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Experiencia Panorama
02:00 PM / 14/11/2018
PERFIL: Mario Suárez, más que una voz
Por: Eduardo Fernández
Archivo

En el exilio, Rómulo Betancourt calmó el hambre gracias a un brillante que le prestó; Andrés Eloy Blanco lloró con sus canciones. Luis Beltrán Prieto Figueroa fue su maestro. Carlos Gardel le dijo a su padre: “El pibe, ¿es tu hijo? Cuidalo, es un tesoro”.Vendió leña en burro, fue buhonero en Caracas, ciclista, sastre y llegó a ser ganadero. Es Don Mario Suárez, la máxima expresión de la música venezolana, un ser con una extraordinaria calidad humana, desprendido, sin complejos.

La historia sigue transcurriendo en torno del artista, que a pesar de los obstáculos, impuso, junto con Juan Vicente Torrealba, la música nacional que enaltece el folclor venezolano.

Mario ocupa una habitación en la Villa Deportiva del Zulia. Sentado, luce una chaqueta sobre su camisa estampada con notas musicales. Sus ojos vivarachos saltan bajo una cachucha beige al estilo del guapachoso cantante Rolando Laserie. Junto a él, Elizabeth, su esposa. Llevan 45 años de casados.

Se recupera de una operación en la que le extrajeron un riñón por insuficiencia renal. Cumplió 86 años el 19 de enero. Sigue animado, entusiasta, está apadrinando una orquesta que se llama Lo de ayer, que “toca hoy, la música de ayer”, la de Billo, la de Luis Alfonso Larrain y otras bandas famosas del pasado.

Un hombre triunfador, pleno de historia, exitoso, famoso, superando tropiezos, decepciones y tristes recuerdos. Ha grabado mil treinta canciones. Es padrino de 126 estrellas en el firmamento de la farándula nacional e internacional, entre ellos: Lila Morillo, Alfredo Sadel, Héctor Cabrera, Renny Ottolina, Trino Mora, Mayra Martí. Por su don de gente, cosechó amistades a granel. Tuvo cuatro hijos: Nora, Mario Luis, Gustavo y Mario Enrique. Los tres primeros con Avilia Manzo De La Rosa, quien lo impulsó en su carrera, ella lo acompañó 20 años hasta su muerte.

Corría el año 1935, cuando Mario Enrique Quintero Suárez, con apenas nueve años, vivía en un rancho en Juana de Ávila, al norte de Maracaibo, junto con su madre, su padre y su hermano menor —José, a quien llamaron Pepe—.

“¿Qué comieron los muchachos hoy?”, preguntó Filinto Quintero a su esposa María Suárez Salas cuando regresaba una noche con algo de comer, luego de caminar dos kilómetros por una trilla de arena, oscura y enmontada desde donde lo dejaba el tranvía, allá en la estación del control, en Las Delicias. Sobre una mesa de tablas colocó una bolsa con yuca, plátano o auyama para comer con sal, no había con qué comprar queso. El rancho estaba, apenas iluminado, por la triste llama que flameaba de un moribundo cabo de vela.

“Agua con azúcar”, respondió la mujer. Filinto era chofer de la firma París y Hermanos. Había muerto Don Luis París, era como su benefactor, los hijos del conocido empresario se habían marchado a Caracas. Desempleado, Filinto pasaba calamidades para mantener a su familia.

Conoció a María en Mérida, cuando era chofer de su padre, Federico Salas, próspero empresario andino, familia del pintor Tito Salas y del escritor Mariano Picón Salas. Filinto y María, apoyados por la segunda esposa de Federico, aprovecharon un viaje de éste a los Estados Unidos y se casaron. Jamás aceptó el padre aquella unión de su hija con su chofer, los botó de la casa y le negó toda la vida una bendición y el perdón.


Filinto regresó a Maracaibo con su mujer. Vivían en Santa Lucía, barriada marabina a orillas del Lago, donde nacieron Mario y José. Una tercera hija, Esperanza, nació más tarde en Caracas. Esperanza como la que tuvo un día el padre cuando cargó con María y Mario a la capital en una aventura inesperada para atender a Pepe que convalecía grave en la casa de un familiar. Ante la pobreza, al menor de los hermanos lo habían mandado a Caracas, pero el muchacho enfermó, casi hasta morir, afectado por la tristeza y el frío caraqueño. El padre empeñó el rancho por 500 bolívares para ir a atender a su hijo. José se salvó, pero después no pudo reunir el dinero para recuperar la casa. Desconsolado, impotente, Filinto sufría. Mario, al ver la tristeza que consumía a su padre le dijo: “Algún día, cuando sea grande, te compraré una hacienda”.

