¡Júbilo nacional: José Gregorio Hernández es beato!

Es el cuarto beato del país.  “Mi primera obligación es ser un buen estudiante, pero, sobre todo, seré un buen cristiano”, decía desde joven.    En La Cartuja, Italia,  el doctor fue fray Marcelo.   Su amor por el pobre era  grande: hacía paqueticos de monedas  y los arrojaba por la ventana de sus casas.

Por:  Ítala Liendo Luzardo / Imagen: Jesús Alberto Mendoza Márquez

Setenta años de haberse emprendido una cruzada para ver a José Gregorio Hernández en los altares el trabajo se ve premiado, junto  a  la inquebrantable fe de un pueblo. Sí, finalmente se hizo el milagro para el hijo amado de Isnotú: subirá a los altares de la Iglesia venezolana. El llamado Médico de los Pobres  es uno de los cuatro nuevos beatos que aprobó el papa Francisco, según se ha informado desde la Santa Sede. 

La noticia, bálsamo para el creyente venezolano, la recibe el país este viernes 19 de junio de 2020, día de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El milagro que lo lleva a los altares es el recibido por la niña Yaxury Solórzano Ortega.

José Gregorio llevó una aureola como hombre. Se identificó con su pueblo, es un ángel protector de Venezuela. Para muchos, un "santo". Pero de este paso lo separa un segundo milagro.

 

Nació en la Isnotú de 1864 en el seno de una familia humilde y trabajadora, que conformaron   don Benigno Hernández Manzaneda y Josefa Antonia. El papá, dedicado a negocios de mercancías secas, víveres y farmacia, anhelaba de corazón un hijo varón.

¡A don Benigno   le nació el muchacho, le nació el varón, el sucesor!  Así corrió la noticia del alumbramiento de Josefa Antonia Cisneros de Hernández el 26 de octubre de 1864 por Isnotú, poblado formado por una hilera de casas a ambos lados de un pedregoso camino y habitado por unas 500 personas.

A Josefa Antonia —quien había visto morir a su hija mayor, María Isolina, a los  8 meses de nacida— los dolores de parto le comenzaron la noche del 23 de octubre de 1864. Si era niño, le tenían nombre: Rafael, en acción de gracias porque al día siguiente era día de San Rafael Arcángel; pero el nacimiento del bebé demoró y la  mujer, finalmente,  parió el 26 de octubre.

Don Benigno pensaba, al igual que los isnotueños, que su hijo sería comerciante como él. “Pero se perdió la tradición. Se llama José Gregorio, por jerarquía y respeto genealógico. El abuelo paterno era José Gregorio Hernández de Yanguaz y Mendoza, un hacendado de implacable disciplina, católico a ultranza, y enemigo de las doctrinas liberales”, cuenta el escritor Ramón Castellanos en su libro El milagroso médico de los pobres en Isnotú.

La niñez de José Gregorio transcurrió entre plantaciones de café, caña de azúcar, plátanos, maíz y caraotas.

Su madre y su tía, María Luisa, le enseñaron la obediencia, las primeras letras y los rezos. Magdalena Mogollón contó a Miguel Yáber, uno de sus biógrafos, que desde muy pequeño fue el protector de sus otros cinco hermanos, visitaba a menudo la vieja capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario y pasaba mucho tiempo leyendo y escribiendo.

José Gregorio heredó de su madre la caridad para con los pobres y enfermos.

 “Mi madre que me amaba, desde la cuna, me enseñó la virtud, me crió en la ciencia de Dios y me puso por guía la santa caridad”.

La mamá de José Gregorio falleció cuando él tenía 8 años. El suceso le impactó al punto de que solía visitar durante las tardes un área adyacente al cementerio y sentarse sobre unas piedras grandes para pensar.

A los 9 años ingresó a la escuela   y las primeras lecciones las recibió del maestro Pedro Celestino Sánchez. Para el 28 de julio de 1876, el aventajado  estudiante presentó el trabajo Modo breve y fácil de oír misa con devoción.

José Gregorio no faltó un domingo a misa.

