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Experiencia Panorama
05:51 PM / 28/06/2019
CRÓNICA: "El venezolano larga el forro en Perú"
Heilet Morales

“Reinaldo Villalobos” (nombre ficticio) partió a Perú este mismo año. En Venezuela dejó a su esposa, sus padres, tres libros publicados, un premio de literatura, kilómetros de lectura con los que ejerció el periodismo,  la penumbra de los apagones, jornadas enteras “camellando” agua, la batalla entre la hiperinflación y su sueldo de editor de periódico en busca de calidad de vida.

Él es uno más de los más de 600 mil venezolanos que están en el país inca. Partió de Maracaibo con 100 dólares en el bolsillo para una semana de travesía y encontrarse con su hermano y buscar trabajo de periodista o de lo que fuera, total, está consciente de que el trabajo dignifica al hombre.

“Una cifra: la mía. 276 empresas y locales visitados buscando empleo en Lima. En poco menos de tres meses. Eso no incluye los currículum enviados por correo electrónico, ni los cuestionarios de Facebook, ni los mensajes por DM en Instagram o Twitter”, revela Reinaldo, quien resume de esta forma su búsqueda de trabajo.

“La población económicamente activa (PEA) está conformada por un poco más de 17 millones de personas, con edades entre 14 y 65 años. De ellos, 16 millones y medio se encuentran ocupados y 741.000 desocupados. Esto significa que la tasa desempleo asciende a 4,3% a nivel nacional. Son personas, que siendo parte de la PEA, quieren trabajar pero no encuentran empleo. Es claro que si comparamos esa tasa con la de la mayoría de países cualquiera se llevaría la impresión que en el Perú no existe un problema de empleo. Sin embargo, la realidad no es así”, escribe el profesor Carlos Parodi, economista, profesor principal y Jefe del Departamento de Economía de la Universidad del Pacífico, en su ensayo sobre la Radiografía del empleo en Perú.

El estudio Parodi agrega que “el 70% de quienes tienen un empleo (sea adecuado o no) trabaja en empresas con menos de diez trabajadores, muchas de ellas informales. Esto significa que la mayoría del empleo está en empresas pequeñas. A  mayor nivel de educación alcanzado, mayor probabilidad de encontrar un empleo, una conclusión que no sorprende a nadie. Entre aquellos que tienen educación superior, el 60% cuenta con un empleo formal, mientras que en el caso de aquellos con educación primaria como máximo, el porcentaje sólo asciende a 10%”.

Para un inmigrante venezolano, como Reinaldo, la ecuación es más sencilla: “La primera recomendación recibida de quién conoce mi modesto resumen curricular fue: ‘Llévalo a la mínima expresión’. Algo lógico, porque si lo entregas respondiendo a la solicitud de un mesero en un restaurante chino, y tienes 14 años de experiencia, además fuiste supervisor en una gran empresa en tu país, pensarán que estás mintiendo”.

Ese parece el destino de la mayoría de los profesionales venezolanos que buscan empleo en Lima. Muchos están en el sector terciario: comercio y servicios. Muchos, informales. “El empleo en el Perú es extremadamente informal. La tercerización es una suerte de norma. Empresas pequeñitas sobre otras más pequeñitas y empleados fuera de nómina, que generan recibos por honorarios, una modalidad regulada por la Superintendencia Nacional de Tributos (Sunat)”, interviene el escritor y periodista zuliano.

Reinaldo vive, con su hermano Manuel, en Santiago de Surco, un céntrico municipio en el Cono Sur de Lima, donde, como en casi toda la ciudad, hay muchos venezolanos. Él aguarda por la respuesta de un pedido de refugio que hace unas semanas pidió ante la cancillería peruana, consciente de que aspira a ocupar un selecto beneficio que solo ha sido otorgado al 0,44% de los solicitantes.

“Pueden haber 700 mil solicitudes —cuenta Reinaldo— las citas se hacen por internet, antes eran los viernes y te atendían para la semana siguiente, ahora son tantas que habilitaron el trámite todos los días, eso sí, la espera puede prologarse hasta agosto del año que viene, con suerte”.

El caso peruano es solo una fotografía de una amarga película que ya sacó del país a más de 4 millones de venezolanos en tres años, según cifras de la ONU, en la más virulenta migración que haya registrado país alguno en América Latina.

“Me inscribo en cuanto censo sale”, confiesa. “Que si el registro consular, que si el censo de los venezolanos en el Perú, que si Oscar Pérez (dirigente opositor venezolano en el exilio en Lima) hizo uno para constatar cuántos profesionales hay en el país, en fin, no paro”, cuenta Reinaldo mientras desayuna en un puesto de comida rápida, ya no al calor marabino de grasientos pastelitos o mandocas, sino un pan con aguacate, enchaquetado a 15 grados de temperatura en Lima.

“El venezolano aquí larga el forro. Son fuerza de ventas de cuánto producto se ofrece en calles y autobuses, otros cantan, otros son fiscales de las rutas de transporte. Otros lavan carros, cuidan niños o, como yo, arman mobiliario doméstico y de oficina”, cuenta Reinaldo.

