Bolton cuenta todo en su libro: Ninguno de nosotros aconsejaba una opción militar en Venezuela (I)

Padrino y Arreaza sostuvieron conversaciones "exploratorias" con la oposición, asegura el exasesor de Seguridad Nacional. Trump quería garantías de acceso al petróleo en la era post Maduro, revela Bolton. 

Por:  Redacción Web

El libro que publica este martes 23 de junio John Bolton, el exasesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, describe una política confusa y vacilante hacia Venezuela, con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lleno de dudas sobre su respaldo a Juan Guaidó y planteando incluso una posible reunión con Nicolás Maduro, idea a la que se opuso el propio Bolton y Mike Pompeo, su secretario de Estado.

PANORAMA les ofrece una serie de entregas con las revelaciones del polémico exasesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca sobre  la política de Trump hacia Venezuela.

Cuenta Bolton que "el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, y el ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Arreaza, habían abordado a la oposición para explorar tentativamente lo que significaría la amnistía de la Asamblea Nacional para los oficiales de las Fuerzas Armadas que desertaran en caso de que se impusiera la oposición. Sin embargo, tras años de hostilidades entre ambas partes, había una verdadera falta de confianza dentro de la sociedad venezolana".

Un manojo de intereses políticos y económicos movieron a la Administración Trump, quien, cuenta Bolton, "quería garantías sobre el acceso a los recursos petrolíferos de Venezuela en una etapa posterior a Maduro, tratando de asegurar que China y Rusia no siguieran beneficiándose de sus negocios con el ilegal régimen de Chávez y Maduro".

A continuación la mirada de Bolton del 10 de enero de 2019, cuando la Asamblea Nacional desconoce a Maduro, al 23 de enero del año pasado, cuando Guaidó se autoproclama presidente (e) de Venezuela, con la venia de Washington:

“El régimen ilegal de Venezuela, uno de los más opresivos del hemisferio occidental, brindaba una oportunidad para el Gobierno de Trump, aunque ello requería una determinación constante de nuestra parte y una presión implacable, consecuente y total. No pudimos estar a la altura de ese criterio. El Presidente vaciló y cancaneó, lo que exacerbó los desacuerdos internos del Gobierno en lugar de resolverlos, e impidió, en reiteradas ocasiones, nuestros esfuerzos de aplicar una política”.

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Nunca fuimos demasiado confiados en el éxito al apoyar los esfuerzos de la oposición para reemplazar a Nicolás Maduro, el heredero de Hugo Chávez. Casi fue lo contrario. Los oponentes a Maduro actuaron en enero de 2019 porque estaban convencidos que esa podía ser su última oportunidad de alcanzar la libertad tras años de intentos fallidos. Los Estados Unidos respondieron porque era nuestro interés nacional hacerlo. Y lo sigue siendo, y la lucha continúa.

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Poco tiempo después de que me designaran Asesor de Seguridad Nacional, mientras Maduro hablaba en una ceremonia de condecoraciones militares el 4 de agosto, fue atacado con dos drones. El ataque no tuvo éxito, pero mostró el fuerte discenso que existía dentro de las fuerzas armadas. Y las imágenes hilarantes de los efectivos huyendo enérgicamente ante el sonido de las explosiones, pese a la propaganda del régimen, demostró cuán “leales” a Maduro eran los militares.

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Venezuela no estaba en mis prioridades cuando empecé, pero una gestión competente de la seguridad nacional exige flexibilidad cuando surgen nuevas amenazas u oportunidades. Venezuela era ese tipo de contingencia. Los Estados Unidos habían hecho frente a las amenazas externas en el hemisferio occidental desde la época de la Doctrina Monroe, y ya era hora de resucitarla luego de los esfuerzos de Obama y Kerry por darle sepultura.

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Poco después del ataque con drones, durante una reunión que no guardaba relación, el 15 de agosto, surgió el tema de Venezuela, y Trump me dijo de manera enfática “Que lo hagan”, es decir que me deshiciera del régimen de Maduro. “Esta es la quinta vez que lo pido”, continuó diciendo.

