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Actualizado hace 132 minutos

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Ciudad
01:48 PM / 22/05/2019
Reportaje // El ocaso del referente de traumatología del Zulia: el Hospital Central (FOTOS)
Andrea Salas
Alberto Briceño

Hace casi un mes, Carmen Bernal, de 56 años, sufrió una fractura de rótula que implicaba una operación inmediata, pero no tuvo otra opción más que soportar con “paciencia” la imposibilidad de entrar a cirugía por las carencias que desmoronan el servicio del Hospital Central de Maracaibo.

 

“Primero, quedé paralizada porque no había insumos. Recibí donaciones y pude completar 200 dólares para comprar lo necesario. Ahora me dicen que no hay aire en pabellón y, nuevamente, tengo que volver a mi casa, con el dolor pegado. Hay buena atención, nada más”, es su reclamo.

 

Desde hace más de 10 días, los cinco quirófanos del primer piso se encuentran inoperativos porque los aires dejaron de enfriar; se añadieron al 85 % de los pabellones inutilizados en la entidad, según cifras de la Asamblea Nacional. Aún el técnico no se reporta y, por esto, al equipo médico le toca “hacer cola” en las dos pequeñas salas quirúrgicas de ginecoobstetricia, situadas en la planta baja.

El hecho es que este recinto sanitario fue la cuna del primer posgrado de Ortopedia y Traumatología de todo el país. Este servicio, lucido durante décadas, hoy experimenta su ocaso en un cubículo de la emergencia.

 

“Están suspendidas las consultas de todas las subespecialidades (mano, patologías de miembro superior y hombro, miembro inferior, pie, rodilla y cadera) porque no tenemos espacio físico desde hace tres años; no hay aire. La unidad de columna se perdió en ese tiempo”, explica un médico del área.

 

 

 

La falta de acondicionador de aire afecta el edificio anexo de consultas. Por ejemplo, traumatología no funciona desde hace tres años.

 

 

 

Asegura que el desplome de la plantilla de doctores es abismal: “De los más de 15 especialistas formados en el hospital, quedan tres, más los siete adjuntos. De 23 residentes, se fueron 12, en menos de dos años”.

Lo más alarmante es que las 130 atenciones que notificaban diariamente –sin contar las emergencias– se redujeron a unas 20. “Operábamos entre tres y seis casos diarios (de lunes a viernes) en un quirófano asignado al servicio. En este momento, tratamos, cuando mucho, un caso los martes y uno los jueves”.

Las cirugías de mano ambulatorias que desarrollaban en el edificio de consultas se esfumaron desde ese momento.

El galeno que prefirió mantenerse en el anonimato puntualiza que ortopedia disponía de 52 camas propias, actualmente hay seis. “Ni siquiera podemos apoyarnos en rayos X porque no sirve desde hace dos años y medio”.

 

Por su parte, un cirujano señala más vacíos: “No contamos con subespecialidades muy necesarias, entre ellas neurocirugía y cirugía de tórax (…) Prácticamente, solo ingresamos las selectivas de muy bajo riesgo y las estrictas emergencias porque, encima, la Unidad de Cuidados Intensivos no funciona desde el 2012 por falta de máquinas de respiración artificial y el déficit de personal: solo había un intensivista”.

 

Tal como ocurre en el Hospital General del Sur, las catorce estaciones del vía crucis se asemejan a la travesía que debe emprender un paciente que acude a este centro, el más antiguo de la ciudad y el primero de Latinoamérica.

La dotación de material es paupérrima, pues, en su mayoría, desde lo mínimo, como las gasas o los guantes, hasta lo más complejo, como los anestésicos o grapas, deben conseguir por cuenta propia. “El frasco de Isoflurano (anestesia) cuesta $ 90  y las grapas, $ 5”, precisa.

