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Actualizado hace 63 minutos

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Experiencia Panorama
12:08 PM / 28/03/2019
Falleció la epidemióloga María de Monzón. Lea la última entrevista que le realizó PANORAMA
Julio Gutiérrez

La tarde de este miércoles 27 de marzo falleció, como consecuencia de un edema pulmonar, en una clínica de Maracaibo, a los 79 años, la epidemióloga María Alcalá de Monzón, arriesgada y entregada especialista a quienes los yucpa, barí y japreria de la Sierra de Perijá le deben su supervivencia a la mortal hepatitis B con  virus  Delta, que acabó con muchas de sus vidas entre los años 70 y 80.

Fue de las primeras médicas zulianas en realizar pasantías en las zonas rurales, a finales de los años 60. Y, tras egresar de la Universidad de los Andes, comenzó a laborar en territorio rural zuliano, mientras laboraba “ad honorem” en el Hospital de Niños, en Maracaibo.

En Sao Paulo, Brasil, se formó en enfermedades infectocontagiosas y medicina tropical, y regresó para seguir en la Unidad Sanitaria de Maracaibo hasta 1978, cuando se convirtió en la epidemióloga del Hospital General del Sur.  Ese año estableció el programa de control de hepatitis y salud indígena que dirigió por muchos años y que en 1983 colocó la primera vacuna con la enfermedad tipo B.

Con las muestras de sangre que ella tomó en los años 70 entre los indígenas de la Sierra de Perijá, científicos en Arizona, Estados Unidos, realizaron investigaciones que dieron como resultado la aplicación en los años 80 del  plan permanente de vacunación contra la hepatitis tipo B que ha permitido su control y la sobrevivencia de yucpas, motilones y japrerias.

“Con el uso de esta vacuna antihepatitis B se logró controlar la extensión de la epidemia de hepatitis B y así la infección con el virus Delta. Además, al lograr el tratamiento para los pacientes crónicos con hepatitis B o con hepatitis B con Delta se logró mayor disminución de los virus”, recuerda su colega Dalia Rivero, quien trabajó con ella durante todos esos años.

Su último cargo fue el de directora de programas de la Secretaría de Salud del estado Zulia.

Los restos de la doctora María de Monzón están siendo velados este jueves 28 de marzo en la funeraria Mansión Apostólica, en Maracaibo.

Les presentamos la última entrevista que le realizó PANORAMA en marzo de 2016, a propósito del Día del Médico.

A pie, en mula, y otras veces en un jeep atravesaba la Sierra de Perijá durante un día entero. Recorría por más de seis horas, sentada en una canoa, el río Catatumbo para poder llegar a las comunidades más inhóspitas.
En la semana podía viajar hasta tres veces y en ocasiones pernoctaba en un chinchorro con los yucpas durante varios días. La doctora María Alcalá de Monzón, una zuliana nacida un 24 de diciembre en una casita de Santa Lucía, ha dedicado cuarenta años de su vida a la salud indígena.

No es un ángel, algunos la consideran como una samaritana y entre los indígenas la llaman “la madre”, lo cierto es que gracias a su vocación y al espíritu de servicio que emprendió se pudo frenar un brote epidémico de una “extraña enfermedad” que estaba matando a los indígenas en la Sierra de Perijá hace treinta años.

En 1976 comenzó la epidemia de la hepatitis B. El 60% de la población yucpa murió. De 2.600 personas que integraban las comunidades, sobrevivieron solo 1.200. Fallecieron niños, jóvenes, adultos y hasta recién nacidos por la enfermedad que se asemejaba a una fiebre amarilla, pero que a través de los estudios se diagnosticó un resultado de hepatitis B con el virus de la hepatitis Delta.

“Es lamentable que mucha gente se te muera en los brazos y tú no puedas hacer nada. Por eso, me interesé muchísimo en la mortandad que estaba ocurriendo”, dice en nuestra entrevista la doctora egresada de la promoción Tulio Febres Cordero de la Universidad de Los Andes, además especialista en medicina tropical y enfermedades infectocontagiosas; estudio que realizó en Sao Paulo, Brasil.