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Trump insistió en que quería opciones militares para Venezuela y, luego, quedársela porque “es realmente parte de los Estados Unidos”. Este interés del Presidente en analizar opciones militares me sorprendió al inicio, pero no debía haberlo hecho.

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Expliqué por qué la fuerza militar no era la respuesta, en especial dada la inevitable oposición del Congreso, y que podíamos alcanzar el mismo objetivo trabajando con los oponentes de Maduro.

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Trump también decía periódicamente que quería reunirse con Maduro para resolver todos nuestros problemas con Venezuela, lo que ni Pompeo ni yo considerábamos una buena idea. Un día de diciembre, me encontré con Rudy Giuliani en el Ala Oeste. Me pidió pasar a verme después de una reunión de los abogados de Trump, que era la razón por la que se encontraba allá. Tenía un mensaje para Trump del representante Pete Sessions, quien desde hacía mucho tiempo había abogado por que Trump se reuniera con Maduro, al igual que el senador Bob Corker, por motivos que sólo ellos conocen.

Hablando de esto más tarde, Pompeo sugirió que primero enviáramos a alguien a Venezuela a ver a Maduro, aunque nada llegó a suceder, en la medida en que posteriormente decayó el interés de Trump de hablar con Maduro.

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El gran momento en Venezuela llegó el viernes  11 de enero. El nuevo y joven presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, anunció en una gran manifestación en Caracas que la Asamblea declaró ilegítima la evidentemente fraudulenta reelección de Maduro de 2018 y, por tanto, no válida.

En consecuencia, la Asamblea, la única institución legítima y elegida popularmente, había declarado vacante la Presidencia de Venezuela. A tenor de la cláusula de ausencia presidencial de la Constitución del propio Hugo Chávez, Guaidó planteó que él se proclamaría Presidente Interino el 23 de enero (...)  y que sacaría a Maduro para preparar nuevos comicios. Los EE.UU. se habían enterado a última hora que la Asamblea Nacional daría un paso en esa dirección.

Nosotros no desempeñamos ningún papel para alentar o ayudar a la oposición. Ellos vieron este momento como su última oportunidad posible. Ahora todo estaba en juego en Venezuela, y teníamos que decidir cómo responder. ¿Sentarse y mirar? ¿O actuar? Yo no tenía dudas de lo que debíamos hacer. La revolución había comenzado. Le dije a Mauricio Claver-Carone, a quien había elegido recientemente como Director para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional (CSN), que sacara una declaración de apoyo.

 Informé a Trump sobre lo que había pasado, interrumpiendo una reunión con un desconocido cuyo horario de terminación ya había pasado. Trump, sin embargo, se irritó al informarle solamente de un posible cambio en Venezuela, y dijo que debía sacar la declaración en mi nombre, no en el de él.

Pude haberle recordado que no hacía ni diez días él había dicho: “No quiero quedarme sentado mirando”, y probablemente debería haberlo hecho, pero sólo saqué la declaración en mi nombre.

Maduro reaccionó con dureza, y amenazó a los miembros de la Asamblea Nacional y sus familiares. Al propio Guaidó lo arrestaron por una de las fuerzas de la policía secreta del régimen, pero [...]. Se especuló que en realidad fueron los cubanos los que arrestaron a Guaidó, aunque su liberación indicó una verdadera confusión en el régimen, una buena señal.

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Las sanciones al sector del petróleo eran la opción natural, pero ¿por qué no declarar a Venezuela un “estado patrocinador del terrorismo”, algo que yo había sugerido por primera vez el 1 de octubre de 2018, y también volver a poner a Cuba en la lista después de que Obama la sacara?

