo: “Oh”.

Llamé a Pence a las 6:22 y le transmití el mismo mensaje, y seguí llamando sobre esa hora a otros miembros del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y líderes importantes del Congreso, donde contábamos con un apoyo casi unánime de los dos partidos hacia nuestra política de línea dura con Venezuela.

Pompeo y yo nos pasamos todo el día hablando por teléfono con gobiernos de otros países para informarles lo que sabíamos y pedirles su apoyo a una lucha cuya duración aún no podíamos predecir.

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"Nadie dio a Maduro la orden de que era hora de marcharse, como se había previsto en el plan de la oposición, pero no cabía duda alguna de que a pesar de toda la vigilancia de su régimen, la rebelión lo tomó por sorpresa. A Maduro lo trasladaron con urgencia al Fuerte Tiuna, un cuartel general cerca de Caracas, donde lo mantuvieron bajo máxima seguridad durante varios días".

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El 1 de mayo, programé una Reunión del Comité Interdepartamental para analizar los pasos a seguir. Todos aportaron sus sugerencias, muchas de las cuales se aprobaron, y una vez más se planteaba la pregunta de por qué no habíamos ejecutado todas esas propuestas y otras más en enero. En ese momento fue cuando los efectos de la dilación burocrática se hicieron totalmente evidentes, así como la falta de constancia y determinación en el Despacho Oval.

Aunque los bandos siguieron estando en esencia en la misma posición en que se encontraban antes de la revuelta del 30 de abril, no había forma de evadir que aquello no había sido más que una derrota de la oposición.

Ahora correspondía a la oposición levantarse, sacudirse el polvo y empezar la marcha otra vez.

La llamada de Trump a Putin

Un acontecimiento negativo e innecesario fue la decisión de Trump de llamar a Putin el 23 de mayo, principalmente para abordar otros temas, aunque al final tocó el tema de  Venezuela. En esa conversación Putin hizo un despliegue brillante de propaganda al estilo soviético, que desde mi percepción resultó bastante convincente para Trump.

 Putin dijo que nuestro apoyo a Guaidó había consolidado el respaldo a Maduro, que estaba completamente alejado de la realidad, como su igualmente ficticia afirmación de que las concentraciones de los partidarios de Maduro el 1 de mayo habían sido mayores que las de la oposición.

De una manera que aseguraba captar la atención de Trump, Putin calificó a Guaidó como alguien que se proclamaba a sí mismo, pero carente de apoyo real, una situación equiparable a que Hillary Clinton decidiese autoproclamarse presidenta.

Esta línea orwelliana continuó mientras Putin negaba que Rusia tuviera participación real en los acontecimientos de Venezuela (…) Dijo que Christopher Figuera (aunque no mencionó su nombre, sino su título) era probablemente agente nuestro y podría ponernos al corriente. ¡Qué gracioso!

Tras esta llamada, Putin podía haberse llevado fácilmente la impresión de que tenía vía libre en Venezuela. Poco después, según nos informó el Departamento del Tesoro, Trump habló con Mnuchin, quien felizmente concluyó que Trump quería ser menos severo en la aplicación de nuevas sanciones contra Venezuela.

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En Venezuela se prolongó el estancamiento. Ninguno de los dos bandos podía derrotar al otro. Aun así, sería un error decir, como muchos comentaristas han afirmado, que los militares se mantuvieron leales a Maduro. Los militares permanecieron en sus cuarteles, lo que indudablemente benefició al régimen.

Las recriminaciones después de un fracaso son inevitables, y nos tuvimos que enfrentar a muchas, incluso algunas recriminaciones directas de Trump".

PARTE I DEL RESUMEN DEL CAPÍTULO DE VENEZUELA DEL LIBRO de John Bolton y su libro The Room Where It Happened: A White House Memoir (La habitación donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca).

PARTE II DEL RESUMEN DEL CAPÍTULO DE VENEZUELA DEL LIBRO de John Bolton y su libro The Room Where It Happened: A White House Memoir (La habitación donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca).

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