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Cuando la naturaleza nos sacude

06:09 AM 01/12/2019

Nada impacta más que las catástrofes naturales. Ese halo trágico de la sorpresa que sacude la cotidianidad y nos recuerda que la Madre Tierra cobra sus deudas de manera inesperada y siempre violenta.

Para despedir el siglo XX, Venezuela, por ejemplo, tuvo una dosis inmensa de ese dolor. La persistente lluvia que acompañó a un domingo electoral (se votaba la aprobación de la actual Constitución) devino en un deslave que sepultó al final de la noche del 15 de diciembre de 1999 a, por lo menos –según las estimaciones oficiales- a 25 mil almas.

Agua y lodo rodaron montaña abajo, sepultando a su paso barrios, urbanizaciones y poblados enteros. El país despertó con la tragedia en la cara y en la Sala de Redacción de PANORAMA, en medio del estupor y el cansancio de una jornada electoral (la tercer de ese año, por cierto) había que activarse. Enviados especiales, corresponsales afectados y una incredulidad a flor del piel.

Las imágenes del cambio en la topografía del estado Vargas (hoy La Guaira) todavía sorprenden a quienes disfrutaron de sus costas y reflejan una cicatriz en la piel de nuestra Venezuela que será imposible de borrar.

Treinta y dos años antes, en la ciudad capital a pocos minutos pasadas las ocho de la noche del 29 de julio de 1967, un terremoto de 6,7 grados en la escala de Ritcher abrió una herida inmensa en el corazón del país. Fallecieron 263 personas, 2000 resultaron heridas y las pérdidas materiales se estimaron entonces por 10 millones de dólares. Por unos interminables 55 segundos Caracas onduló en el terror. Al cesar el temblor, comenzó una pertinaz lluvia y 30 réplicas que despertaban cada una el pánico inicial.

La tierra en Venezuela volvió a remecerse fuertemente en 1997. De nuevo, el país se sumió en el dolor. En Cariaco, estado Sucre, vivieron el horror. A las 3:23 de la tarde del 9 de julio, el sismo de 7 grados de magnitud con epicentro en Casanay, y con una duración de 51 segundos, dejó un saldo de 83 muertos, la mayoría niños, y más de 500 heridos. 
Autoridades señalaron que este trágico evento ha sido el más grave después del terremoto de Caracas, ocurrido el 29 de julio de 1967. 

¡Verdaderos cataclismos!

Hace menos de dos décadas, tocó a los medios de todo el orbe reseñar tragedias consecutivas. Quizás la que más se recuerde por el impacto que causó, por los muertos que dejó y por la fecha en la que ocurrió fue el tsunami en Indonesia.

Un fin de año marcado por la tristeza y por inmensas imágenes de dolor para la humanidad. Todos despertamos el 26 de diciembre de 2004 con escenas devastadoras: toda la costa asiática había sido arrasada por una ola gigante de más de 30 metros que se formó tras el segundo movimiento sísmico más importante de la historia de la humanidad: 9.2 en la escala de Ritcher, pero además uno de los mayor duración además.

La cifra oficial de muertes se calculó en 275.000, pero entre el reporte de desaparecidos podría llegar al millón. La ayuda humanitaria también fue noticiosa, no solo porque evoca lo mejor de los seres que habitamos sobre la Pachamama, sino porque la cifra fue la más importante hasta ahora alcanzada: 7 mil millones de dólares.

Siete años más tarde, el 11 de marzo de 2011, la escena se repetiría y la incrédula mirada de las Salas de Redacción de todos los continentes se aterraban de las escenas de un tsunami que golpeó a la cosmopolita Japón. Aunque la magnitud fue ligeramente menor que la de Indonesia, 9 puntos, las olas que llegaron a las costas niponas fueron de 40, 5 metros de alto. Fueron 6 minutos de horror que comenzaron a las 2 y 46 minutos de la tarde del fatídico viernes dejando el lamentable saldo de 15.812 muertos y 300 heridos.

La mayor angustia global se centró en la Central Nuclear Fukushima, donde se produjo una explosión que se convirtió en un accidente radiactivo tan importante como el ocurrido en Chernobil, 25 años antes.

Las heridas en América Latina

Al igual que el deslave de Vargas, los hermanos colombianos vivieron el 13 de noviembre de 1985 una tragedia similar provocada por la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Era una miércoles y sumada a la guerra contra el narcotráfico y sus carteles, o las batallas entre los frentes guerrilleros, los paramilitares y el ejército, el vecino país le tocaría llorar a las víctimas de Armero, una población ubicada a las faldas del volcán y que quedó literalmente sepultada bajo el lodo y las piedras que arrastraron los glaciares derretidos.

Omayra, el rostro del dolor en Armero. Murió a los 13 años. Esperaba ser rescatada

Murieron 20 mil de sus escasos 29 mil habitantes. Pero hubo una que se convirtió en el símbolo de la nobleza y la resistencia: la pequeña Omayra Sánchez Garzón, que -con sus 13 años- murió esperando ser rescatada, dando fortaleza a sus rescatistas y mirando con la dulzura de sus ojos de niña a una humanidad que rogaba por salvarla.

Esa misma devastación la volvió a ver la región en toda su dimensión en la empobrecida Haiti, cuando el martes 12 de enero de 2010, su suelo fue sacudido por un terremoto de 7° en la escala de Ritcher. Toda Puerto Príncipe, su capital, sufrió los embates de los daños. Pero además de los 316 mil muertos, hubo 350 mil heridos y un millón y medio de damnificados. Haiti, en cambio, no consiguió la solidaridad internacional que sí logró acumular Indonesia.

No hubo la danza de millardos y contradictoriamente, algunos recursos aportados regresaron a sus países de origen pues jamás fueron otorgados ni al gobierno ni al pueblo haitiano. Cosas que la historia, los hombres ni la misma naturaleza entienden o se explican, pero que muchas veces no ocupan tanto espacio en la prensa como el dolor y la tragedia.