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Actualizado hace 95 minutos

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Opinión
06:45 AM / 08/01/2019
Augusto, por Carola Chávez
Carola Chávez

El 5 de enero Augusto se fue al mar, dejándome todo este amor, todo este agradecimiento y esta columna donde cada semana intento llenar sus enormes zapatos.


Escribo esta columna por culpa de Augusto Hernández, que me dejó este espacio en herencia. ¡Y si fuera solo eso lo que me dejó Augusto! 

Al principio, Augusto Hernández era ese señor del vozarrón que explotaba en la radio cada mediodía para acompañarme mientras yo hacía el almuerzo. También acompañaba a Oscar que a esa hora buscaba a Dani al cole. Ya desde el principio, Augusto era parte de nuestra familia, aunque entonces, ni él ni yo sabíamos que nos querríamos tanto. ¡Y cuánto nos quisimos!

Resulta que un día, en 2006, a mi me dio por escribir y a Augusto le dio por leer mis “vainas”. Yo me enteré que me leía un día mientras cocinaba con mi radio encendida. Allí estaba Augusto leyendo mi último artículo, con aquel vozarrón pronunciando mis palabras que parecían suyas. Al final de la lectura, una declaración de admiración que era mutua.

Nos conocimos y supimos que inevitablemente íbamos a trabajar juntos, aunque siempre nos preguntamos si esa gozadera que armábamos cada mediodía se podía llamar trabajo. Así fue como se coló mi voz de pollo en “Juego de Palabras”, el programa del tremendísimo señor de la voz de trueno. 

Hicimos radio durante cinco años, sin descanso -Augusto descansaba trabajando. En todo ese tiempo, Augusto solo faltó unos pocos días, en una de esas ocaciones en que la muerte quizo llevárselo y no pudo. Esa vez Augusto nos devolvió el alma al cuerpo saliendo de un coma que se anunciaba como el punto y final, cantando rancheras a todo gañote, augustamente.

Tantos días juntos, tantas conversas, tanta gozadera, nos convirtió en “compinchos” del alma. Y nos quisimos tanto. Lo quiero tanto… Yo vi la ternura que su voz de trueno escondía, yo fui privilegiada con aquella sonrisa dulce de amor de papá querendón, con aquella mirada complacida y orgullosa que decía “vas bien, muchachita”, con los silencios que decían que a veces no necesitábamos palabras porque, de tan “compinchos” que éramos, logramos dominar el don de la telepatía.

Nuestro último programa fue un día de los inocentes. Jodiendo, ese día, Augusto anunció mi partida. Caí por inocente: el que partía era él. El 5 de enero Augusto se fue al mar, dejándome todo este amor, todo este agradecimiento, todos estos besos que no le pude dar y esta columna donde cada semana intento llenar sus enormes zapatos.

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