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Actualizado hace 95 minutos

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Opinión
04:25 PM / 28/12/2018
Nuevo paisaje político, por Maryclen Stelling
Maryclen Stelling

Y llegó la Navidad, época supuestamente de amar, reencontrarse,  perdonar, reconciliarse, dialogar, prometer, evaluar, planificar… y atreverse. Ante lo cual, es necesario un análisis crudo, rudo y duro.

Como señalamos en escrito anterior,  el paisaje político venezolano ha cambiado y comienza a enraizarse el desapego político, la desafección institucional, la desconfianza, el desinterés y el extrañamiento político-partidista-electoral. Ello pone en entredicho  la legitimidad, en tanto “creencia de que las instituciones políticas existentes, a pesar de sus defectos y fallos, son mejores que otras que pudieran haber sido establecidas”. Paisaje aliñado con una dosis de cinismo, ironía, sarcasmo y burla a la venezolana, que, peligrosamente,  ayuda a sobrellevar y, a la vez, solapar el peso de la nueva cultura política. 

Una  ciudadanía  desafecta,  crítica  o  simplemente cínica  puede  aparentar ser  gran  defensora  de la democracia, aun cuando esté convencida  de que el funcionamiento del sistema no está a la altura de sus expectativas. Suerte de inercia política.  O puede retirar sus energías del sistema, distanciarse de la política, recluirse en sus espacios privados a rumiar su desinterés, impotencia y, concluir que no es un actor político eficaz.  

Lentamente van cambiando las actitudes y pautas culturales a través de las cuales  nos relacionamos con el sistema político.  Cobra cuerpo un nuevo paisaje político  -caracterizado por un enfriamiento de las actitudes de la ciudadanía ante la política y un debilitamiento de la  participación- que podría conducir a cambios en el comportamiento político. Estudiosos del fenómeno alertan sobre diferentes peligros. En primer lugar, el distanciamiento de la política señalado anteriormente.  Una posible  personalización y racionalización de la política, que conduciría a una situación de volatilidad del voto. Y el efecto más radical, una suerte de divorcio de la ciudadanía del sistema político, por la vía de la dramática reducción de la participación electoral. 

Es momento de reflexionar y repensarnos descarnadamente; es tiempo de oír la voz del pueblo y atender  las posiciones críticas que denuncian y, a la vez, abren caminos.   Es tiempo de atreverse, de correr riesgos y tomar decisiones con grandeza y valentía, más allá del miedo y  de intereses políticos pequeños y mezquinos.

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