"Al espectador hay que llenarle de calor el corazón"

En la sección "Generation Kplus", Samuel Kishi explora la dimensión más íntima de la migración a la fuerza, a través de las miradas inocentes de Max y Leo, dos niños confinados día tras día.

Por:  AFP

Cuando el mexicano Samuel Kishi llegó con cinco años a California con su hermano pequeño y su madre, solo pensaba en ir a Disneylandia. La realidad que le esperaba encerrado en un cuchitril era bien distinta, como evoca en "Los lobos", seleccionada en la Berlinale.

En esta película incluida en la sección "Generation Kplus", Kishi explora la dimensión más íntima de la migración a la fuerza, a través de las miradas inocentes de Max y Leo, dos niños confinados día tras día mientras su madre Lucía trabaja largas horas por un mísero salario.

"Ustedes son lobos fuertes. Los lobos no lloran, muerden", les insiste Lucía antes de salir del apartamento vacío, donde los pequeños se entretienen como solo ellos pueden hacerlo, aferrados a su único aliciente de visitar un día el célebre parque de atracciones.

"Los lobos" trata de "poner un rostro a las estadísticas" de la migración de mexicanos a Estados Unidos, según su director Samuel Kishi, quien en 2013 presentó en la Berlinale su primer filme "Somos Mari Pepa".

— Su historia personal es prácticamente un relato universal.

— Sí, es una historia que parte de lo particular para ir a lo general. Les pasa a millones de niños migrantes en el mundo: esta formación de un nuevo hogar, el trauma de mover toda tu vida a otro lugar y cómo generar el arraigo a partir del desarraigo.

— ¿Filmó en el mismo barrio donde usted creció?

—  No, yo viví en Santa Ana, en California, que en los años 1980 era muy pesado, había muchas pandillas. Ahora es un suburbio hasta bonito. Ya no podía filmar allí. Uno de los productores me habló de Albuquerque, en Nuevo México. Es como Santa Ana entonces. Llegamos a un barrio que llaman de "War zone" (zona de guerra) con problemas de drogas y violencia.

— Su película cuenta con lugares y personajes reales. ¿Cómo la preparó?

—  Hay un dicho que dice que por donde pasa el cine ya no vuelve a crecer el pasto. Las producciones son muy salvajes, pero yo no quería violentar el lugar, sino generar vínculos con la comunidad. Viví allí un tiempo. Hablábamos con los habitantes, tomábamos café juntos y empecé a encontrar personajes, quise hacer sus retratos.

—  ¿De qué manera buscó captar al espectador?

—  Retratar la migración y la pobreza es muy delicado, puede terminar siendo un melodrama y una cursilería. La idea era retratar la oscuridad de lo que pasa pero dándole esperanza.

Al espectador hay que llenarle de calor el corazón para que después vaya reflexionando sobre estos temas universales.

—  Contrariamente a otras cintas sobre esta temática, la suya no muestra el papel de las autoridades hacia los nuevos inmigrantes. ¿Quiso evitar tomar posiciones políticas?

—  Todo cine es político, pero me interesaba más mostrar lo que pasa una vez ya estás en el lugar. Cada vez que prendemos el televisor, estamos viendo el cruce de la frontera, los abusos de la policía. Quería hablar del desarraigo, de estos fantasmas del sistema.

—  ¿Por qué los llama fantasmas?

— Cuando les preguntábamos si eran gringos o mexicanos, muchos decían 'no sé', otros decían 'de la comunidad'. Es muy doloroso no tener raíces, estás a la deriva.

— ¿Cómo acabó para usted?

— ¡Fuimos a Disneylandia al cabo de un año! Más tarde mi papá nos vino a buscar, se reconciliaron con mi mamá, nació mi hermana y nos regresamos a México. Luego se separaron, pero mi madre estudió para ser periodista y consiguió trabajo como locutora.

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