Luego de exactamente tres meses de búsqueda, la llamada positiva llegó. “Cambié escritorio, computadora y reuniones en la mañana y en la tarde, por seguir las órdenes de un cajamarquino voluble como ayudante de carpintería. He aprendido, dice el jefe, y no me arrepiento. Cada lámina cargada, cada astilla que corta una mano, se convierte en ayuda para mi familia en Venezuela”.

El volumen de venezolanos buscando una condición especial migratoria en Perú crece exponencialmente todos los días.

Con matices Reinaldo transita el mismo camino que le tocó a su hermano Manuel, duro al comienzo, lleno de dudas, pero ahí va. Manuel es un médico surgido del concepto de la gratuidad de la educación venezolana que no le costó nada formar al Estado peruano, pero que hoy ejerce la medicina en el país inca. En realidad la Venezuela de hoy lo obligó a hacerlo.

Manuel también “huyó”, pero el año pasado, de una crisis que no conoce de estatus social, de preparación profesional, de raza, golpea a todos con la misma fuerza.

Son tantos los miles de venezolanos que desafían la suerte para salir del país, que no pocos son los casos de un “neoesclavismo” o “xenofóbicos” que viven día a día.

El periodista venezolano  cuenta el suyo: “Después de no pocas ‘le llamaremos’, ‘lo siento, pero no contratamos venezolanos’, me presenté en un hotel de la avenida Petit Thouars, en el distrito de Lince. Buscaban ‘cuarteleros’ (camareros). Después de una larga prueba de diez habitaciones limpias, contra reloj, el encargado me dijo: ‘Ah, perdón, pero no contratamos extranjeros”.

“El encargado del hotel sabía que era venezolano, se lo dije desde el principio”, cuenta Reinaldo. “Pero eso no es lo peor, me conseguí a un amigo en Perú que jamás imaginé ver allá y me contó: ‘Conseguí trabajo en un restaurante chino, me dijeron que empezaría un 1 de mes, el día 29 del mes me botaron, y como aquí la mayoría de los trabajos pagan al final del mes, nunca me pagaron”.

El modelo de empleo en Perú es muy distinto al venezolano. “Aquí no es que te vas a acostumbrar a trabajar cinco días y luego parar dos, no. El peruano puede trabajar más de 8 horas al día, los siete días a la semana, aquí hay negocios abiertos los domingos a las diez de la noche, todo es distinto”, cuenta Reinaldo.

“Esto es otro país, otra mentalidad, otra cultura, aquí la gente tiene otra idea de la vida, este es el más profundo de los ‘capitalismos salvajes’, muchas cosas funcionan a medias, pero funcionan”, agrega.

Un salario mínimo en Perú es de 930 soles, algo así como 300 dólares, lejos, lejísimo de los 8 dólares que pagan como salario mínimo en Venezuela, acaso uno de los más bajos del mundo.

 “En realidad nadie paga eso, incluso, casos como el mío, de no tener el carnet de extranjería, de estar a la espera de un refugio me pagan en efectivo, no salgo en ninguna nómina y cobro 1.500 soles al mes”, revela Reinaldo.

Con eso vive, todavía con su hermano, en estrechez, pero comienza a proyectarse: “Con 500 soles ($151) se puede alquilar un apartamento, con 300 soles ($100)  hago una compra, aquí la comida es barata, hasta Nutella compro, mi taza de café diaria está asegurada,  un kilo de café cuesta 14 soles (3 dólares y monedas) y cuando me quiera tomar una cerveza vale dos soles”.

Mientras Reinaldo sigue tocando puertas, trata de acercarse al periodismo camina con optimismo, aunque “hay días buenos y otros no tan buenos”, confiesa.  “Estoy esperando para hacer todo mi papeleo, la homologación de mi título, la inscripción ante el Colegio de Periodistas del Perú que es un trámite sencillo, pero costoso, en medio de eso hay que ahorrar un poquito, pero a la vez tienes que sostenerte aquí, mandar plata para Venezuela, a la familia, a mi esposa, ahorrar para que ella se venga, en fin, el día a día y la subsistencia te alejan un poquito. En Perú aspiran que migrante que respeta su marco protocolar, su marco legal, que cumple con los extremos sin buscar que lo consideren, que si pobrecito yo, que yo vengo de Venezuela y deben darme trabajo, a ellos no les gusta así”.

“Hay varias historias de éxito. Se de médicos que ejercen su profesión (su hermano por ejemplo), hay una periodista venezolana en la televisión peruana (Angélica Villegas) y muchos otros casos. Yo sigo buscando la oportunidad de crecer. Si tuvieses una vara (como aquí dicen una palanca) entrarías a cualquier empresa grande, weón, me dice mi jefe entre cepilladas de madera”.

Pero también hay millones de peruanos amables —confiesa Reinaldo— que “fácilmente te orientan con una dirección, que te ofrecen algo de tomar, que te brindan algún consejo o te hablan de sus sitios de origen. Mi jefe, por ejemplo, dice: “Esos peruanos que no quieren a los venezolanos que? No se acuerdan cuando nos tocó a nosotros?".  Él también sabe lo que es el destierro. Vivió cinco años en Aruba, ilegal, y hasta fue deportado.

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