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Opinión
06:55 AM / 04/12/2018
El morbo de la narco-corrupción
Asdrúbal Aguiar Analista Político [email protected]

El andamiaje nacional, que es material de utilería y soporta la que fuera una república y una sociedad con textura, se tambalea por todos los lados en Venezuela. Se comen las uñas, gritan a los lados, o se esconden en sus madrigueras los marqueses de Casa León contemporáneos. 
Cada uno y cada cual, la mayoría de los responsables y los beneficiarios de la rampante corrupción como sus víctimas, por su cuenta - para eso son efectivas las redes, pero por pocas horas - asume su monólogo de circunstancia. Grita su hastío, verte sus humores, ajusta cuentas, o apela a la manida frase del carterista: ¡Al ladrón, al ladrón! 
El propio Fiscal ilegítimo anuncia, como Pilatos, que traerá a los ahora señalados como emblemas de la orgía dineraria obra del peculado cambiario y petrolero revolucionario, para lapidarlos. Han pasado 20 años de complicidad suya con el mismo régimen que los pare. Al caso, de ocurrir lo que pide, pasará otra década, la de reclusión que le espera al Tuerto y a sus cómplices en las mazmorras del norte.
Ni siquiera un oficio de esperanza, un holocausto como el que se hace para abrir caminos y conjurar la fetidez, el Congreso de la Venezuela Libre, sosiega la vergüenza colectiva y el ruido de los albañales. Es protuberante. En sus conclusiones, por lo demás, hace del tema algo incidental, a pesar de que ser el que todo lo frustra, en lo político y en lo económico. No hace posible solución real, liberal o socialista, democrática o autocrática, a no ser conjurando mediante la sanción social y un cambio de cultura al morbo de la narco-corrupción.
El purgante del Socialismo del siglo XXI es tan fuerte que ¡he aquí los resultados!
Una vez superados los dolores de estómago y soportados los vómitos, que hay que sufrirlos y todos hemos de padecerlos si hay propósito de enmienda, cabrá la enmienda, de todos. 
Ahora sabemos, pues nos rasga la piel y la dignidad, el origen de nuestros males, disimulado a lo largo de nuestra historia republicana y anestesiado con la bonanza. 
¿O acaso olvidamos que la más grosera y generalizada corrupción arranca en 1999 cuando Hugo Chávez pacta sus negocios con las Farc, hacia el mes de agosto, mediando la gestión del burdel cubano, y cuando luego crea el Plan Bolívar 2000 para hacer de la Fuerza Armada la gestora cómplice de sus miasmas? 
Yendo atrás, si revisamos los hechos previos a nuestro 19 de abril de 1810 y los limpiamos de la épica encubridora, veremos que el maestro don Andrés Bello, ícono de nuestra primera diáspora, observa que la civilidad que está adquiriendo Venezuela ocurre al malograrse las minas. Mas otra crónica, que se oculta y olvida pues denuncia que de los sobrantes de las rentas públicas toman “préstamos” el Marqués de Casa León, comprador de carnes y zapatos para las tropas del Estado - predecesor de los actuales Clap – y quien se queda con 50.000 pesos. José Joaquín de Argos y hasta Simón Bolívar se hacen cada uno de 30.000 pesos. El marqués de Mijares de 20.000 pesos y el marqués de Ustáriz de 16.000 pesos. Y la repartición la extienden, para que todos estén contentos.
La emancipación nos agarra, así, sin reales. Los miembros de la Junta que nos gobierna deciden pedir su devolución, pero se la imponen a quienes le son desafectos, no a sus camaradas.
Más tarde, Casa León, interesado en que Francisco de Miranda apure su capitulación – nuestro primer diálogo - con los realistas, luego del error militar de Bolívar en Puerto Cabello, se ocupa de convencerlo. El Precursor, sin dineros, señala que irá al exilio huérfano de soportes y debe buscarlos para regresar. Casa León, tentándolo, le promete dar unas 250 onzas de oro de las reservas públicas, al mejor estilo de los Maduro de actualidad. Y cuando al término viaja a La Guaira, aquél y Bolívar, mirándose en sus espejos, le acusan, uno de robar los dineros públicos y el otro de traidor a la causa patriota. Miranda viaja a la cárcel de La Carraca, hasta su muerte, a cambio de dos pasaportes.
De seguidas, desde Cartagena, Bolívar maldice a los Bellos, a los ilustrados civiles, a los ilusos dentro de éstos que forman el Congreso de 1811, soñadores de repúblicas aéreas quienes olvidan que el pueblo no está preparado para el bien supremo de la libertad. 
Cuando llega a Caracas, con su gesta de reconquista, se hace Libertador, y su General José Félix Ribas, como primera medida, pasa por las armas a 36 corianos que han apoyado al realismo. 
Para colmo, el primero le pide al realista y jugador en doble banda, otra vez Casa León, sea su director de rentas. No hay dineros para continuar la gesta. Deciden exigir de los ricos de Caracas, en total 19, que se niegan a hacerle liberalidades al español Domingo de Monteverde, hacer aportes hasta por 120.000 pesos bajo amenaza de fusilamiento en las 24 horas siguientes. 
“Aun me hace estremecer la memoria de aquella funesta noche. Todavía parece resonar en mis oídos los lamentos y alaridos de seis o siete mil personas, hombres, mujeres, viejos y niños, que a pie o caballo cubrían el camino, llevando por todos bienes lo que sus fuerzas les permitían. Yo llegué al amanecer a La Guaira. No existían en el puerto sino siete buques de 100 a 200 toneladas, e incapaces de contener la cuarta parte de la emigración”, cuenta el editor de la Semana de Caracas, el venezolano José Domingo Díaz, desde su exilio en Madrid.
Esas tenemos. 
De nada sirve creer que todo cambia teniendo un gobierno eficaz, que todo varía si liberamos a la economía de trabas como se quiso en 1989, o que todo pasa reactivando la industria petrolera, que siempre tapa el ruido de la corrupción incrementado los ingresos del país.
 

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