Crónica / ¿El delicioso oficio de no hacer nada?

La fantasía colectiva se hizo realidad: nada que hacer por tiempo indefinido. La realidad superó toda expectativa y terminó por derrumbar el mito: al final trabajar no es tan malo.

Por:  M.Delgado Marcucci

¡Que es bueno el cilantro, per no taaaaantooooo! La flojera se ha apoderado del mundo. El tedio proclama odioso su victoria sobre el calendario. 


De un día para otro, mientras veíamos en TV que en otras partes la gente se contagiaba del bendito virus y mientras pensábamos que era algo que no nos iba a pasar a nosotros, así, de repente, quedamos encerrados en casa por culpa de la pandemia.


Las pijamas caminan solas. Los platos se reproducen en el fregadero y como si una película de Harry Potter se tratara, los dementores rodean las ventanas para robarnos las ganas de un solo suspiro.


Los párpados se niegan a obedecer al cerebro. ¡Que te abras, coño! Ordenan las neuronas. Las pesadas bolsas responden rebeldes: ¿Cómo para qué? Es difícil saber la hora, mucho menos de que día se trata. Algo más factible sería tratar de  acertar el mes.


La primera semana jurábamos que era una aventura histórica. Fotos van y fotos vienen. Incluso fantaseábamos con toooooodaaaa esa cantidad de tiempo libre que generalmente añoramos.


La segunda semana comenzamos a animarnos mutuamente. Era una cruzada por la concienciación colectiva. No salgas. Quédate en casa. Tú puedes. Es por todos. No estás encerrado estás a salvo: eran las consignas para mantener arriba ese espíritu.


A la tercera, todos comenzamos a soñar con lo qué haríamos al salir de esta. Nos medimos todo el armario, imaginando las combinaciones posibles para la primera cita postcoronavirus (de paso chequeábamos los efectos del confinamiento en nuestras tallas).


Ya en la cuarta, como cada vez que una penuria está por terminar, bromeábamos sobre "bienvenir" en casa a los Testigos  de Jehova, tenerles galletitas a los mormones y agradecer a Avon y Tupperware por sus gentiles invitaciones. 


Y en eso estábamos cuando nos dijeron que nos nos vistiéramos que para ninguna parte iríamos.
Así fue como comenzó otro tramo de este encierro. Los "eslogan" subieron su intensidad emocional:

Si nos puedes viajar afuera, hazlo hacia dentro. Busca tu alma, descubre el sentido de la vida, encuéntrate con tu ser interior. Alinea tus chacras, etc, etc, etc. A eso además añadieron una interminable lista de metas a alcanzar durante el encierro por parte de los adultos con déficit de atención nunca antes bien tratados: libros,cursos, masters, doctorados exprés, en fin.

Gracias a Dios existen los memes, que además de robarnos risas, también tiene la virtud de hacerle saber a todos que el mal sí es de muchos y que, queramos o no, tenemos que consolarnos seamos tontos o  aventajados.

Y es que vivir con quienes  más amas no siempre es divertido ni adorable. Porque como ya hemos apuntado del cilantro no es bueno tanto.

En Japón hubo de habilitarse espacios para evitar los coronadivorcios. En Buenos Aires un abnegado esposo fue a entregarse a la comisaría para evitar una tragedia. Ya quisiéramos muchos tener los balcones inspiradores de la Europa enclaustrada, cuando más algún vecino con reggaetón a un volumen tan impresentable como la letra misma de los temas. No es tan civilizadamente encantador nuestro encierro, pero es igual de aburrido, eso sí.


Puertas adentro, en todo el planeta, sin distingo de hemisferios, las mamás insultan, en todos los idiomas, a las maestras. Las tareas son además de demasiadas muy difíciles y solo han servido para que los niños descubran cuán mal estudiantes fueron sus padres. 

No pocos “incómodos” incidentes en conferencias de trabajo por encuadres mal logrados o outfits no adecuados.

Hasta las mascotas están aburridas de ver a sus amos deambulando de los cuartos a la sala, de la sala a la nevera, de Netflix a YouTube, de Facebook a Instagram. Del WhatsApp al tuiter. Ya hasta se niegan a los paseos por los que otrora nadie quería responsabilizarse y por los que ahora se disputan a muerte.

Como nadie hace nada, pues nada nuevo pasa, lo que es igual a que no hay prójimo a quién criticar, juzgar o hacer jirones (uno de los más entretenidos hobbies nacionales), lo que deja casi en coma las relaciones virtuales.

La espalda y el cuello resiente el efecto del agotador oficio de no hacer nada. Una ambiciosa y alucinadora fantasía que la ciencia ficción histórica se empeñó en hacernos vivir para que nos convenciéramos de lo equivocados que estábamos.
Comprobado científicamente, no hacer nada es un oficio peligrosamente  difícil y nada delicioso.

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