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Actualizado hace 10 minutos

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Opinión
06:00 AM / 18/10/2019
Envejecer en Venezuela
Juan Guerrero  

Con entusiasmo había llegado a mis 60 años. Era un orgulloso jubilado universitario y también, merecido jubilado amparado por la seguridad social del Estado. Uno de mis derechos era ir a hacer la cola preferencial para ser atendido en las oficinas públicas y privadas.

Pero cierta vez, creo en una tumultuosa e interminable cola frente a un supermercado en Puerto Ordaz, me acerqué de lo más solemne y respetuoso adulto mayor para requerirle a un militar que daba órdenes, gesticulaba como orangután de bosque y amenazaba a diestra y siniestra, solicitándole mi derecho preferencial. –Aquí no hay preferencia para nadie. Vaya y haga su cola o se va de aquí. Hasta ese día llegaron mi orgullo y mis derechos como jubilado.

En los meses y años siguientes, y mientras recorría comercios, oficinas públicas, agencias bancarias y otros establecimientos, la tradicional preferencia y derechos de jubilados y adultos mayores, se fue desdibujando hasta quedar como un vago recuerdo. Hoy ser adulto mayor, jubilado y pensionado y en síntesis, anciano, es sinónimo de objeto inservible. Individuo que estorba y no tiene importancia social. Tan cierto es esta afirmación, que en días pasados escuché una entrevista por la radio a un miembro de una Ong que se encarga de estudiar este tema. Pues bien, el especialista indicaba que los asesinatos a los adultos mayores ha aumentado escandalosamente en Venezuela.

Indicaba historias espeluznantes. Una de ellas, el caso de un anciano que fue asesinado a golpes por su nieto para robarle un diente de oro. En otro, la de una anciana que fue dejada, engañada, por su hija en la puerta de un geriátrico. En múltiples casos, a los ancianos los sacan a pasear y mientras están en algún centro comercial, una plaza y hasta en los bancos de una iglesia, sus familiares aprovechan algún descuido, sea mientras están sentados medio adormecidos por el cansancio, o van a un baño, y los abandonan, los dejan solos.

La senilidad, el alzheimer, o simplemente la minusvalía física les impiden regresar a su casa o cuando regresan, no hay nadie. Venezuela ya no es un país de población joven. Muy por el contrario, las últimas investigaciones de centros especializados en el tema, indican que la población adulta y de adultos mayores es la que prevalece. Existen zonas residenciales donde viven únicamente personas mayores, y en la generalidad de los casos, solas. Edificios residenciales, urbanizaciones ocupadas únicamente por abandonados abuelos.

En la urbanización donde vive mi hijo todas las mañanas y por las tardes, se ve a una triste abuelita salir a pasear a su gran mascota. Un juguetón collie que tiene como única compañía. Duele ver tanto anciano abandonado a su suerte. Cada día aumentan los casos de ancianos abandonados, bien porque sus familiares han debido emigrar o simplemente porque son una carga que no pueden soportar. –Una boca que no podía llenar y debí decidir, entre mi bebé y mi mamá.

Leí que le declaró una mujer a un periodista. Alguna vez quise envejecer y tener una gran panza mientras mis nietos corrieran a mi alrededor llenándome con su bulliciosa alegría. Tal vez y después de leer la biografía de Georges Moustaki, donde afirmaba que los ancianos en Alejandría, en Osaka, en Fez y en Salonica eran los más felices del mundo porque eran tratados con reverencia y respetados y amados por saberlos recipiendarios de sabiduría y heredad, quise ser anciano.

Hoy, mientras transito esta experiencia de la vida en este espacio saqueado, este territorio arrasado llamado Venezuela, mis temores me asaltan. Tengo miedo a enfermar, miedo a quedarme sin alimentos, miedo a ser asaltado en la calle por ser un blanco fácil para cualquier criminal.

Temo ser extorsionado o engañado en mi buena fe. Hay temor a la autoridad mientras manejo y que en alguna alcabala, por cualquier pretexto me detengan. Envejecer en este país -¿o expaís?- es cosa terrible y dolorosa. Paulatinamente los ancianos se han estado quedando solos, desamparados y se van borrando, invisibilizando hasta afantasmarse y pasar a ser un número, una cifra estadística: 355 ancianos asesinados en 2018.

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