Sin ambigüedades: Este año tampoco será / Por: Óscar Morales

Por:  Óscar Morales

 

Empecemos sin anestesia: este año tampoco están dadas las condiciones para una transición hacia la democracia. Sí, es duro. Pero la verdad usualmente duele menos y nos prepara mejor para encarar cualquier desafío. Reconociendo esto, lo justo es explicar por qué este año Nicolás Maduro -y compañía- comerán hallacas en Miraflores, y no quedarnos en el juicio ligero sin fundamentos. Explico brevemente.

En primer lugar, no existe unidad en el objetivo. Pues, mientras unos apuestan a crear las capacidades para transformar la mayoría ciudadana en mayoría política a través de las reglas democráticas, resulta que otros están más interesados en firmar contratos con mercenarios para acabar con esto por la vía de las armas, aun cuando saben que existen diminutas probabilidades de éxito con esa opción y, por supuesto, sabiendo también que es diminuta la posibilidad de sostener en el tiempo un proceso de transición originado por actos violentos.

En segundo lugar, ha desaparecido la palabra vital para emprender un cambio que restablezca las garantías transgredidas en los últimos años: entendimiento. En efecto, en este período caótico pocos se atreven a servir la mesa para conversar con franqueza y mirarse a los ojos para sopesar que la tragedia nacional trasciende de sus gustitos ideológicos.   

En tercer lugar, una fracción opositora estima que el honor depende de cuánta sangre se derrame. Por lo tanto, la factibilidad de  que este grupo preste su respaldo a los acuerdos más elementales de convivencia o conceda –aunque sea discretamente-  garantías a los actores principales de la dictadura para empujar gradualmente su disolución, se reduciría a probabilidades microscópicas.

En cuarto lugar, se sigue suponiendo que la implosión del régimen dictatorial será posible señalando a quien consideramos tibio, buscando persistentemente culpables (sin reconocer que todos somos culpables) o lloriqueando frente a cualquier hecho divisor.

En quinto lugar, nadie duda de las extremas dificultades que sufre la dictadura. Se advierte que no tienen soporte ni oxígeno financiero. No obstante, creer que este motivo bastaría para que se produzca una fractura interna  es, por decir lo menos, incorrecto. Incluso, suponer que, a mayor cacería moralista e insultos encarnizados vertidos en las redes sociales, mayor será la posibilidad de alcanzar la metamorfosis del actual estado de cosas, también sería otra imprecisión penosa.

En sexto lugar, mantenemos la postura de que un sector tiene supremacía sobre el otro para obligarlo a escuchar su cantaleta sumisamente o que su mayoría es suficiente para controlar y reconstruir el país. Lamentablemente, esto ha ocasionado retrocesos sustanciales.  Esto ha sido un desenfoque porfiado como el que más.

Por último, entre tantas pruebas que nos desvía del objetivo central (transición a la democracia), termino con una que supera a todas las demás. Esta es: poner todos los números en la hipótesis de que la ocupación territorial de tropas estadounidenses es el mecanismo resolutivo más eficaz para recobrar la democracia y sostener su estabilidad a largo plazo.

Indudablemente, si sacáramos esta última variable de la ecuación, comprenderíamos -y resolveríamos- con más sabiduría y sensatez la trampa autodestructiva en la cual estamos estacionados.

Creo que bastantes errores se han cometido por las ambigüedades en el discurso. La evidencia comparada también nos alerta de que nadie manda en la anarquía. Por consiguiente, debemos meditar profundamente y repetir hasta el hartazgo la siguiente máxima: aquí nada esplendoroso ocurrirá si no negocian los factores de poder de la dictadura y la oposición.

En fin, la merengada de la solución es con negociación, no con fusiles, cañones y tanques.  El resto es fantasía y varias fábulas.

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