Análisis / Coronavirus pone a prueba liderazgos

De los tuits de Trump, la mesura de Macron, la templanza de Merkel, a la inteligente propuesta de Bukele.

Por:  M. Delgado Marcucci

Pánico. Un miedo paralizante. Un horror colectivo. El coronavirus logró en el primer trimestre de la segunda década del siglo veintiuno lo que nunca antes pandemia alguna había logrado: hermanar en un solo sentimiento de preocupación y solidaridad a una especie empeñada en autodestruirse.


Entonces una cuarentena global se encargó de hacerle ver a países, pueblos, gobiernos y a sus gentes que lo verdaderamente valioso es vivir y vivir en un planeta más humano. Que algo estaba terriblemente mal y que la ecuación por primera vez debía despejar otras variables menos al ser humano.

La economía, motor de la prosperidad de uno y de la miseria de otros, debía considerar a la gente antes que a las divisas. Que la información, motor de la conciencia global o de la histeria colectiva, debía servir para aliviar incertidumbres, no para acicate de temores. Que la ciencia, el eslabón perdido de la felicidad, debía volcarse a la prioridad: la gente, no los laboratorios, ni las farmacéuticas.

Pero también los liderazgos, los primeros ministros, los cancilleres o presidentes, de repente se vieron conminados en su tarea de conducir destinos, se vieron obligados a salvar a sus pueblos del negocio de la muerte, del cáncer de la avaricia, de la indolencia de sus mercados que solo se empeñan en índices y en rescates, mientras en las salas de emergencias otros de su misma especie se juegan la vida por salvar las de otros.

Nunca antes líderes y pueblos se habían visto en semejante encrucijada. ¡Y vaya que hemos visto intentos por figurar qué vamos a hacer con nosotros mismos después que todo esto pase!
En el intermedio, las castas políticas del planeta han sacado lo mejor o lo peor de sí según el caso.

Así hemos visto a la imperturbable Angela Merkel alzar la voz de solidaridad europea, llamar a sus colegas a proteger a los más vulnerables y a evitar la xenofobia. Sin duda acumuló los puntos necesarios para quienes la aman o la odien entiendan porqué está en su cargo.

Su joven vecino, Emmanuel Macron, lidia con la pandemia con el ímpetu de todo buen francés: apelando al espíritu fraterno y revolucionario. Proteger a los más vulnerables, evitar la propagación aunque eso implique sacrificar dividendos, invocar la conciencia ciudadana y educar para la salud pública.

No puede decirse, en cambio, que el impetuoso y muy mal peinado de Boris Johnson haya atinado con su aproximación inicial al virus: su dejar pasar y dejar hacer en materia de pandemia podría ser considerado todo lo indolente e inhumano posible, aún todo lo incorrectamente político requerido.

Para Johnson, la cuarentena para evitar la propagación tiene un costo definitivamente más caro que las vidas: las divisas. Y ciertamente a veces no se sabe si los votos valen algo.
 

En esa misma tónica, su colega en estilismo, Donald Trump, comenzó la semana en EE UU advirtiéndole a su gente y a la de todos los confines, como es ya tradición en él a través de un tuit, que no podía ser peor el remedio que la enfermedad. Su errático comportamiento, aproximación y discurso sobre el virus (que se empeña en llamar chino) y su forma de tratarlo tiene al país en una bipolaridad absoluta.

Mientras en Nueva York las UCI se colapsan de casos y se agotan los recursos, el “aprendiz” evalúa reanudar el ritmo económico porque el gigante del norte no puede darse el lujo de 30% de pérdidas en Wall street.

Existen otros más desesperados, no por votos o por la bolsa, desesperados porque la crisis les reventó en las narices y ahora no saben cómo lidiar con semejante gravedad.

Ese es el caso de Pedro Sánchez que se encuentra ante una España débil frente a un virus y una oposición de poderosos. Aún ante semejante reto la opción que tanto España como Italia -epicentro de la pandemia en estos momentos- es cuidar a la gente.

