El covid-19 cambió los rituales fúnebres en Perú

Para prevenir la infección, el Estado ordenó en marzo incinerar a los muertos, cambiando fundamentalmente los ritos y tradiciones que rodean a la muerte en el país.

Por:  AP

Una mujer acaricia la urna que contiene las cenizas de su padre. Otras cajas de mármol están cuidadosamente colocadas en los asientos de un autobús antes de ser entregadas a sus familiares en Perú.

Otra urna con las cenizas de una mujer de 68 años se encuentra en una pequeña habitación donde vivía con su marido. Las paredes blancas están revestidas de cartón y apenas hay espacio para moverse entre la cama y la mesa que lleva la caja con las cenizas de María Carmen. Su esposo Rolando Yarlequé, un albañil, planea recaudar dinero vendiendo comida para inhumarla en un cementerio.

El entierro fue una tradición para los Incas y para los españoles, y millones de peruanos visitaban las tumbas de sus seres queridos al menos una vez al año, con mucha más frecuencia, para comer, beber y rendir homenaje a los fallecidos en el Día de los Muertos cada noviembre.

En cajas de mármol entregan los restos de los fallecidos por el coronavirus.

Con la llegada de la pandemia, esa tradición se modificó: para prevenir la infección, el Estado ordenó en marzo incinerar a los muertos, cambiando fundamentalmente los ritos y tradiciones que rodean a la muerte en el país.

Una visita de AP documenta cómo algunos hogares de los afligidos crearon espacios para los restos de sus seres queridos.

Muchos siguen en estado de shock, sacudidos por la muerte de su madre, padre, hermana, hermano o hijo, y por la inesperada necesidad de encontrar un lugar para sus cenizas en el hogar donde habían vivido.

Algunos crearon santuarios en los lugares que más amaban en lugar de sus hogares. Otros colocaron las cenizas en un espacio temporal esperando ser enterrados en un cementerio, sentados junto a objetos cotidianos como piezas de bicicleta o sobre un armario de zapatos.

Afirman que les está empezando a gustar tener las cenizas a mano, donde pueden colocar flores frescas o colocar comida y bebida cerca de los restos de sus seres queridos. Para otros, la urna se convierte en el centro de un espacio vacío dentro de uno, un recordatorio de su dolor y su incapacidad para llevar a cabo tradiciones centenarias.

Las familias colocan en un lugar especial las cenizas de sus difuntos.

Las cenizas de Alejandro Flores Rojas, de 76 años, se encuentran entre llantas, engranajes y herramientas en el taller de bicicletas de su hijo.

“Por ahora mi padre se quedará aquí en el taller, porque en estos días no tengo tiempo para encontrar un lugar mejor para él”, dice su hijo Leonardo Flores, de 36 años.

Yarlequé, un cristiano evangélico, dice que espera ansioso el día en que pueda enterrar las cenizas de su esposa, como se requiere para su resurrección. “Si el Señor tiene la voluntad, me la va a devolver y nos vamos a encontrar en un paraíso donde no haya tristeza ni llanto”.

Más Noticias