“Estando trabajando como médico epidemiólogo en el Hospital General del Sur, comienza a llegar cierta cantidad de pacientes indígenas con un síndrome que la gente decía que era fiebre amarilla y los de la facultad de medicina afirmaban que era fiebre amarilla, pero a mí no me parecía porque había estado en Brasil, y todos los casos que había visto allá había muertos en menos de una semana. En cambio en éstos enfermos morían lentamente”.

“A raíz de esto fui a la zona indígena de donde venían los casos. La mayoría proveniente del Tokuko y otros de la población de los motilones-barí. Al llegar comencé a tomar muestras de sangre y empezamos a buscar las direcciones de los casos para visitar casa por casa. Solo me acompañaban dos médicos y el conductor del jeep que también trabajaba con nosotros, pasando lista o colocándole etiquetas a los tubos de ensayo”, cuenta la doctora, a sus 76 años.

“Ha dedicado su vida a la salud de los indígenas, su entrega y vocación de servicio permitió el control de una epidemia, es toda una samaritana”, dice Dalia Rivero Lugo, coordinadora del programa regional de salud indígena y hepatitis, creado por iniciativa de María de Monzón.

Con una de las muestras de sangre, María Monzón tocó la puerta a través de la representación indígena en la Organización de la Naciones Unidas, mediante la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud.

“Nos enviaron un epidemiólogo que nos asesoró para ver el estudio en la Sierra de Perijá. En 1980 viajamos a Estados Unidos a llevar otra vez las muestras, esta vez a un hospital en Arizona, donde está el centro mundial de referencia de enfermedades infectuosas”.

“Pudimos obtener el diagnóstico de algo que no se había visto a nivel mundial. Los especialistas observaron una partícula viral que no se conocía que resultó ser el virus Delta que solo se presenta en personas portadoras del hepatitis B... ésta era la enfermedad que estaba matando a nuestros indígenas”.

La doctora solo recibía honorarios por su servicio como epidemióloga. Los viáticos para viajar a Estados Unidos y a la Sierra de Perijá corrieron por su cuenta.

“Conté con mucha gente que trabajó por su buena voluntad. El principio de la epidemia fue muy fuerte por lo que tuve que involucrar a mi familia o me divorciaba. Mi esposo, que también fue médico, me acompaña en los viajes más largos, se convirtió en mi sostén y mi apoyo. Lo hacía por amor a los indígenas, no recibía un solo bolívar por cada día que se desveló en la enfermedad”, cuenta.

Mientras los científicos seguían avanzando en las investigaciones del virus, las muertes continuaban en la década de los 70 y principios de 1980.

“Fue tanta la gente que murió que hubo comunidades que de 160 personas quedaron 30. La mayoría de ellos evolucionaron a la muerte por las hemorragias. Podían ser hemorragias digestivas altas o bajas, presentaban color amarillo en la piel y se les inflamaba el abdomen”.

“Trabajé mucho para conseguir dinero para una vacuna. Busqué en todas las instancias sanitarias del país que importaran vacunas para inmunizar a todos los recién nacidos o iban a seguir muriendo”.

El 1 de marzo de 1983, siete años después del comienzo del brote, comenzó la vacunación. “Cada vacuna costaba 25 dolares”, recuerda con claridad.

“La medicina no tiene fecha de jubilación”, afirma la doctora quien se desempeña en la actualidad como directora de programas de la Secretaría de Salud del estado Zulia. “La tarea del médico no es fácil, pero yo quiero seguir trabajando por los indígenas hasta que tenga vida, ojalá que no se me atrofie antes la cabeza porque ya estoy vieja (risas)”.

“Dios me ha dado misiones que he cumplido. Me ha sacado ‘tarjetas amarillas’ y he estado grave por enfermedades que he contraído a causa del trabajo, pero he salido adelante. Yendo para la Sierra de Perijá sufrí tres vuelcos en la camioneta en la que viajábamos, en uno de ellos hasta me tuvieron que operar porque se me enterró un dispositivo intrauterino que tenía (T de cobre)”.

“Tengo la satisfacción de haber aportado a la sociedad y de ser un ejemplo para los nuevos médicos...”.

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