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Actualizado hace 8 minutos

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Opinión
06:00 AM / 13/12/2018
El discurso que no me permitieron leer en mi acto de grado
Lorenzo Pacheco

 

 

Por haber alcanzado “el mejor índice académico del segundo grupo de graduandos” de la XX promoción Batalla Naval del Lago, la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Unefanb), Núcleo Zulia, me notificó que yo tendría el honor de ofrecer el discurso en la ceremonia de grado, que se realizó la tarde de este miércoles 12 de diciembre.

 

Para mi sorpresa, durante el ensayo previo al acto, las autoridades académicas aseguraron que “el vicerrector había seleccionado las palabras de otra compañera”, pero, hasta ese momento, ella no había preparado ni una sola línea de las que leyó en el acto.

 

Aunque faltaron explicaciones más creíbles y coherentes con la rigurosidad que imparte la casa de estudios de la que egresé como licenciado en Administración y Gestión Municipal, no quise pasar por alto uno de los pocos derechos por los que no se paga en nuestro país: la libertad de expresión. A continuación, el mensaje que preparé:

 

Seguramente, todos tenemos un listado de fechas especiales. Sin duda, este día queda incluido en esos recuerdos memorables, pues Dios nos da la bendición de materializar una de las metas más importantes de nuestro proyecto de vida, muy anhelada, pero que solo representa el punto de partida de los grandes pasos que estamos capacitados para dar y de la reinvención que exige el ejercicio profesional, que nunca debe prescindir de la búsqueda incesante de las maneras honradas de practicar nuestras carreras.

 

Esta es una de las formas para lograr la verdadera autorrealización de la que habló Abraham Maslow: ese nivel ideal al que cada persona aspira. Esto implica aprovechar las oportunidades para desarrollar el talento y el potencial al máximo. Es el estado en el que se pueden expresar genuinamente las ideas y los conocimientos, mientras se crece y se desarrolla la personalidad. Nos permite estar en condiciones de obtener logros y diferenciarnos de manera positiva del resto.

 

Citando algunas ideas de este psicólogo estadounidense, pionero de la psicología humanista, quiero rescatar algunas paradas en este camino de la autorrealización:

 

1.- Empieza con ser consciente de la vivencia; hay que vivirla y sentirla plenamente, sin la timidez de un adolescente.

 

2.- Elegir el crecimiento, en lugar del miedo en cada circunstancia.

 

3.- Actualizar el “sí mismo” de cada uno, escuchando las voces que emergen de adentro y dejando atrás la bulla externa del entorno que se ha colado en el interior.

 

4.- Ser sincero, mirando dentro, en busca de respuestas y asumiendo la responsabilidad de aquello que ocultamos.

 

5.- Aprender a reconocer las experiencias cumbres que nos suceden y que son momentos transitorios de la autorrealización. Se trata de instantes de gozo o éxtasis que no pueden compararse, garantizarse, ni siquiera buscarse. Dejemos que vengan por sí solos.

 

6.- Descubrir quiénes somos, significa “abrirse para uno mismo": identificar las flaquezas para luego asumir el valor de renunciar a ellas. Estar dispuesto a esto puede crear mejores condiciones para solucionar los problemas.

 

Tal vez, pensemos que todo parezca más idealismo motivacional que realismo pragmático. ¿Para qué nos sirve en la práctica y cómo podemos alcanzar este estadio en medio de la crisis económica, política y social que vive Venezuela? Estoy convencido de que serviría para no dejarnos robar el presente, pues nos pertenece y tenemos el poder de transformarlo.

 

Es necesario seguir apostando a la reinvención personal y a la autoestimulación para que la felicidad no sea un destino solo posible en otros senderos, sino una trayectoria que podemos emprender desde ahora. Que las ganas de reír, compartir, vivir y hasta de amar sean decisiones propias, no ‘títeres’ de terceros.

 

Como profesionales, estamos llamados a enfrentar con rebeldía todas las injusticias de las que seamos testigos. A alzar la voz crítica y subversiva ante las acciones de otros, partiendo desde nuestro propio núcleo familiar, pasando por el ambiente laboral, las instituciones públicas, hasta llegar a las altas esferas del poder político.

 

Hoy somos muestra de superación frente al desafío que representa estudiar en este tiempo, en esta Venezuela. Si nos tocó elegir entre comer o estudiar, entre el camino fácil y pasajero o el más difícil, pero permanente, sin dudas, nos fuimos por el segundo. Lo hicimos en compañía de aquellos pilares que nos sostuvieron, incluso, en los escenarios en los que pensamos desistir: nuestros padres, esposos, hijos, hermanos, tíos, abuelos y amigos. Esos testigos que con palabras o pequeños gestos nos aplaudieron en el andar.

 

La enseñanza de los profesores de esta insigne institución fue fundamental. De cada uno conservaremos algo y eso merece gratitud.  Además, con mucho orgullo, reconocemos la oportunidad que tuvimos de estudiar de manera gratuita y esto no solo implica no haber pagado la matrícula y los semestres, también hace referencia a los programas que contemplan la alimentación, las becas estudiantiles por estrato socioeconómico, rendimiento académico, por prestar apoyo como preparador de otros estudiantes, el empleo de tiempo parcial y todo lo relacionado con la educación, ya que es un privilegio que pocos países en Suramérica pueden ofrecer.

 

Al mismo tiempo, recibimos valores estandartes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, entre los cuales me gustaría resaltar la disciplina, que nos permitió consolidar hábitos positivos para reforzar los objetivos trazados en cualquier área y finalmente convertirnos en fuente de inspiración para las nuevas generaciones. 

 

Ni esto y ni nada de lo que vendrá sería posible sin aquel que nos amó primero, quien canjeó su vida por la salvación de sus amigos: Dios. En medio de una realidad empañada por los conflictos, la desidia, las carencias, el sufrimiento, la inmoralidad… Él sigue siendo el norte y nos insta, una y otra vez, a ser humanos: a ver con ojos de misericordia las cruces que carga el prójimo.

 

No permitamos que esta época dura, pero transitoria, nos deshumanice, que nos haga ver lo insólito como normal. No nos incluyamos en ese penoso grupo que se dedica a ‘legalizar’ la indecencia y a ‘enmarañar’ el día a día de los desesperados.

 

Algunos estarán convencidos de que ya no merece el esfuerzo estudiar, pero hemos comprobado, en el paso por las aulas, que la educación es la única vía para reedificar esta sociedad. Desde cualquier carrera es ineludible reconocer que todo el saber debe estar orientado al bien común. A través del abordaje comunitario, aportaremos herramientas valiosas que optimicen la calidad de vida de la gente. Por su puesto que es posible contribuir para encaminarla reorganización de Venezuela y la aplicación de estilos de vida equitativos y dignos, en los que los méritos tengan valor.

 

San Agustín nos dijo: “La raíz se halla profundamente afianzada en tierra; en donde está nuestra raíz, allí está nuestra vida, allí está nuestro amor”. Pues sigamos regando las raíces con la convicción de estar haciendo lo correcto y atesorando la identidad como venezolanos, desde cualquier lugar donde nos encontremos, para enfrentar las pruebas, luchar por aquello que más deseamos y seducir el mañana que nos pertenece.

 

Entonces, hagamos eco del Libertador Simón Bolívar cuando expresó: “Cualquiera que sea mi suerte en lo adelante, mi último suspiro será por mi país”.

 

 

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