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Actualizado hace 10 minutos

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Experiencia Panorama
04:15 PM / 21/06/2019
La migración a los ojos de un niño de once años
Heilet Morales

La historia de Cristopher, a sus once años, se parece mucho a la de miles de niños venezolanos de todas las edades que “huyen” de la Venezuela que arde por los cuatro costados en medio de una voraz crisis que parece no tocar fondo. Él y su abuela Nereida se enfrentaron a una travesía de 4.168 kilómetros  de Maracaibo a Lima a lo largo de nueve días interminables, no solo para ellos, también para Jéssica Pedráñez, la madre de Cris; todavía en la capital zuliana; y su padre Willy López, desde hace año y medio en la fría metrópolis peruana.

“Todo se precipitó”, interviene Willy. La decisión del Gobierno peruano de pedir visa a los venezolanos que buscan un “aliviadero” en Perú “hizo que tomáramos la decisión. Hablé con mi esposa (Jéssica), Cristopher debía salir el domingo 9 de junio para estar acá antes de las 00:00 horas del sábado 15 de junio, cuando empezaba la medida”.

Ante la incertidumbre de cuánto tiempo necesitarían para tramitar el documento, si otros gobiernos aplicarían la misma receta y quién sabe cuántas trabas más se pueden poner a los venezolanos, Willy y Jessica precipitaron todo.

La travesía de Cristopher y Nereida se inició el domingo
9 de junioy terminó el martes 18 de junio.

La decisión del presidente peruano, Martín Vizcarra, hace valer el viejo axioma de que pagan justos por pecadores. Múltiples casos de homicidios perpetrados por migrantes venezolanos ya empezaba a generar una corrida xenofóbica en el país del altiplano y como nunca falta el cálculo político, la medida disparó la popularidad de Vizcarra entre los peruanos.

Lo que estaba previsto para julio, cuando Cristopher terminaría la primaria en el colegio Santa Ángela, terminó decidiéndose 48 horas antes de partir. “Cris, te vas el domingo con tu abuela  para Perú, ya lo decidí con tu papá, el Gobierno cambió las leyes y deben salir rápido”. Con estas palabras Jéssica le comunicaba a su hijo la decisión que le dejaba un nudo en la garganta y que aunque en principio alegró al pequeño, rápidamente lo sumió entre lágrimas.

Miles de venezolanos hicieron lo mismo, las agencias internacionales daban cuenta de cómo se aceleraba una diáspora que, aunque todavía no llega a las cifras de los “mojados” mexicanos hacia Estados Unidos o los colombianos que huyeron del horror de años de una cruenta guerra hacia el vecino país; la migración venezolana es la más virulenta que se haya producido en nuestro continente. Según la ONU, cuatro millones de connacionales se han ido, por ahora; y se proyecta que en seis meses el número se elevará a cinco millones.

La diferencia entre mojados o inmigrantes colombianos, con la inmigración venezolana de hoy, es que la de los mojados ha sido a través de los años y a un país que necesita o necesitó mucho esos inmigrantes, la colombiana a Venezuela fue más lenta, a través de los años y también a un país entonces rico. La venezolana se ha dado en  prácticamente dos años.

Entonces comenzó la travesía de atravesar casi tres países para el niño de once años y su abuela Nereida, el pequeño con un bolso lleno de ropa, “mi Play Station y un juguete de Max Steel” para el largo viaje. La sexagenaria abuela llevaba una maleta con la ropa necesaria, latas de diablito, pan, galletas para “cuando pegara el hambre en los buses”, 140 dólares, un montón de nervios y la pregunta pasándole por la cabeza una y otra vez: “¿Lograremos llegar a Perú?”.

Allá los esperaban no solo Willy, también su esposo Ricardo y su otro hijo varón, Ricardo Andrés.

Del terminal de Maracaibo, Jéssica despedía a su hijo con la misma fe que ha encomendado a la salud de su madre, una paciente oncológica a la que atiende como única hija hembra, mientras su otro hermano en Panamá produce lo suficiente para costear el tratamiento. En Lima, Willy también se entregaba en una oración porque su madre y su hijo llegaran bien. “Mami, que se te pierde todo, pero que no se te pierda Cris”, le dijo no pocas veces a su madre antes de partir.

Habiendo partido el 17 de enero de 2018, Willy conoce muy bien las vicisitudes del viaje, además, su madre y su hijo no tenían teléfono para comunicarse. La travesía debía iniciar.

De ojos expresivos y todo un “parlanchín” Cristopher debía ubicar rápidamente un “sustituto” de Juan Pablo, su mejor amigo en Maracaibo, con quien compartir las aventuras de Dragon Ball Z, que se conoce perfectamente; de Gokú, de Jiren o de sus jugadas en Fifa 17 de su “play” para no aburrirse.