Tras la muerte de la madre,  de su cuido estuvieron pendientes  sus tías  María Luisa y sor Ana Josefa del Sagrado Corazón de Jesús, religiosa dominica del convento Regina Angelorum, de Trujillo. Ellas  lo motivaron a enamorarse de la obra de Dios.

El hoy beato siempre se destacó por ser un estudiante sobresaliente y por su vocación de servicio al prójimo.

Deseaba ser abogado. Don Benigno le pidió que fuera médico y le recordó que su madre lo quiso también. Cambió de parecer y prometió ser médico. Pronto cumpliría 13 años. En febrero de 1878 viajó a la capital y entró al Colegio Villegas, dirigido por Guillermo Tell Villegas.

En el equipaje hizo espacio para llevar a la capital  un pequeño cuadro con la imagen de la Virgencita del Rosario.

Foto: EFE

— ¿Así que vienes de los Andes... y piensas estudiar mucho?, le preguntó el director en su primer encuentro con Hernández, según Yáber.

— Sí, mi primera obligación es ser un buen estudiante, pero, sobre todo, seré un buen cristiano.

En 1882 ingresó a la  UCV. Pudo estudiar medicina en Caracas con mucho ahorro y dando clases particulares.

Alternaba sus estudios con la     pintura y la música. Gustaba de las retretas en la Plaza Bolívar. Tocaba el armonio, el piano de cola y el violín.

A  Isnotú volvió en sus  vacaciones del año siguiente. Catorce días compartió  en la casa paterna. Ya don Benigno se había casado con María Hercilia Escalona y del matrimonio nacieron 6 hijos. A José Gregorio, de 11 hermanos solo dos le dieron sobrinos.

La relación   con su papá fue cordial.   De la figura paterna “heredó la prudencia, la justicia y la prédica con el ejemplo de las virtudes cristianas”.

Su salud fue frágil y estando en el  tercer año de medicina, padeció de fiebre tifoidea. La gravedad angustió  a sus amigos, quienes   llamaron a monseñor Juan Bautista Castro para que le administrara la unción de los enfermos. Se recuperó y logró graduarse.

Recibió  el título de Doctor en Ciencias Médicas el 29 de junio de 1888 y  partió hacia su pueblo el 18 de agosto de ese año. Siete días más tarde estuvo en Maracaibo. En una carta dirigida a Santos Dominici le cuenta que venía  la embarcación Brillante y que le llamaron la atención isla de Toas y Santa Rosa, este último por estar construido sobre estacas y por sus habitantes, unos guajiros.

De Maracaibo partió a La Ceiba, donde estrena el ferrocarril que del puerto lo llevó a Sabana de Mendoza. Como médico rural ejerció en  Betijoque, Valera, Boconó, San Cristóbal y Mérida

Su interés académico lo llevó a      París, donde profundizó  estudios en microbiología, histología normal, patología, bacteriología y fisiología experimental.

Gioconda San-Blas, expresidenta de la Asociación Venezolana de Micología, manifestó a PANORAMA, hace unos años,  que la historia oficial de la microbiología en el país arrancó con la fundación de la cátedra de bacteriología y fisiología en la UCV el 6 de noviembre de 1891, bajo la dirección del hijo dilecto de Isnotú.

“Su imagen preside la mayoría de las camas hospitalarias (...) siendo venerable, nos atrevemos a señalar que la microbiología venezolana debe ser la única en el mundo privilegiada con un interlocutor directo en las esferas celestiales”, señaló.

De buen vestir, bigote y cabello cuidados, José Gregorio era de caminar rápido y dueño de un carácter fuerte. Dicen que lo heredó de don Benigno.

 Una vez preguntó a un alumno cuál era su profesión y este le respondió: “Estudiante”. Hernández le repreguntó: “¿Y por qué no la ejerce?”.

Imagen vía Instagram

“Mi padre”, decía, “supo   aconsejarme. A veces me trató con sequedad, pero lo hizo para inclinarme a la práctica del bien y al estudio constante”.

La UCV lo tuvo como profesor entre 1891 y 1916. El magisterio para él era un sacerdocio de abnegación, apunta en sus escritos Pedro De Santiago, autor de “Biografías trujillanas”.

