La política: Un arte para el entendimiento / Por: Iván López Caudeiron

Por:  Iván López Caudeiron

La política puede concebirse como el arte de generar y mantener el espacio público donde a través del diálogo, se logran consensos sobre los asuntos de interés común (vitales para nuestra actividad diaria).

Particularmente en Venezuela, se observa una política desdibujada debido a la imposibilidad de dialogar libre, honesta y directamente, ya que el espacio que debiera ser público se encuentra aislado y no se sabe con claridad, la interlocución entre los factores de gobierno y oposición. Y dado esto, la amenaza de la paz social, cada día aumenta con mayor fuerza.

Por eso es necesaria la política, la buena POLÍTICA para el avance del país. De lo que se trata es de llegar a acuerdos, evitando o reduciendo el conflicto a cero. Es claro, La POLÍTICA: Un arte para el entendimiento.

La política… ¿Una guerra?

Existe una larga tradición de pensamiento político, comúnmente denominada “realista”, para la cual la política es la lucha o conflicto de intereses entre actores diversos, ya sea entre Estados, en el caso de la política internacional; ya sea entre partidos, grupos o individuos en el caso de la política nacional o local.

Ciertamente, ni el “idealista” más extremo se atrevería a negar que la lucha, y en general, el conflicto, es un componente muy importante de la política; pero al propio tiempo es justo reconocer, por un lado, que eso no es su único componente y, por otro lado, que se puede concebir un mundo no sólo deseable, sino también posible, en el que la paz y la cooperación ocupen cada vez más puestos importantes.

Desde esa perspectiva realista, la analogía entre política y la guerra –entre conflicto sin armas y conflicto armado- resulta evidente: la diferencia entre ambas es sólo una cuestión de grado, y así como hay un estrategia adecuada para el conflicto militar, debe haber también una estrategia política para lograr que los intereses de un Estado, de un partido, o de un grupo, prevalezcan en el conflicto sin armas frente a otros actores.

Bien lo decía Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Más preciso lo escribió Mao TseTung: “La guerra es una política cruenta, y la política es una guerra incruenta”.

El DIALOGO, el común denominador

Bien sea el caso, sea la política una guerra incruenta o no, lo cierto es que estamos finalizando un evento electoral. Este próximo lunes una nueva realidad política aparece ante nuestros ojos. No hace falta ser un erudito, para entender con claridad, que en la actualidad es menester hacer transformaciones “precisas” en nuestro sistema político, económico y social. No para volver a fórmulas viejas, que la experiencia universal ha demostrado fracasadas, sino a reformas que mejoren la participación ciudadana y fortalezcan los principios sobre los que se apoya el sistema democrático: juridicidad, derechos fundamentales de las personas y separación real de los poderes.

Ahora tenemos ante nosotros, la oportunidad de leer la voluntad de electores y abstencionistas e iniciar un período de acuerdos y entendimientos a la búsqueda de esos cambios y transformaciones que precisamos.

En efecto, en la democracia las cuestiones problemáticas que afectan a las condiciones de vida del pueblo, de las personas, es deseable que se resuelvan a través del acuerdo. El recurso, pues, al consenso como método ordinario de solución de conflictos es algo razonable y propio de los sistemas democráticos puesto que no parece admisible que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, sobre todo en esa versión hoy tan presente del intento de destrucción del adversario político.

El COMÚN DENOMINADOR de la vida política ha de ser, ciertamente, el acuerdo, EL DIÁLOGO, el acercamiento de posiciones, máxime cuando de resolver problemas que afectan al conjunto de la ciudadanía se trata. Es más, sin acuerdos fundamentales y profundos es bien difícil sentar las bases de un sistema genuinamente democrático.

Hoy, entre nosotros tenemos asuntos de gran envergadura política y social que bien merecerían el intento del acuerdo y el entendimiento al margen de cálculos o intereses partidarios.

Subrayar el carácter vital del acuerdo para la vida política no significa, ni mucho menos, que la actividad política se reduzca a los consensos. Este planteamiento, propio de versiones ingenuas de lo que es la política, permite llamar la atención sobre algo que me parece fundamental cuándo se trata de reflexionar sobre la funcionalidad de los acuerdos, del diálogo, en la vida democrática. Me refiero a que el acuerdo, el pacto o el consenso constituyen un momento del diálogo, no su estado ideal ni su conclusión.

Lo realmente esencial es dialogar para intentar solucionar los problemas pensando en los derechos de los personas, pensando realmente en las condiciones de vida de los ciudadanos, en lo mejor para la comunidad en una palabra.

Lo fundamental no es que los interlocutores se pongan siempre de acuerdo en todo y para todo, lo que es imposible muchas veces, o la mayoría, por obvias razones, sino que respeten y tengan permanentemente presente el “PRESUPUESTO METAPOLÍTICO” que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos: la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

Cuando el acuerdo no es posible, no pasa nada, no se rompe por eso el suelo de la democracia, porque siempre queda el procedimiento por excelencia, la confrontación en las urnas. La pregunta es: ¿serán capaces los actores políticos del presente de pensar de verdad en los problemas de los venezolanos y menos en su supervivencia personal y política?

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