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Llevar la producción del monopolio estatal del petróleo al nivel más bajo posible, lo cual gozaba con el apoyo pleno de la oposición, bien que pudiera haber sido suficiente para llevar a pique al régimen de Maduro. Hacía falta otras sanciones necesarias para eliminar las entradas ilícitas de ingresos —en especial el tráfico de drogas con los narcoterroristas que operaban principalmente en Colombia, y que tenían refugio en Venezuela— pero era clave golpear la empresa petrolera.

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Sin postura unánime

El 14 de enero, yo había convocado una reunión del Comité de Directores en la Sala de Situaciones para analizar las opciones de sancionar al régimen de Maduro, en especial en el sector del petróleo. Pensaba que ya era hora de apretar las tuercas y pregunté “¿Por qué no vamos por la victoria?”. Rápidamente quedó claro que todo el mundo quería tomar acciones decisivas excepto el secretario del Tesoro Mnuchin, quien quería hacer poco o nada, con el argumento de que, si actuábamos, se corría el riesgo de que Maduro nacionalizara lo poco que quedaba de las inversiones de los Estados Unidos en el sector petrolero en Venezuela y que se dispararan los precios internacionales del petróleo.

Mnuchin en esencia quería una garantía de que tendríamos éxito, con Maduro derrocado, si imponíamos las sanciones. Desde luego que eso era imposible. Si tengo algún recuerdo de Mnuchin del Gobierno —y hubo muchas copias al carbón de esto, de que Mnuchin se opusiera a fuertes medidas, en especial contra China— es precisamente esta. ¿Por qué nuestras sanciones a menudo no eran arrolladoras y efectivas como deberían?

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Pompeo me contó que sostuvo una llamada telefónica con Mnuchin durante treinta minutos el jueves y le había hecho la contrapropuesta de aplicar las sanciones por partes. Le respondí que ahora era que teníamos una oportunidad de derrocar a Maduro, y que pudiera pasar mucho pero mucho tiempo antes de que tuviéramos otra oportunidad tan buena como esta. Con medias tintas no se iba a resolver nada.

Pompeo estuvo de acuerdo en que no queríamos replicar a Obama en 2009, y ver la represión de protestas en favor de la democracia en Irán sin que los Estados Unidos no hicieran nada. Eso indicaba que Pompeo se estaba moviendo en la dirección apropiada. Incluso la Organización de Estados Americanos, desde hace mucho una de las más moribundas organizaciones internacionales (y eso es por decir algo), despertó para ayudar a Guaidó, mientras un creciente número de países de América Latina salían a declarar su apoyo a la Asamblea Nacional desafiante en Venezuela.

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El 23 de enero, cruzar la línea

El mero hecho de que Guaidó siguiera en libertad demostraba que teníamos una oportunidad. Necesitábamos la decisión de Trump sobre las sanciones y si se reconocería a Guaidó como el presidente interino legítimo cuando cruzó la linea el 23 de enero. El día 21 expliqué a Trump los posibles pasos políticos y económicos que se podían tomar contra Maduro y dije que mucho dependía de lo que sucediera dos días más tarde. Trump dudaba de que Maduro cayera, diciendo que “era demasiado inteligente y demasiado duro”.

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En primer lugar, el reconocimiento de los Estados Unidos hubiera tenido grandes implicaciones para la Junta de la Reserva Federal y, en consecuencia, para todos los bancos del mundo. La Reserva Federal hubiera traspasado automáticamente el control que tuviera de los activos del gobierno venezolano al Gobierno encabezado por Guaidó.

Lamentablemente, como veríamos más tarde, el régimen de Maduro había sido muy competente en robarse o dilapidar esos activos, no quedaban muchos.

Ahora bien, las consecuencias financieras internacionales del reconocimiento eran, sin embargo, significativas ya que otros bancos centrales y bancos privados no estaban dispuestos a un enfrentamiento con la Reserva Federal.