Como tantos zulianos, Angelyz Vílchez sufre por las fallas. Desesperada por el dolor, se sostiene de una baranda en plena sala de espera. Tiene 41 semanas de gestación, cinco centímetros de dilatación y cuenta más de 17 horas sentada en una silla. La ilusión por su primer bebé se transformó en incertidumbre por los requerimientos que no logró completar.

 

“El presupuesto de lo que me pidieron salía en más de 600 mil bolívares y solo pude traer la mitad, no me alcanzó el dinero. Me faltan unos medicamentos que se usan después del parto y, sin eso, no me atenderán. Querían remitirme a la maternidad Castillo Plaza, pero no tengo ni para los pasajes. Aquí no hay ambulancia (desde hace más de una década)”, lamenta la adolescente de 17 años.

 

 

 

Los pacientes deben completar largas listas de material y medicinas. 

 

 

 

En otros casos, los especialistas actúan como ‘ángeles’ anónimos para lograr ciertos procedimientos. Por ejemplo, para una cirugía laparoscópica, algunos prestan su insuflador (el dispositivo que introduce los gases al cuerpo) y las pinzas que el ‘Urquinaona’ ya no dispone.   

En lo que respecta a la emergencia, faltan dispositivos fundamentales como los tensiómetros, termómetros, ecógrafos y aparatos de otoscopia. Tampoco hay oxígeno. Una fuente anónima refiere que “el gastroscopio se dañó hace unos años y el colonoscopio, a principios de 2019”, situación que empaña el servicio de gastroenterología, que era considerado otra referencia.

 

 

 

 

 

 

 

Aunado a esto, la posibilidad de alcanzar diagnósticos oportunos o de realizar transfusiones sanguíneas se vuelven una utopía ante la ausencia del laboratorio y del banco de sangre, que claman por reactivos. 

Al extenso listado de deficiencias se suma la precariedad de hospitalización: solo 20 camas están habilitadas, de un total de 60. La climatización en ese espacio quedó en el pasado.

 

 

 

Un tercio de las camas está inhabilitada en hospitalización. Allí tampoco hay aire. 

 

 

 

Recientemente, Susana Urdaneta, de 21 años, fue cesareada. Cuenta que no le brindaron ni desayuno ni cena; únicamente el almuerzo: arroz. Reclama que tuvo que subir las escaleras,  unas horas después de la intervención, porque los dos ascensores también están averiados.

 

“El suministro de agua es muy irregular. Aunque han estado bombeando a urgencias, en el edificio de consultas están castigados porque deben carretear baldes desde un tanque”, afirman.

 

Precisamente esa última zona labora al mínimo. “En algunos consultorios instalaron splits y con eso se ha paliado la situación. Han unido varias consultas para seguir atendiendo a los enfermos”.

La inseguridad es otro ‘talón de Aquiles’ del Hospital Central. “Se llevan desde el poco material que proveen hasta los aires, como sucedió en un salón donde se daban clases de pre y posgrado. No rompieron ni forzaron nada”, denuncian.

Los atracos en plena emergencia son frecuentes, ante la mirada pasiva de los funcionarios de la Milicia distribuidos en diferentes puntos de esas instalaciones. Médicos, estudiantes e, incluso, pacientes son víctimas constantes de la delincuencia dentro de esa casa de salud.

La semana pasada, el diputado Miguel Pizarro solicitó la declaración del Zulia como prioritario en “asistencia y entrega de ayuda humanitaria” que llega al país. Entretanto, solo la planta eléctrica opera de manera óptima en la institución levantada en el casco histórico de la capital zuliana. De resto, “se resuelve con lo que se tiene a mano”.

La angustia se respira desde antes de cruzar la puerta de entrada principal. Afuera, se aglomeran decenas de personas –unas bajo el techo y otras agobiadas por el sol– que urgen por obtener un ‘pase’ que contempla insuficientes garantías.

La infraestructura de áreas como la emergencia requieren mejoras.

La falta de luminarias internas se agrega a las deficiencias.

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Así lucen algunos baños del Hospital Central.

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