Persistentes en la decadencia / Por: Óscar Morales

Por:  Óscar Morales

Pareciera que la noción de progreso se extinguió en nuestra ‘tierra de gracia’. Hoy por hoy, el mundo nos ve como el caso ejemplar de lo que NO se debe hacer en materia política, económica, social, cultural y medioambiental. Y, lamentablemente, no se advierte algún estímulo que cambie las perspectivas.

Estamos creando muchas fantasmas que serán difíciles de desaparecer en el mediano o largo plazo, tal como le pasa actualmente a los argentinos, pues, por más que ellos intentan borrar su pasado moroso, el mundo le dice que todavía no son merecedores de confianza. Algo de esto quizás nos ocurra cuando se produzca el anhelado cambio. Y, por cierto, ojalá logremos hacer esas cosas distintas que nos desmarquen de la inestabilidad argentina y de todos los países que han experimentado transiciones traumáticas. De cualquier manera, hay muchos casos para estudiar cuidadosamente.

Keynes planteaba que “gran parte de nuestras actividades positivas dependen más del optimismo espontáneo que de una expectativa matemática, ya sea moral, hedonista o económica”. ¿Qué tal nuestro optimismo espontáneo hoy? ¿Cuántos creen que en nuestro país las capacidades productivas se despliegan normalmente y gozan de buena salud? ¿Cuántos pueden creer que el negocio de la criminalidad no avasalla cualquier emprendimiento legal? ¿Cuántos pueden apostar que el naciente año será mejor que el pasado?

Ciertamente, seguiremos transitando la pendiente negativa que no detiene su curso destructivo porque quienes perseveran en ello están convencidos de que el estado de derecho es una caricatura antojadiza, el mercado es satánico, las libertades son exquisiteces, la planificación central es magnánima y el control social es lo que traerá consigo el bienestar para todos. Siendo así –digo yo-, el declive se mantendrá garantizado.

Desgraciadamente, somos presa de un puñado de personas que deciden lo que supuestamente maximiza nuestros intereses y beneficios y, dicho sea de paso, también se atribuyen el rol garante de la solución de todos los problemas públicos e, incluso, personales, dado que nadie sería mejor que ellos para decidir por nosotros. En consecuencia, he aquí otra razón para asegurar el hundimiento nacional.

Es sabido que mientras ese aroma dulce que llaman “confianza” no se restablezca, desafortunadamente, por estos polvos no caerá ni una gota de fe. Aún más, podrán darse varios besos Putin, Trump y Xi Jinping –con el sacrificio del coronavirus incluido- en nombre de Venezuela y proseguiremos en el túnel oscuro si no comprendemos que el progreso, en todas sus dimensiones, implica acuerdos consolidados con una elevada fortaleza institucional permanente que borre la incertidumbre, el pesimismo y la desilusión de muchos.

Es responsable –y al mismo tiempo obsesivo- pensar en el día después del cambio de gobierno.  De todos modos, ese día llegará y todos deseamos que venga lleno de antídotos contra el populismo, la corrupción, la pobreza y el estancamiento económico, puesto que, de lo contrario, seguiremos siendo la referencia mundial de la persistente decadencia.

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