En segundo lugar, la lógica de las sanciones al monopolio petrolero del país, y otras medidas a las que se resistían Mnuchin y el Departamento del Tesoro, serían irrefutables una vez que endosáramos la legitimidad de Guaidó. Con ese fin, programé una reunión a las ocho de la mañana el 22 de enero con Pompeo, Mnuchin, Wilbur Rose y Kudlow (Larry).

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¿Acercamiento de Padrino?

El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, (un latino como tantos otros que tenían nombres rusos, de la época de la Guerra Fría) y el ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Arreaza, habían abordado a la oposición para explorar tentativamente lo que significaría la amnistía de la Asamblea Nacional para los oficiales de las Fuerzas Armadas que desertaran en caso de que se impusiera la oposición. Sin embargo, tras años de hostilidades entre ambas partes, había una verdadera falta de confianza dentro de la sociedad venezolana.

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En estas circunstancias, pregunté si debíamos reconocer a Guaidó cuando la Asamblea Nacional lo declarara Presidente Interino. Ross habló primero, dijo que quedaba claro que debíamos respaldar a Guaidó, y fue apoyado inmediatamente por Kudlow y Pompeo. Felizmente, Mnuchin estuvo de acuerdo, y dijo que ya habíamos afirmado que Maduro era ilegítimo, así que reconocer a Guaidó era el próximo paso lógico.

No analizamos cuáles serían las consecuencias económicas; Mnuchin tampoco vio la relación o no quiso luchar por el tema. En cualquier caso, me convenía. Resuelta la cuestión del reconocimiento, analizamos otros pasos: trabajar con el informal Grupo de Lima de naciones latinoamericanas para que reconocieran a Guaidó (lo cual necesitaba poca o ninguna labor de convencimiento), ajustar el nivel de nuestras advertencias de “avisos sobre viajes”, considerar cómo sacar a los cubanos y manejar a  los paramilitares rusos que presuntamente estaban llegando para proteger a Maduro. Valoré que la reunión había sido una victoria total.

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Hablé con Trump, quien ahora quería garantías sobre el acceso a los recursos petrolíferos de Venezuela en una etapa posterior a Maduro, tratando de asegurar que China y Rusia no siguieran beneficiándose de sus negocios con el ilegal régimen de Chávez y Maduro. Trump, como siempre, tenía problemas para distinguir las medidas responsables para proteger los intereses estadounidenses legítimos de lo que equivalía a una basta ambición que ningún otro gobierno, especialmente uno democrático, llegaría incluso a considerar.

Le sugerí a Pence que le planteara la cuestión a Guaidó en la llamada que estaba programada para ese día por la tarde, y Trump estuvo de acuerdo. También llamé a varios miembros de la delegación congresional de la Florida, quienes venían a ver a Trump para tratar el tema de Venezuela por la tarde, de modo que estuvieran listo si se planteaba el tema de los yacimientos petrolíferos.

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Los senadores Marco Rubio y Rick Scott, y los congresistas Díaz-Balart y Ron DeSantis dieron un contundente apoyo al derrocamiento de Maduro, y Rubio afirmó: “Esta puede ser la última  oportunidad”, y que ese éxito pudiera ser “una gran victoria de política exterior”.

Durante la reunión, explicaron que la Asamblea Nacional consideraba que muchos negocios rusos y chinos se habían conseguido mediante sobornos y corrupción, lo que los hacía fácil de invalidar una vez que se instalara un nuevo gobierno. La conversación fue muy útil y Trump estuvo inequívocamente de acuerdo en reconocer a Guaidó, lo que Pence, que participó en la reunión, estaba plenamente dispuesto a hacer. Más tarde Trump añadió de manera un tanto inútil “Quiero que diga que será extremadamente a los Estados Unidos y a nadie más”.

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Trump todavía quería una opción militar, y planteó la cuestión a los republicanos de La Florida, quienes se quedaron visiblemente perplejos, excepto Rubio quien ya lo había escuchado antes y supo cómo rechazarlo cortezmente.

