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Actualizado hace 3 minutos

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Opinión
06:25 AM / 27/11/2018
Veo, veo, por Carola Chávez
Carola Chávez articulista @tongorocho

Mediodía, salen los niños del cole. Como bandadas de periquitos llenan las calles del tricolor con sus morrales, de la alharaca de sus vocecitas repasando los cuentos del día.

 Me detengo cada día a verlos. Ellos me centran, me impiden ceder al desgaste que la guerra impone.

Hay cuatro liceos en un cruce de cuatro esquinas. Montones de muchachos salen y la calle se vuelve un bululú de empujones y risas, y no hay semáforo que valga, siempre sale un atolondrado que cruza corriendo, mirando al amigo que se queda en la otra acera, al que le grita el último cuento que no le pudo contar en clases. Una señora los espera cerca del semáforo, a la sombra de un roble enorme, con su mesita portátil llena de dulces caseros. A su lado el chichero, y más allá un señor que vende jobitos, ciruelas y mamones; cuando hay. Cuando no, siempre hay cocos para vender.

Dos niñas con moños de colores van dando brinquitos de la mano de su papá. Más allá, dos varoncitos de franela amarilla, con unas gorras de beisbol que les quedan enormes y les bailan en la cabeza. Siempre hay abuelas y abuelos haciéndole el quite a sus hijos ocupados, niños sortarios que salen del cole al delicioso abrazo de una abuela que huele a ají margariteño y cilantro, a sopita que espera en una casa donde si comen dos, comen tres y cuatro… Andando, pasan de largo por la parada llena de gente. Desde hace tiempo decidieron caminar las cuadras que antes recorrían en autobús. Los autobuses ahora son para los que van lejos. 

En la parada, profes y estudiantes esperan cruzando los dedos para que llegue primero un Yutong. Nada le gana a uno de esos autobusotes rojos que dan un buen servicio y son más baratos, pero antes del Yutong llegó un camión y dio la cola a un grupo de profes que se morían de risa cuando sus alumnos les hicieron la pata gallina para sus profes pudieran subir y al más gordo de ellos lo tuvieron que ayudar entre tres.

Una señora que miraba lo mismo que yo, me comentó indignada: “¡Qué desastre, a dónde hemos llegado! No sé de qué se ríe esa gente… conformistas… por eso estamos como estamos”. Yo, en cambio, en ese bululú veo vida, fortaleza, resistencia, inventiva, solidaridad. Veo un pueblo venciendo dificultades, pueblo que no se deja robar su esencia, que no se deja doblegar… Por eso estamos como estamos.

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