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Mundo
12:59 PM / 16/01/2019
Brasileños "disparan" a favor y en contra de flexibilizar la posesión de armas
AFP
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“Nadie entra en una tienda de armas pensando en matar”, asegura Silvana Tavares, para quien el tiro deportivo es pasión antigua. Brasil marcó en 2017 un récord de 63.880 homicidios, y las armas, ahora más asequibles al público, calientan los ánimos.

El presidente ultraderechista Jair Bolsonaro firmó el martes un decreto que flexibliza la posesión de armas y puso el tema en la mira, con los brasileños disparando opiniones a favor y en contra.

En el centro de Sao Paulo, Vera Ratti, propietaria de una antigua armería de fachada angosta y discreta saluda la medida. “El hombre desde que es hombre se defiende”, dice.

La tienda, que vende también otros elementos de defensa personal como sprays pimienta y navajas, cuenta con un pequeño club de tiro con tres pistas al fondo y recibe mayormente a hombres ligados al área de seguridad. También a deportistas, médicos y abogados.

Para Ratti, el decreto disminuirá la violencia porque “el maleante busca algo fácil, saber que no va a tener resistencia. Inhibirá al criminal saber que en una casa, en un comercio, las personas pueden estar armadas y que tienen derecho a defenderse”, opina.

Tercera clasificada en el campeonato de tiro de Sao Paulo, Silvana Tavares coincide y dice que nunca empuñó el arma contra nadie. Tampoco se ve matando. Tenerla en casa, sin embargo, es un derecho al que no renuncia.

La firma del decreto no generó una repercusión inmediata en la armería, más allá de la llegada consecutiva de varios equipos de periodistas.

Ratti explica que el comercio de armas no es diferente al de otro rubro, y sigue igualmente las oscilaciones económicas brasileñas. Cree que el sector mejorará pero no por el decreto, sino por las políticas económicas del gobierno que asumió el 1 de enero y que, a su juicio, “muestra señales de avance en todos los aspectos”.

Para Felippe Angeli, asesor del Instituto Sou de Paz, el decreto sí aumentará la circulación de armas, “lo que toda evidencia dice que tiene un impacto negativo en el aumento de la violencia letal”.

No es para cualquiera

Luis, de 50 años, practica su puntería en el club de tiro de la armería. Utiliza su propia pistola porque trabaja en seguridad y tiene derecho a porte. Descarga entre 100 y 200 balas calibre 380 con parsimonia, cinco tiros a la vez.

Corpulento, apenas vibra con cada disparo, de ruido seco, que retumba en la sala.

Según Luis, las armas “no son para cualquiera”.

Por el lado financiero, es imposible comprar un ejemplar en el mercado legal con menos de cuatro salarios mínimos [unos 1.000 dólares al cambio actual], lo que supera con creces los ingresos de la mitad de los trabajadores brasileños. A esto se le suma el curso y la documentación, además del tiempo para finiquitar la burocracia que puede consumir, al menos, treinta días útiles.

Pero Luis cree, además, que las armas tienen un componente ideológico, y que quien no se siente cómodo con ellas no pasará a quererlas tras el decreto.

“A quien no le gusta el chocolate no lo comerá porque una fábrica lance una promoción”, afirma. Se coloca los audífonos, los lentes, carga su arma, apunta y dispara.

“El látigo del diablo”

Las metáforas están a la mano cuando se habla de armas. Para Edson, un taxista de 36 años, son “el látigo del diablo”.

“Brasil tendría que enfocarse en la educación, estamos tan atrasados que si el gobierno se enfocase hoy en eso, en treinta años aún estaríamos en el foso”, dice. Él no quiso votar en las presidenciales de octubre por creer que la izquierda estaba representada por “ladrones” y la derecha por “psicópatas”.

Pero este paulistano tiene un arma ilegal en casa desde los 15 años, y ya hirió a alguien con ella. También recibió tres tiros en una pelea, cuenta, mostrando las cicatrices. Edson está convencido de que su relación con el arma es una cuestión de vida o muerte, ya que vive en un barrio peligroso.

Pero mantiene su discurso contra ellas “porque solo traen violencia”, y no quiere que ninguno de sus tres hijos, que viven con su mamá, repita su vida.

“Para ellos quiero que su arma sea un lápiz”, concluye.

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