La rebeldía de los jóvenes / Por: Iván López Caudeiron

Por:  Iván López Caudeiron

Los jóvenes siguen dando qué hacer. ¿Más que antes? Sin dudas que sí. Yerran quienes dicen que el conflicto entre las generaciones siempre ha sido igual. En cambio aciertan los que afirman que los jóvenes “de antes” eran “distintos”. Acertarían más, dirían lo enteramente correcto, si sostuvieran que eran más sumisos, más secretos, más reprimidos en su rebeldía.

Las ganas de rebelarse siempre la han tenido nuestros muchachos. El conflicto siempre ha estado allí, latente. Parece mentira que tantos años después que Freud lo descubrió y lo indicó a través de sus letras y enseñanzas, todavía mucha gente se esté desayunando con las ganas que tienen los hijos (todos los hijos del mundo, sí Sra., asómbrese) de hacer lo que hizo Edipo (revise cualquier enciclopedia y usted encontrará los detalles).

La mayoría de los jóvenes no lo saben de esa manera tan cruda y científica a la vez. Pero la tendencia, la necesidad de afirmar su propia personalidad y no en el abstracto ni en el vacío, sino contra sus padres y, en general, contra toda la vieja generación que ha existido siempre. Después de todo, los padres terminan por morirse y a los hijos les toca heredar el mundo. La literatura está llena de ejemplos. Lo que ha variado es el estilo del conflicto. Una escritura antes con más romanticismo y hoy con más pragmatismo. Como esa pieza de teatro que es moderna en su mensaje pero simple y rosada en su fondo. Una historia recurrente del joven quien se gana el amor de su enamorada, pero no sin antes de haberle aceptado dinero al viejo, que lo trata de arriba abajo, como si fuera una mezcla de niño y sirviente.

Yo siempre he defendido a los jóvenes (entre otras cosas, los prefiero infinitivamente a los viejos; además están relativamente “no contaminados”). Pero en el inevitable conflicto de generaciones, así como como los jóvenes tienen que sacudirse el peso opresivo de sus mayores, externa e internamente, también los viejos tienen derecho a que sus hijos los traten como seres humanos.

Esto parece no comprenderlo muchos de los muchachos de ahora. Digo los muchachos, no los niños. Un niño tiene derecho a todo. Es el animalito más indefenso del mundo. Y no hablo de malacrianzas: al niño que se malcría no se le da, se le está quitando. Pero cuando un muchacho pisa la adolescencia, si sigue recibiendo, tiene también que dar. Su relación con sus padres deber ser lo más parecida posible a la que le tocará sostener con otros adultos. Nada es más irritante que un joven que sigue mantenido (la palabra no es demasiado fuerte), pero que cree tener en su casa solo derechos. ¿Que un joven quiere romper con la vieja generación? Excelente. Pero en ese caso que no reciba dinero, que no vuelva a casa de mamá o papá con sus problemas, que se gane la vida y con ello el derecho a vivir sin interferencias. Así de simple.

Los jóvenes tienen todo el derecho a rebelarse cuanto quieran; más todavía: esa necesidad de rebelión contra la generación de sus padres existe en todos los jóvenes sin excepción, y los de hoy sólo se diferencian de los de antes en la medida en que el mundo está presenciando un quiebre en el concepto de autoridad, antes sagrado; pero también, para optar a ese derecho, los jóvenes tienen que asumir las consecuencias de su rebelión, y darse cuenta de que en cuanto llegan a la adolescencia no pueden ser mantenidos por papá y mamá y a la vez cuestionar los valores y la organización social a la cual sus padres están integrados.

¿Hay algo más grotesco que un joven irreverente, rockero y despreocupado recibiendo cada mes un transferencia de su papá? ¿O que un héroe universitario en su propio auto deportivo trasladándose desde su mansión en el este de Caracas, lo deje a dos cuadras de la UCV y se incorpore a la quema de cauchos protestando por el aumento de las becas estudiantiles? Casos reales que se ven centenares de oportunidades.

Ser joven es admirable, ciertamente, pero la responsabilidad de un ser humano comienza, debe comenzar a formarse desde la cuna. Esto lo saben y lo dicen todos los buenos sicólogos. Con cuánta mayor razón tenemos que exigirles a los adolescentes de bachillerato y más todavía a los jóvenes estudiantes universitarios que asuman la responsabilidad de sus actos en lugar de emprenderlos como si fueran un juego de niños, que termina a la hora de la cena, cuando Luisito o Pepito regresan de la calle para que mamá les dé de comer, los bañe, les ponga la pijama y los acueste dejando una lamparita prendida en la mesa de la noche para que no se asusten de la oscuridad.

¿Cuántos de los jóvenes, que en los días que corren en el mundo entero, inclusive Venezuela, están cuestionando la autoridad de la vieja generación, se ganan la vida totalmente por su cuenta? ¿Cuántos han experimentado la relación con el mundo, la comprensión del mundo que se obtiene solo cuando se ha ejercido un trabajo remunerado, cuando se ha esperado con ansiedad el día quince y el día ultimo para poder pagar los “monos” que uno ha montado; comprar (¡Por fin!) los libros o tonterías que uno ha deseado, decidir qué tal gusto o tal necesidad tendrá que esperar, porque el dinero no se estira, y no le vamos a pedir a papá, porque papá no tiene, o mejor todavía, porque de este lado, del lado joven hay orgullo, hay dignidad que no permiten aliar una actitud rebelde con una mano extendida.

Si la respuesta fuera: “Hay muchos, son la mayoría”, entonces habría un motivo de pensar que van a mejorar el mundo, en lugar de contribuir a hacerlo más caótico todavía. Pero, ¿es esa la respuesta? Mucho me temo que no. Así lo veo.

POST SCRIPTUM: Debemos derrotar la abstención. Somos mayoría y tenemos que demostrarlo una vez más. El mundo no entendería que teniendo la opción de proporcionarle una nueva derrota al oficialismo, como hicimos en las pasadas parlamentarias, optemos por quedarnos en casa sin votar. Así de simple!!!  #ElFuturoEsNuestro.

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