Ninguno de nosotros pensaba que una opción militar fuera aconsejable en este momento. Para mí, este ejercicio era solamente para mantener a Trump interesado en el objetivo de derrocar a Maduro, sin gastar en realidad mucho tiempo en algo sin posibilidades de éxito. El Pentágono hubiera tenido que empezar desde cero, porque en el Gobierno de Obama, el secretario de Estado John Kerrry había anunciado el fin de la Doctrina Monroe, un error que había repercutido en todos los departamentos y agencias de seguridad nacional con efectos predecibles.

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Pence me pidió que lo acompañara a su oficina para la llamada con Guaidó, la cual se realizó sobre las seis y cuarto. Guaidó se mostró muy agradecido del video de apoyo que Pence había distribuido anteriormente por la internet, y los dos sostuvieron una excelente conversación. Pence expresó una vez más nuestro apoyo, y Guaidó respondió positivamente, aunque de manera muy general, sobre cómo la oposición se 20 comportaría si lograba prevalecer.

Dijo que Venezuela estaba muy contenta con el apoyo que los Estados Unidos le brindaban y que trabajarían codo a codo con nosotros, dado los riesgos que estábamos corriendo. Pensé que esto debería satisfacer a Trump. Tras la llamada, me incliné hacia el buró de Pence para estrecharle la mano y decirle: “Este es un momento histórico”. Me sugirió que fuera a la Oficina Oval para informar a Trump, quien se mostró bastante contento con el resultado, esperando con ansias la declaración que realizaría al día siguiente.

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Me llamó alrededor de las 9:25 am del día 23 para decir que el proyecto de declaración que se emitiría cuando la Asamblea Nacional invocara formalmente la Constitución venezolana para dar el paso contra Maduro era “hermoso”, y añadió: “Casi nunca digo eso”. Le agradecí y le dije que lo mantendría informado.

 Guaidó se presentó frente a una enorme multitud en Caracas (según nuestra embajada, la mayor en los veinte años de historia del régimen Chávez-Maduro), y fue juramentado como Presidente Interino. La suerte estaba echada. Pence vino a estrecharme las manos y, de inmediato, sacamos la declaración de Trump.

Temíamos un despliegue inminente de efectivos, pero no hubo ninguno (aunque algunos informes indicaron que, durante la noche, los colectivos mataron a cuatro personas). La Embajada de Caracas presentó sus credenciales ante el nuevo gobierno de Guaidó, junto con los embajadores del Grupo de Lima, como muestra de apoyo. Alrededor de las seis y media de la tarde informé a Trump acerca de los acontecimientos del día, y parecía mantenerse firme.

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La sospecha de Trump

La primera señal inquietante que mostró Trump llegó ese día después de las ocho y media de la noche, cuando, refiriéndose a Venezuela, llamó para decir: “No me gusta lo que estoy escuchando”. Estaba preocupado por la conferencia de prensa de Padrino, donde decía que: “Todo el ejército apoya a Maduro”.

Luego añadió: “Siempre dije que Maduro era duro. A este muchacho [Guaidó] nadie lo conoce”. Además, “los rusos han hecho declaraciones brutales”. Calmé a Trump explicándole que el ejército aún estaba en sus cuarteles, algo que era muy importante, y que las figuras militares de alto rango habían estado sosteniendo conversaciones con la oposición por dos días sobre qué ganarían si se retiraban o se pasaban a la oposición.

Las acciones aún estaban encaminadas, y mientras más pasara el tiempo, más posibilidad habría de que el ejército se fragmentara; que era lo que realmente necesitábamos. No creo que haya convencido a Trump, pero al menos hice que se callara”.

En la próxima entrega... 

"Estaba seguro de una cosa: cualquier muestra de indecisión por parte de los Estados Unidos socavaría todos los esfuerzos. Sospecho que Trump también sabía esto, pero me sorprendió cómo nuestra política estaba tan cerca de cambiar justo treinta y tantas horas después de ser lanzada. Esto es algo que no se puede inventar".

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