Xi Jinping, el serenísimo presidente chino, ha guardado cautela, ha exigido respeto y ha dado ejemplo de solidaridad global con las naciones más afectadas por la pandemia que efectivamente inició en Wuhan.

Además de asombrar al mundo con la construcción de un hospital en solo diez días, ahora el líder chino hace cuanto puede por ayudar a combatir el Covid-19 donde se encuentre. Discreto y firme aguarda porque las aguas bajen y almas (y los mercados también) se calmen.

Luego uno podría imaginar que en países como él nuestro, en donde ya luchábamos contra molinos gigantes, no había nada peor que nos pudiese ocurrir y para sorprender a los incrédulos aterrizó el coronavirus en Venezuela. La misma Venezuela que ya vivía una crisis humanitaria, una debacle económica, unas sanciones internacionales terribles, una crisis eléctrica gigante y una catástrofe en materia de servicios públicos . ¡Vaya caldo de cultivo para otra pandemia!


Maduro hizo lo que correspondía: admitir que su sistema sanitario no estaba preparado para eso y por lo tanto las medidas debía ser extremas. Otro conjunto de medidas pretenden solventar lo que viene, pero no resuelve lo que ocurre ahora. Gente que vive al día sin poder producir para vivir. Aún peor, sin poder movilizarse. Sin gasolina para una emergencia. De todos los confines del planeta, el que más complicado la tenía era Venezuela y su liderazgo político, que aún ante semejante circunstancias no han conseguido una excusa válida para alcanzar un gran acuerdo nacional en pro de su gente. ¡Si la pandemia lo lograra habría que agradecerle al menos eso!

Su vecino, Iván Duque, aplica medidas similares: cuarentena forzosa, pero su escasa popularidad y el descontento social no le ayudan a dirigir esta crisis con la autoridad moral necesaria. Algo similar a lo que le ocurre a su buen amigo Sebastián Piñera,en Chile, quien deshojó demasiado tiempo la margarita para decidir qué hacer ante el coronavirus y su ya agitado Santiago.



Podría decirse que quienes mejor tenían la tarea eran los dos recién electos del sur: Alberto Fernández (Argentina) y Lacalle Pou (Uruguay). El primero llegó al cargo hace muy poco y bañado con una ola de popularidad que todavía lo acompaña. El segundo debutó en el cargo casi que al mismo tiempo que el virus aterrizaba en su suelo y ambos hacen lo que corresponde.

Jaír Bolsonaro, en cambio, prefiere enlodarse en sus contradicciones y desafueros discursivos. El país más poblado de la región lidia con el líder más sui generis (el mejor eufemismo posible).


Su contraparte en Mexico, Andrés López Obrador se resiste a la cuarentena y ha enfrentado la pandemia con una filosofía bastante cantinflérica: como vaya viniendo vamos viendo.

Fue, sin embargo, en El Salvador, donde el presidente millenial, el que se toma selfies en la ONU; el joven Nayib Bukele quien logró capturar más miradas en las redes por su novedosa aproximación a la gente y a sus necesidades en medio de la pandemia.


Un conjunto de medidas se hicieron tan vírales como el coronavirus mismo,
contagiando a quienes le oían de certezas: si es posible hacer algo, si es posible pensar en la gente sin sacrificar los haberes y deberes de empresarios y especuladores bursátiles.
Bien por el joven presiente que sin querer, o a lo mejor queriendo demasiado, le ha dado al planeta una lección sobre cómo enfrentar una pandemia.
Ojalá muchos se contagien de su entusiasmo, originalidad y buen tino.


Mientras el #yomequedoencasa estremece las redes y es un himno para los que pueden, (pues esta visto que para muchos no es una opción), y el planeta se limpia del daño permanente que los humanos (líderes, empresarios y simples mortales de a pie) le causan.

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