Así fue como los Quintero Suárez, por casualidad de la vida, llegaron a Caracas, allá se quedaron, en La Pastora en casa del sobrino Roberto, animados por un hijo, aunque muy muchacho, audaz, ambicioso, trabajador, buscador de la vida, con muchos sueños, que retó a la pujante gran ciudad y con el tiempo se convertiría en El tenor de Venezuela.

“Canta Mario, canta”, le dijo cuando partió a Caracas aquel año de 1936 su querida tía Ángela, la que quería verlo convertido en un gran artista, la que lo llevaba al cine para ver los musicales de Libertad Lamarque, Imperio Argentina, José Mojica, Pedro Vargas y Carlos Gardel. “No sé cuándo volveré a verte mijo, aprende y trabaja, pero canta muchacho, canta como un turpial, nunca dejes de cantar”.


El primer contacto de Mario con el mundo artístico fue cuando conoció a Carlos Gardel en junio del 1935. Los París, regentaban tres salas de cines: el Teatro Baralt, cine Landia y cine Metro, y contrataron al cantante argentino.

De los tres carros de la comitiva, a su padre le tocó conducir el que trasladaba al famoso tanguero desde el hotel Granada, donde se hospedaba, hasta el cine Metro en los comienzos de la avenida Bella Vista. Gardel ocupaba el asiento delantero, el letrista Alfredo Lepera y el primer guitarrista Alfredo Aguilar estaban sentados atrás. El niño Mario, junto a ellos, acuñado en el centro.

Una muchedumbre esperaba frente al cine. Gardel, sosteniendo su gabán, entró por la parte trasera. Al bajarse miró sonriente al muchacho y le dijo a su padre. “¿Ese pibe es tu hijo? Cuidalo, cuidalo”, y saludó cariñosamente al pequeño pasajero que los acompañaba.

En su primer año en Caracas, ya en 1940, Mario repartía en una bicicleta pedidos de una farmacia y estudiaba de noche. Cantaba en programas radiales de aficionados que premiaban con buenos regalos. Una vez quedó segundo, le ganó Rafa Galindo, otro muchacho que empujaba la vida cantando. Visitaba el Teatro Municipal en busca de ingresar a un grupo de niños, entre ellos estaba Héctor Murga, dirigidos por un tal Zapata, que nunca lo recibió.

En una casa cerca de la farmacia a donde llevaba medicinas, conoció a uno de sus ídolos: Teo Capriles, campeón de ciclismo y solista del orfeón Lamas, quien visitaba a su novia. Una tarde de Carnaval subió a una carroza en la que iban Teo, su novia y otros ciclistas. El campeón lo saludó. ¡Qué emoción! Esa noche no durmió. Al otro día, el corredor le ofreció una bicicleta. “Con ella he ganado tres carreras muy importantes”, le dijo. ¿Cuánto vale preguntó Mario? “500 bolívares, me la pagas como puedas”. El novel pedalista no defraudó a su entrenador, ganó una competencia y Capriles le respondió: “Con esta victoria, novato, pagaste tu bicicleta.”

Con apenas 16 años comenzó a relacionarse con gente próspera, aprendió sastrería y junto con su hermano Pepe montó un taller. Un día en Maracay, durante unos entrenamientos de ciclismo, le cantó a Teo unos versos de la canción Esta noche serena, que éste había interpretado en “La hora del Toddy en su hogar”, un programa de Radio Caracas. El ciclista emocionado lo recomienda al profesor Ángel Sauce, insigne músico venezolano, compositor, violinista, director de orquesta y coro.

Debutó un domingo en el Teatro Nacional, interpretó dos temas y recibió 60 bolívares como su primer sueldo de cantante. Y así, sumado a lo que ganaba con Pepe en la sastrería abandonaron la vecindad, que era como vivir en un gueto, y les dio la felicidad a sus padres de poder alquilar una casita modesta en la parroquia San José.

Un gran salto en su vida fue cantar en una fiesta con la orquesta del maestro Billo Frómeta en casa de su amigo Luis Curiel, hombre adinerado y amante de la música. Con Billo estaba Rafa Galindo, su rival en los programas de aficionados, ya convertido en un cantante de moda.

Perfil de Mario Suárez publicado en 2012


Curiel le pidió a Billo que dejara cantar a Mario un bolero con su orquesta. “Sí maestro, canta bien, era el único que ganaba y perdía conmigo en los aficionados”, dijo Galindo a Billo. Nervioso, Mario comenzó a cantar, “tranquilo”, le dijo Galindo, y el orquestador le sonreía aprobando cada tonalidad de su voz. “Y ahora”, dijo Billo, “canta Vereda tropical,” y a partir de esa noche ese momento se repitió muchas veces en la tarima con Billo.