La angustia de Cúcuta

Al llegar a Cúcuta comenzó una cuenta regresiva interminable para Cristopher y su abuela. Atrás quedaban noches enteras de apagones, tardes aburridas extrañando una partida  de Play con los amigos,  el dolor de separarse de su madre. Ahora todo se resumía en pocas palabras: conseguir la Carta Andina para seguir “como Dios manda”, interviene Nereida. “Me aterraba la idea de las trochas”.

El refugio de los venezolanos en Cúcuta parece un "gueto" improvisado para miles de venezolanos.

Entonces todo comenzó a complicarse para miles de venezolanos que intentaban cruzar. El Gobierno colombiano había tomado el “control” de las trochas y como de una jugada de efecto dominó restringió la entrega de la Carta Andina, esa suerte de documento utilizado como control migratorio y estadístico, obligatorio para poder entrar y salir del territorio de los países que conforman la extinta Comunidad Andina de Naciones (CAN) y el Mercado Común del sur (Mercosur).  

Con el pasaporte vencido, Cris necesitaba del documento. Nereida entregó todos los documentos a la empresa que, desde Perú se encargaría de todo, pero algo andaba mal. Miles de venezolanos aguardaban, la corrida de connacionales por esos días era total. El objetivo Perú se dibujaba en sus rostros. El factor tiempo pesaba.

“Me divertía como podía, había más niños, pero era mucha gente, era fácil perderse en el refugio”, cuenta el menor de once años,  quien además debía hacer frente a otro problema para él: la comida.

Las sopas con verduras no están entre sus favoritas, “trataba de aliviar con chucherías, un dulcito de leche o jugos, pero nada que ver con las pizzas o el arroz chino que son mis favoritos”.

Los días en que a los venezolanos casi se les tendía la alfombra roja en Cúcuta para comprar textiles, prendas, carteras, correas, pantalones Minelli, Mon Ami, quedaron en el pasado. La oleada de venezolanos de ahora es distinta a la de mediados de los ochenta. Un improvisado refugio les espera, allí miles pasan las horas como pueden. Durmiendo sobre colchas, con chaquetas como almohadas, o simplemente sobre el piso, como le tocó a Cris.

Más allá del refugio, a Colombia comienza a pasarle factura la ola migratoria venezolana, su modesta infraestructura en salud, en educación, sus posibilidades de empleo, impiden un manejo adecuado de la crisis. En las esquinas de Bogotá, Cali, Medellín hay decenas de venezolanos pidiendo dinero y muchos de ellos duermen en las calles porque no encuentran otra posibilidad mejor.

“Quería jugar todo el día con los otros niños, pero había demasiada gente y me daba miedo que se me perdiera”, interviene Nereida, a quien le pasaba por la mente una y otra vez las palabras de Willy: “Mami, que se te pierda todo, pero que no se te pierda Cris”. 

Como pudo, la preocupada abuela se comunicó con Perú, 24 horas después de haber llegado a Cúcuta: “Willy, estamos varados; no nos dan la Carta Andina, ¡Qué hacemos?”.

Cristopher empezaba a sentirse inseguro. Volver no era la opción. “Me puse a llorar, pero él me dio ánimo, me dijo: ‘Abuela, yo quiero seguir, quiero ver de nuevo a mi papá”, cuenta Nereida.

Pero no solo ellos aguardaban, niños, mujeres, adultos mayores no hay distingos en el “gueto” cucuteño. Cuando las esperanzas se disipaban, a la medianoche del miércoles, finalmente llegó la ansiada Carta Andina y el viaje continuó.  En el refugio quedaron miles empeñados en continuar su travesía.

Ahora el tiempo en contra

A esa altura del viaje las cuentas no daban. No había forma de llegar a tiempo a Tumbes, puerta de entrada de Perú, en su frontera con Ecuador. Entonces la angustia reaparecía: “¿Entraremos o no?”, sin la fulana visa.

La próxima parada era Rumichaca, frontera entre Colombia y Ecuador. Tocaba adentrarse a temperaturas menos caribeñas. En el bus en el que viajaban iban caraqueños, valencianos, orientales, falconianos y, por su puesto, zulianos, los menos acostumbrados a aquellas temperaturas.

Cris y Nereida iban acompañados por venezolanos de todas las edades que se desplazan por kilómetros y kilómetros 
con un clima variante, como el frío que hacía en tierras ecuatorianas.

