Al profesor Blas Perozo Naveda / Por: M. Delgado Marcucci

¡Sorpréndanme o MARDITOS TODOS!

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La primera vez que me impresionó este canoso y risueño profesor de semántica del octavo semestre de Comunicación Social de la Universidad del Zulia  fue cuando asignó a aquel grupo de soñadores y contestatarios  estudiantes elaborar una crónica. La asignación era simple. ¡Sorpréndanme!, exigió al culminar la clase.

Los iluminados estudiantes, que modestamente se veían a sí mismos como una especie superior surgida de la mezcla de Tom Wolfe y José Ignacio Cabrujas, dieron rienda suelta a sus índices sobre las viejas máquinas de escribir, se desesaron las neuronas en teorías políticas y demás hierbas aromáticas. La mía, panfletaria como siempre, debía - eso es seguro- culpar de todo a Bush (padre, hijo o espíritu santo, daba igual). 

Aún antes de entregar la "tarea", debo admitirlo, ya sabía que algunas lo sorprenderían más que la mía, que a la postre era obvia y repetitiva. 

Pero llegado el día de entrega de notas de aquella asignación,   aquel sabio con cara y tamaño de San Nicolás criollo, con una sonrisa al estilo de Jack Nicholson, nos felicitó a todos sin saber que nos daría la lección de nuestras vidas. 

Uno por uno fue entregando las cuartillas (que si algo tenían de buenas era su brevedad). Delgado, guerrillera como su apellido, dijo. Boscán, excelente; Carmona, que vaina tan buena... Y así hasta que solo quedaba una en su mano. "Esta fue la única crónica que realmente me sorprendió", soltó para que aquel puñado de egos se viniera al piso de un solo golpe. 

"Quien escribió esta crónica plasma con un delicioso humor la perplejidad que para un foráneo resultan los maracuchos" y entonces leyó el título: En Maracaibo las Tortugas Ninjas se llaman las  Hicoteas Vergatarias".

Listo. No hacía falta explicación alguna. Las carcajadas de la audiencia solo delataban a la modesta autora a quien el profe (como siempre le llamé durante los casi 30 años de graduada que tengo) se le acercó: ¡Calchi Lacorte Laura del Carmen, solo una gocha puede escribir esto!!! Felicitaciones.

Jamás sentí envidia del talento proverbial de mis compañeros. Al contrario, me entusiasmaba y me inspiraba, pero ese día solo envidié de mi gocha querida que ella sí sorprendió a mi admirado profesor.

Años después, ya yo en la Mesa de Edición de PANORAMA, me comenzó a enviar sus artículos de nuevo para ser publicados en la página de opinión: El rollo que no cesa. Tenían todos esa virtud  que  nos pidió encarecidamente en las aulas de clase: breves y sorpresivos. 

Siempre los enviaba con tres días de anticipación como era requerido en la Sala de Redacción. En aquella ocasión llegó un viernes en la tarde aunque debía salir en la edición dominical, un poco retrasado para su costumbre. Pronto descubriríamos el porqué. El título del brevísimo artículo, en el que llevaba crítica de la buena Tirios y Troyanos, era una oda a su filosofía personal y profesional, el maracuchismo-leninismo: ¡MARDITOS TODOS! 

Las carcajadas reventaron en la redacción, pero las reglas de estilo prohibían esa travesura editorial del profe. Así que extrajimos con pinzas del texto otra línea que sirviera de aburrido título a su rollo incesante,  y así salió el domingo como era costumbre.

El lunes llegamos a la redacción. Como autómatas encendimos la computadora, rutinariamente abrimos el correo, y allí estaba Blas Perozo Naveda haciéndose entender como el solo sabía hacerlo: el mail solo tenía dos palabras de contenido MARDITOS TODOS... Esa vez nos reímos más fuerte y duro que solo tres días antes. Solo él puede sorprendernos dos veces.

Blas, como insistía que lo llamaran, (y nos espantaba como algunos "novatos" de la redacción se tomaban esa licencia), era el poeta que más periodismo hizo. No solo formó periodistas para el oficio sino que dio cátedra de cómo hacerlo cuando en la inédita serie "En la piel de"  se internó en un geriátrico solo para vivir en carne propia y contar en primera persona los horrores que en algunos de esos sitios viven los ancianos. De nuevo, el profe, el poeta Blas, sorprendió a todos con su crónica impecable.

Al profe le extrañarán las letras, los cronistas y los poetas; lo extrañarán los suyos, por supuesto, pero sobretodo lo extrañará, sin duda, ese pequeño grupo de aspirantes a periodistas que aún practica a diario el arte de sorprender que tanto insistió en que aprendiéramos.

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