Un viernes, Curiel invitó a Mario a Villa de Cura. Allá, en el centro nocturno “El Sabery” le pidió a su amigo que le cantara a su novia, una bella muchacha, Servilia Manzo, acompañada de sus hermanas, también lindas, y de su madre, Vicenta Manzo. “Cántales, Granada”, le pidió Curiel. Pero Curiel le tenía a su amigo la gran sorpresa de su vida, por lo que debían regresar muy temprano a Caracas.

Ya en la capital, Curiel le dijo a Mario que su chofer pasaría a recogerlo a las 10 de la noche para llevarlo a su casa. Por si acaso, Mario se vistió con uno de sus mejores trajes, que él, como sastre, se los hacía a su gusto y talla. Tremenda fiesta con Billo encontró en casa de Curiel. “Calienta la voz y no hables con nadie”, le pidió su amigo y lo encerró solo en un salón.

En la medianoche escuchó una algarabía afuera. Curiel entró al cuarto y le gritó a Mario “¡Vino, me cumplió! Te llegó el momento, vas a cantar para que te oiga”. ¿Pero quién?, preguntó Mario todo nervioso, casi temblando. “Tu ídolo, don Pedro Vargas”. Mario, asustado respondió: “Luis, estás loco. ¿Cómo me haces esto?

En ese momento entraron Billo y Galindo. “Vas por el campeonato mundial. Tráele un brandy doble, Rafa”. “Yo no tomo”. “Te lo tomas todo y si no cantas bien, jamás volverás a cantar conmigo”.

Fue la noche de las noches para el novel cantante. Pedro Vargas estaba sentado cerca de la tarima. Mario subió y la orquesta arrancó con los acordes de Nocturnal. “Para usted, don Pedro, que es el mejor cantante de América”, logró decir el muchacho antes de arrancar con el primer verso.

En silenció todos escucharon el bolero, nadie bailó. Al terminar se descargó una lluvia de aplausos. Don Pedro invitó a Mario a su mesa, Curiel, casi lloraba. “¿Eres profesional?, preguntó el mexicano. “No don Pedro, soy aficionado”. “Tu voz no tiene nada que envidiarle a la mía. El lunes me esperas en Radio Caracas, te recomendaré con Ricardo Espina, si apruebas, cantarás conmigo”. Mario estaba emocionado, no podía hablar, su ídolo lo invitaba a cantar con él, todos lo felicitaban. Estaba en el umbral de la gloria, solo a un paso del éxito.

En Radio Caracas, Espina, junto con Pedro Vargas lo probaron. Cantó Nocturnal y Granada. “¿De dónde eres muchacho?, preguntó Ricardo.” “De Maracaibo”, respondió Mario. “Ah, paisano, yo soy hijo de Amable Espina, compositor de Brisas del Zulia”, exclamó sonriente el director de Radio Caracas. “Esta noche debutas en grande con Pedro Vargas. Vete a la academia de la música y dile al profesor Alfredo Hollander que te dé clases un año por cuenta de la emisora.” Fue el gran salto del joven marabino en su vida artística y cristalizó una gran amistad con Pedro Vargas.

En su habitación de la Villa Deportiva, Mario disfruta de sus recuerdos, a ratos ruedan las lágrimas, Elizabeth las seca con un pañuelo. No hay muecas de tristeza, más bien mucha alegría en su rostro. Dirigió a su esposa una mirada expresiva del más sublime amor.

— Ella me salvó la vida. Cuando enfermé, en Caracas me estaban haciendo un tratamiento errado. Ella, me agarró, me sacó y me trajo a Maracaibo, aquí los especialistas me están tratando lo que corresponde. Estoy vivo por ella. Es mi esposa, mi enfermera, mi secretaria, mi todo. Así que vivo por ella. Elizabeth, sonriente, devolvió a su esposo, la mirada amorosa y cálida.


— Chico, cuando Juan Vicente me fue a buscar a mi casa para cantar con él, yo me le escondí —cuenta Mario—. Caramba, triunfaba con mis boleros. A nadie le interesaba la música venezolana, a los que la cantaban le decían “cañoneros”. Un día se apareció todo el conjunto, Juan Vicente al arpa, arrancó y sentí buen acompañamiento. Comencé a cantar y cuando canto “Aquella noche”, se abrió la puerta de la casa y entraron mis padres, mi esposa, Avilia, un hermano de ella, Pepé y Nora mi hija que estaba chiquita. Todos aplaudieron, me animé y decidí apoyar al maestro Juan Vicente.