En vida ya  le atribuían milagros. Álvaro Sánchez, sociólogo, comenta: “El desconocimiento genera asombro ante cosas que se resuelven fácilmente en el mundo de las ciencias”. Para Gustavo Martín, citado por el Diario de Caracas, quizás esos milagros eran el producto lógico de las enseñanzas recibidas en París, las cuales le dieron ventaja a Hernández sobre   otros médicos.

  Su amor por el pobre era grande,  se las ingeniaba  para hacer el bien y quedar oculto. “Hacía paqueticos de monedas y los arrojaba por las ventanas de sus casas”.

 Su fama de buen médico lo llevó a atender a los presidentes Crespo, Andueza, Castro y Gómez.

A un hermano de Juan Vicete Gómez, Juancho Gómez, lo examinó y la recuperación fue rápida. Meses después un general le expresó: “¡Usted lo resucitó, doctor”. El trujillano contestó: “Solo Dios resucita, mi general”.

El doctor salvó la vida de Juancho y cobró lo habitual, 15 bolívares, ni más ni menos.

En 1902, cuando Alemania, Inglaterra e Italia impusieron el  bloqueo a las costas de Venezuela. Hernández, alentado por la proclama del presidente Cipriano Castro —quien llamó a los ciudadanos a las armas—   se inscribió como voluntario por la parroquia Altagracia.

Hace más de 17 años, Radio Vaticana dijo del hijo de Isnotú: “Vivió una fecunda vida espiritual, gozó de fama de santidad”.

La vocación sacerdotal  lo llevó a la Cartuja de Farneta (Italia) y el 29 de agosto de 1908 nació fray Marcelo, nombre que adoptó a su ingreso. Allí en medio de los seguidores de la orden fundada por San Bruno comenzó a satisfacer su unión más estrecha con Dios. Sus días se dividían en 7 horas de sueño, 15 de estudio y ejercicios espirituales y 2 de trabajo físico.

Las condiciones climáticas afectaron su salud y debió  dejar la Cartuja. Aún así, no abandonó  el deseo de servirle a Dios  y, por eso, al regresar  a   Caracas entró al Seminario Metropolitano. Volvió al Seminario Pío Latino, en Italia, donde sufrió una afección pulmonar.

Retornó nuevamente a la capital venezolana y se interesó en la Orden Tercera de San Francisco. Monseñor Castro le hizo énfasis, y así lo entendió,  que Dios quería que se santificara como un fiel laico.

“Los deberes religiosos del hombre son para con Dios. Se fundan en la creencia de que Dios y el alma existen”, afirmaba  el Dr. Hernández.

Quienes le conocieron decían: “Llevaba una aureola como hombre y como santo. Se identificó con su pueblo, él es el ángel protector de Venezuela”.

El 29 de junio de 1919 —  solemnidad de San Pedro y San Pablo— celebró con su hermana Isolina los 31 años  de su acto de grado. La muerte lo sorprendió ese mismo día. A los  54 años falleció    arrollado en la esquina de Amadores, en la parroquia La Pastora, cuando cruzaba la calle, luego de comprar medicinas para una persona enferma.

El escritor Ramón Castellanos manifestaba  “la vida de José Gregorio transcurrió entre el sinsabor de haber perdido a su madre a corta edad y el no haber podido ingresar a la orden de los cartujos. Las misivas eran portadoras de su tristeza... “Me digo que algún día la mala suerte se alejará y dejará que la buena hada madrina de Belencita me proteja y llene de felicidad... Hernández”.

Sus restos están en la iglesia de La Candelaria, en Caracas, donde es venerado, a diario, por decenas de devotos. 

Sesenta y siete años después de su deceso, el papa Juan Pablo II lo nombró Venerable. Será el cuarto beato venezolano. Sube a los altares, donde están  la Madre María de San José, la Madre Candelaria y Madre Carmen Rendiles. Un milagro lo separa de la canonización. Seguro está el venezolano de que José Gregorio será el primer santo del país.

¡Enhorabuena, Venezuela!

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