Conforme atravesaban el largo territorio colombiano, viaje en el que cruzan las tres cordilleras de los Andes que atraviesan al vecino país, con cambios de temperaturas, de los 5 grados a los 40 grados...pasando del nivel del mar, a altitudes hasta de 3.500 metros,  las noticias de Tumbes comenzaban a llegar a los celulares inteligentes de los viajeros: “Según datos del Gobierno ecuatoriano, el ingreso de venezolano aumentó a unas 4.000 personas al día desde 1.600, y sigue creciendo según pasan las horas. Los emigrantes, entre ellos niños y mujeres embarazadas, soportan aglomeraciones, lluvias y largas esperas a la intemperie”.

Nereida resume los ríos de gente así: “Venezuela se quedó sola”. La alimentación de Cristopher comenzaba a ser otro problema, pese a que 140 dólares podían ser suficiente para los dos, solo pudieron gastar 40. En medio de un viaje que no pocas veces fue inhóspito, cambiar dólares en casas de cambio improvisadas no era una buena opción. Solo ofrecían divisas rotas que nadie aceptaba.

Al llegar a Rumichacha, “Cris me prometió que no estaría más delicado con la comida, el diablito se acabó, el pan se acabó y las chucherías también. Ya no nos quedaba nada”.

Entonces la abuela cruzó el umbral que cualquiera en su condición atravesaría. “Tuve que pedirle comida a los organismos de ayuda humanitaria para mi nieto. En Rumichaca nos dieron sándwich, manzana, galletas, siempre nos atendieron bien”, confiesa la sexagenaria abuela.   

La madrugada del jueves unos seis autobuses con unas 250 personas recorrían Ecuador para llegar a Huaquillas, en la frontera con Perú.

Hasta ahí, no más de cinco veces los viajeros se comunicaron con Willy y Jessica, la mayoría de las veces por mensajes de voz de teléfonos prestados. En Lima Willy debía alternar sus pensamientos entre el trayecto de su madre y su hijo y su trabajo en Movistar, desde el que con frecuencia envía “remesas” hacia Venezuela, un país donde millones  de personas ya no viven de bonos o de sus salarios, sino del apoyo que sus familiares les envían del exterior.

Ya el viernes 14 era a todo o nada, la decisión de Cúcuta se mantenía, seguir adelante. Pero una noticia devolvió la alegría en Maracaibo, en Lima y a los viajeros. La oficina de migraciones peruana, en medio de la presión en la frontera, relajó la exigencia de visa en favor de niños, mujeres embarazadas y para los mayores de 60 años que tengan a familiares viviendo en Perú.

El anuncio corrió como pólvora entre los más de 600 mil venezolanos que ahora viven en tierras peruanas. Entonces desapareció la angustia de Willy y Jéssica, pero los viajeros seguían en carretera.

En una de las notas de voz que trasmitían a los viajeros, Jessica le dio la buena nueva que en el autobús manejaban como un rumor. Pasando por la industrial Guayaquil, donde hubo una parada para asearse, Cristopher solo pensaba en el Terminal Plaza Norte, donde debía reencontrarse con papá.

La modernidad de Guayaquil dista mucho  del paso fronterizo  Huaquillas, entre Ecuador y Perú, una suerte de “lejano oeste”, como lo describe Nereida, donde pareciera que el tiempo dejó de correr.

Es una zona desolada, aislada de todo para seguir hasta Tumbe, un camino desprovisto de terminales formales, son kilómetros y kilómetros de una zona desértica con suelo árido.

La meta ya estaba a la vista, pero ahora el cansancio físico y mental pegaba. Habían pasado ocho días desde que salieron de Maracaibo y de nuevo la Cruz Roja debía intervenir. Manzanas, galletas y un bidón de agua les dieron a Cristopher y Nereida, a quienes vacunaron porque, a diferencia de Caracas, los organismos de ayuda humanitaria están más abocados a prestar ayuda que a definir si son tres, cuatro o cinco millones de venezolanos los que han “huido” de una crisis sin precedentes en nuestra historia.

La escalada final era de Tumbes, ciudad fronteriza de Perú con Ecuador; hacia Lima. Veinte horas más de viaje por carretera eran necesarios.

La noche del martes 18, con los corazones a millón y entre lágrimas, incluso antes de bajarse del bus, se acabó la espera. El autobús entró por la puerta del Terminal Plaza Norte número 32 y al bajarse , a las 8:49 pm, Cristopher salió  corriendo, “salté y me fui a abrazar con mi papá y se acabó el miedo”. Atrás quedaron 516 días sin verse, ahora solo faltan Jessica e Isabella, la pequeña hermana de Cristopher, próxima a cumplir dos años.   

El esperado encuentro entre Willy y su hijo Cristopher se produjo  en Lima dejando atrás 516 días de distanciamiento
por una crisis que hace sus deberes cuando se trata de separar a familias enteras..

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