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Opinión
09:37 AM / 07/08/2019
Superar el analfabetismo espiritual
Antonio Pérez Esclarín

El mundo está haciendo grandes esfuerzos para erradicar el analfabetismo pues existen  todavía  millones de personas que no saben leer y escribir lo que se considera esencial para un desarrollo autónomo y para insertarse adecuada y productivamente en la sociedad.  Desde hace algún tiempo,  hay una creciente preocupación por erradicar el analfabetismo emocional, pues son muchísimas las personas, que  incluso con altos grados académicos,  no saben dominar sus emociones ni controlar sus sentimientos. Pero existe hoy un gravísimo analfabetismo espiritual que se refiere a la incapacidad de enfrentarse a la pregunta del sentido de la existencia, para valorar sus actos y analizar su propio sistema de creencias, valores e ideales.  Por eso el mundo anda a la deriva y es cada vez más injusto e inhumano.

 

Una cosa es existir, otra muy diferente darse cuenta de que uno existe,  plantearse para qué existe y ser capaz de planificar la  existencia de un modo que merezca la pena. Pero la mayoría de las personas nacen, crecen, viven y mueren sin el valor de plantearse cuál es su misión en la vida y de vivirla con sentido  Los seres humanos somos los únicos en el mundo capaces de reflexionar sobre nosotros mismos.  Somos no solo autores y actores de nuestras vidas, sino también espectadores de ella, para observarla y recrearla. Reflexionar sobre uno mismo significa reflexionar sobre  la vida,  el sufrimiento, la muerte y la vida después de la muerte, cuestiones esenciales  para enrumbar la vida por caminos de  autenticidad.

 

Resulta evidente que, después de tantas promesas de plenitud y liberación,  ni la ciencia, ni la tecnocracia,  ni el marxismo o el neoliberalismo han logrado  convertir a las personas en  mejores seres, más compasivos, solidarios y felices. También la educación e incluso las religiones han fracasado en su objetivo esencial de lograr que las  personas sean  cada vez más humanas. Por ello, ya el Informe Delors, “La educación encierra un tesoro”, planteaba la necesidad de una educación que respete las espiritualidades y promueva un espíritu nuevo: “Se trata de aprender a vivir juntos conociendo mejor a los demás, su historia, sus tradiciones y su espiritualidad, y, a partir de ahí, crear un espíritu nuevo que impulse la realización de proyectos comunes o la solución inteligente y pacífica de los inevitables conflictos. Una utopía, pensarán, pero  una utopía esencial para salir del peligroso ciclo alimentado por el cinismo o la resignación…El mundo tiene sed de ideales y de valores que vamos a llamar morales para no ofender a nadie. ¡Qué noble tarea de la educación la de suscitar en cada persona, según sus tradiciones y sus convicciones y con pleno respeto del pluralismo, esta elevación del pensamiento y el  espíritu hasta lo universal y a una cierta superación de sí mismo! La supervivencia de la humanidad depende de ello”.

 

Ojalá que en estas vacaciones, donde la situación del país nos impide descansar y disfrutar como deberíamos, apartemos un tiempito para cultivar la Inteligencia Espiritual  y tengamos el valor de preguntarnos por el porqué y el para qué de la  existencia.  En medio de los gravísimos problemas que vivimos, ella nos permitirá   establecer vínculos  positivos con nosotros mismos, con  los demás y con Venezuela, superar el pesimismo y el miedo  y enrumbar la vida por caminos que le den sentido a nuestro sacrificio, esfuerzo y compromiso por lograr una Venezuela donde todos vivamos con dignidad.

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