Ciegos por la fe en el relato / Por: Óscar Morales

Por:  Óscar Morales

 

Desde hace varios años, el experimento de revolución bolivariana entró en una espiral destructiva de no retorno, y aunque buena parte de los ideólogos ya no crean en el relato de la revolución, lamentablemente, tienen que seguir alimentando la fe promoviendo el sacrificio de los creyentes e invocando la pureza y la nobleza de los actos heroicos,  porque si no se derrumba el castillo de su maldad.

La narración de la revolución bolivariana  no resiste signos de interrogación, solamente apuesta a los sacrificios de unos pocos en su nombre sin titubeos. Sus discursos azuzan una lucha galáctica entre el bien revolucionario y el mal que entraña el capital. Difícilmente, hay espacios para poner en cuestión la gesta libertadora de la V República, pues,  abundan los mártires divinos y la saga insurrecta e inmaculada. Así, la revolución nos inspira para convencernos de que la causa tiene un ideal y un fin superior que, por supuesto, sería un sacrilegio traicionar. ¿O qué creen que hay detrás de la consigna “leales siempre, traidores nunca”?

Ciertamente, ya no disfrutan su revolución, pero cuando hacen el ejercicio de verse fuera de ella, ven 3 fantasmas –o sus muertos- que les dicen que no existe posibilidad de generar un porvenir personal y familiar si se salen del guión, por tanto, deben seguir con la arenga de la redención del yugo imperialista y la construcción de la nación inmortal, tal como lo ordena del más allá el comandante supremo.

No es simple –ni deseable- quedarse sin el relato místico  transformador del hombre nuevo y empezar uno nuevo, aunque tenga mejor prosa y sea más creíble. No es sencillo volver a sembrar una idea llena de una supuesta castidad sostenida por un relato glorioso que, finalmente, germine en una masa dispuesta a la lealtad incondicional y a la salvación pura de la nación. En otras palabras, no es fácil relatar un nuevo poema que –este sí- nos llevará a la nueva patria superior en todos los órdenes.

En definitiva, seguirán alimentando el relato revolucionario, pero no es porque lo crean con fe inquebrantable, sino porque pensar en uno nuevo sería la aceptación amarga del fracaso. Y como no harán el mea culpa, ni mucho menos la contrición de corazón, desgraciadamente, solo queda que se apiaden de los gritos moribundos de los niños que sufren desnutrición, los pacientes renales y oncológicos agonizantes o el drama angustiante de las víctimas de amenazas y extorsión por tener una panadería o un cyber.

La ficción se agota y los dolores –con su calvario- son reales, palpables y notorios. Esto último es lo que nos va quedando para ganarle a la novela revolucionaria-devastadora que todavía tiene embelesado a unos cuantos ofreciéndole la esperanza de bienestar en un petro o la gloria nacional mediante el exterminio del mercado con su capitalismo salvaje.

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