Por dos innings en el Luis Aparicio y una rueda de carite / Por: Óscar Morales

Por:  Óscar Morales

Un joven veinteañero despertó cada día del año 2014 con la misma pregunta perturbadora: ¿Vale la pena seguir viviendo en este bacanal surrealista donde cuatros maleantes destruyen las potencialidades y el buen porvenir de un país? Mientras tantos hechos le decían “espera un poco más”; otros argumentos lo empujaban a dibujar el plan huida; y, finalmente, innumerables circunstancias le gritaron “aunque duela, aprende a ser mejor afuera y regresa pronto”. De ese modo, decidió meter sus trapos y muchísimas ilusiones en una maleta y un morral; a su familia y a los recuerdos los dejó en su mente; y las ganas de quedarse se quedaron sin espacio.

Llegó a su nueva realidad y –bruscamente- entendió que estaba obligado a resetear su vida si es que quería sobrevivir a las nuevas condiciones de supervivencia. Ahora no era que no tenía problemas; ahora se enfrentaba a otro tipo de problemas. Y la verdad es que no estaba ni mejor, ni peor, simplemente era diferente. Sus tareas diarias ya no estaban sujetas al racionamiento eléctrico, pero sí a una respuesta del Departamento de Extranjería. Ahora lo más inquietante no era si encontraba alguna oportunidad laboral para ejercer su profesión; ahora la desesperación era encontrar cualquier oficio compatible con su indocumentación. Ciertamente, su nueva historia no era informarse sobre las reformas políticas, sociales o económicas que estaban en discusión en el país que habitaba o quién era de izquierda o de derecha. Sinceramente, eso era terciario en sus días. Lo único que deseaba era servir, ser útil y pagar las cuentas sin retrasos.

Cautelosamente, fue ganándole a la sensación de desamparo relacionándose con la vida cultural de sus nuevas fronteras y, gradualmente,  fue superando el inevitable duelo migratorio con altas dosis de perseverancia. Con mucha terquedad hizo una restauración de fábrica de sus convencionalismos, y se encontró con otra visión del mundo que le sirvió para borrar la práctica nociva de mirarse el ombligo, e hizo añicos el mito odioso de creer que venía del mejor país del mundo. Además, con mucha rebeldía venció el sufrimiento y desconsuelo que significa la separación familiar, gracias al recordatorio de la abuela que le decía: “Hijo, lo mejor es lo que pasa”.

Hoy por hoy, todos los episodios traumáticos los dejó muy atrás. Ya se fue esa pena de estar ilegal o escuchar la frase áspera y aplastante cuando buscaba empleo: “Regresa cuando tengas los papeles”. Ahora la carga más pesada no es cómo puede desempeñarse en su profesión; ahora le aturde planear cómo algún día aportará sus aprendizajes de estos años en la solución de los principales desafíos de Venezuela. En el presente, su ansiedad no es construir una red de amigos para lograr algún empleo; ahora le preocupa cómo convencer a esos nuevos amigos que le acompañen, con su riqueza cultural y la experiencia de sus instituciones democráticas robustas, a construir la Venezuela del mañana.

Pese a todas sus buenas noticias actuales, ahora él daría buena parte del bienestar logrado por una rueda de carite, dos acemas de Carache o un sancocho margariteño con toda la familia en Paraguachí. Francamente, él permutaría 4 toneladas de tranquilidad por dos innings en las gradas del estadio Luis Aparicio. Sin lugar a dudas, él canjearía 4 años de despreocupación por una “zorrita” en un chinchorro colgado debajo de la mata de mangos de sus abuelos. Aún más, se atrevería a negociar 2 años de su nueva vida por una partida de dominó con sus tíos, sus amigos y todo el griterío incluido.

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