Bueno, lo hice, comencé a cantar con su conjunto Los Torrealberos. Las emisoras nos cerraban las puertas, en la Plaza Bolívar, cuando pasábamos de liquiliqui nos burlaban: “Epa, esos llaneros dónde dejaron los caballos”. Comenzamos un nuevo estilo, para mí fue un calvario, Radio Caracas me despidió, me quería a mi sólo, sin los llaneros. Un día le dije a Juan Vicente que lo dejaba, que me estaba arruinando, que ya no tenía ni carro, que andaba en bus, pero no dejó irme, me agarró del brazo y me dijo: “Faltan tres meses para que termine el año (1954), te ruego que me los des, ni uno más”. Acepté, también aconsejado por Lorenzo Herera, quien me pidió un mes más.

Lila Morillo y Mario Suárez.


Comenzamos a ofrecer nuestros discos, nos fuimos a radio Continente y les ofrecimos el proyecto. Nos dieron veinte minutos a las 5:00 de la tarde, con un pago simbólico de 500 bolívares, le pedimos 20 cuñas. Sentimos que nuestra música comenzó a gustar, se vendían algunos discos y otras emisoras las radiaban.

Una noche el estudio grande de Radio Continente estaba lleno de público. Le dije a Juan Vicente: “Claro, más luego canta Bobby Capó”, pero al otro día también vino público. Le pedimos a esa gente que si le gustaba nuestra música que aplaudiera. Aquella sala se vino abajo, tuvieron que poner policías para poder salir nosotros de la emisora. Entonces Radio Caracas tuvo que pagarnos un buen contrato y el pedido de los discos aumentó. Mira, hermano mío, cómo sufrí para imponer esta música, valió la pena luchar mijo, afirmó Mario, muy expresivo y como todo personaje realizado, dejó escapar un largo y profundo suspiro de satisfacción.

— Estoy escribiendo un libro—, expresó saliéndose de los cuentos del pasado y mostrando con mucho celo un álbum en el que guarda sus escritos, frases y fotos de amigos, y anécdotas. Aparece con Pedro Vargas, José Mojica, Libertad Lamarque, Lucho Gatica, los presidentes Leoni, Caldera, Luis Herrera, Lila Morillo, Néstor Zavarce y otras tantas destacadas figuras.

Mario Suárez y Lila Morillo compartieron momentos especiales durante el concierto centenario de PANORAMA (2014).

—Tres errores he cometido en mi carrera artística que hoy me hacen feliz, porque también hicieron felices a otros. Un día de esos en los que yo era la primera figura artística del país, me tocó cantar con el doctor Alfonso Ortiz Tirado, buen cantante mexicano, vi cómo el maestro Ángel Sauce sacaba a un joven de los estudios de Radio Caracas y le decía: “No molestes a los artistas cuando ensayan”.

Dos horas después salimos y el joven permanecía en la puerta de la emisora. Le pregunté por qué lo sacaron y me respondió: “Quiero oírlos cantar y aprender. Yo lo que quiero es cantar”. “Óyelo, Mario, oye al mocito”, me dijo el doctor Ortiz Tirado. “Bueno, mañana nos vemos aquí”, le dije al joven que se veía emocionado. Le di apoyo y más tarde se convirtió en el gran Alfredo Sadel, entonces las muchachas lo buscaban era a él. Ja, Ja, Ja —soltó Marió una carcajada, mostrando un fotografía de Sadel—, mira, este galán, no me dejó una muchacha, me las quitó todas.

— Chelique Sarabia me dijo un día: Mario, te tengo un tema, Ansiedad. Le dije. Dáselo a Rafael Montaño, hay que ayudarlo, y Rafael se consagró con ese temazo. También me pasó con Simón y Caballo Viejo, no le hice caso a Simón y allí está el caballito, dándole la vuelta al mundo. Bueno para Mirtha Pérez, la primera que lo grabó. Estos recuerdos me contentan.

— Por allí anuncian que van a llevar a Felipe Pirela al Panteón Regional. Yo, con 70 años en la vida artística, respondo por esa iniciativa. Ese es un cantante. Si vamos a nombrar a los 10 mejores de Venezuela, entre ellos está Felipe.

—Hoy puedo decirle a los muchachos con alguna facultad para realizar una actividad, que partiendo de cero, con solo mi madre que fue mi primera maestra y mi padre que realizó los más humildes trabajos, pero con buenas intenciones, la honradez como meta y una lucha constante, se logra el éxito.

Don Mario está feliz, guarda un gran tesoro: la honradez. Sigue soñando como en aquellos años 30.

Publicada en PANORAMA el 20 de julio de 2012

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2Comentarios

1

Alberto Chacin 15/11/2018 01:11 PM

Como diría el también fallecido Luis Escaray: "Don Mario Suárez". QEPD


2

enry paredes 15/11/2018 10:08 AM

Conservo 4 discos LP de su musica ......buen viaje.


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