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11:13 AM / 11/05/2015
Berna Iskandar: “Ningún niño se malcría por exceso de amor”
Daniela Romero Nava// [email protected]
Panorama
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La periodista y conferencista venezolana Berna Iskandar propone una crianza más humanizada desde la cultura de paz. Como divulgadora de temas relacionados al desarrollo infantil, fue premiada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en el 2013.

“La mayor pandemia de nuestros tiempos es el déficit de amor”, asegura la periodista venezolana Berna Iskandar, cuya bandera de presentación refleja una invitación a conocer, comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes, a través de la reconexión de los padres con lo mejor de sí mismos.

El mensaje de esta comunicadora social, desde su blog www.conocemimundo.com, las redes sociales y la radio, es nada más y nada menos que invitar a los progenitores a transitar por un mundo más humanizado, por medio de la crianza respetuosa y en cultura de paz.

Iskandar, además de ser madre, es divulgadora de asuntos de maternidad, paternidad; también productora y conductora de un programa radial dedicado al tema (único entre los medios venezolanos dirigido al desarrollo infantil) y fue merecedora, hace dos años, del Concurso de Bloggers 2013, con el que el Banco Interamericano de Desarrollo aborda y evalúa la exposición del tema.

Participar entre más de 125 profesionales —que representaron 17 países de América Latina y el Caribe— y ser la merecedora del reconocimiento obedeció a su habilidad para exponer uno de los temas que, desde un tiempo ya, comenzó a posicionarse como un “boom” en los  lenguajes de los pediatras, los psicólogos, maestros, la Iglesia, los medios de comunicación, partiendo de la necesidad que existe en el mundo de erradicar la violencia y suponiendo que el ejemplo se debe dar en casa, a partir de la crianza, figurándose que “desde la crianza que le demos a nuestros hijos dependerá la necesidad de construir más cárceles y hospitales”, según la propia Iskandar sostiene.

 

“Partamos del principio de que la calidad de la crianza no es tema menor, sino el epicentro de los problemas humanos y sociales. De cómo criamos a nuestros niños hoy, depende que soltemos al mundo seres humanos marcados por síntomas, neurosis, depresiones, adicciones, discapacitadas para relacionarse desde el respeto, la empatía, la no violencia, o seres humanos conscientes, razonables, empáticos, compasivos y  competentes para vincularse desde la no violencia”, defiende la conferencista, al referir que criar en cultura de paz supone reconocer y prevenir las enormes dosis de violencia visibles y sutiles presentes en el trato diario hacia los niños por parte de los adultos vinculantes, progenitores o cuidadores.

“Y para criar sin violencia no basta con erradicar golpes, amenazas, insultos o castigos físicos y psicológicos —continúa—. También es necesario reconocer que la carencia de mirada, cuerpo materno, vínculo, presencia segurizante, compromiso emocional  de los padres o  adultos significativos, desde el punto de vista de las criaturas, entraña una experiencia violenta.  

La violencia del desamparo, que llama la autora Laura Gutman. Igual es vital hacernos conscientes de que las exigencias desmedidas, empujar o presionar a los niños con el fin de que pasen hacia etapas para las que no han madurado, como pretender que un niño pequeño duerma en solitario toda la noche de un tirón sin molestarnos, que deje los pañales antes de que haya madurado para ello, etc.,  desde la vivencia infantil es violencia. Para criar sin violencia necesitamos formarnos y transformarnos”.   


¿Qué necesitan los padres para lograrlo?


— Para formarnos, hay que esforzarse en conocer la naturaleza de los distintos períodos evolutivos de los niños. Esto podemos hacerlo con la ayuda de charlas, talleres, lecturas orientadas por una mirada respetuosa hacia la infancia. La mayoría de las veces las interferencias en el vínculo con las criaturas a nuestro cargo se producen porque el adulto no tiene perspectivas realistas acerca de lo que puede o no esperar según corresponde a la madurez de cada niño.

Circula demasiada información falsa, existen muchas lagunas sobre lo que los niños realmente necesitan, o sobre cómo son capaces de comportarse o qué funciones biológicas o psicológicas están en condiciones de desplegar según su edad. Circula la creencia latente o manifiesta de que los niños son seres inherentemente malos, manipuladores  perversos a quienes hay que doblegar para que lleguen a ser personas de bien, incluso, asumimos que nacen con el pecado original, etc.  En esta mirada sobre la infancia se arraigan las infinitas dosis de violencia que se  heredan transgeneracionalmente.

Para Iskandar, “transformarse” representa que los padres sean capaces de cuestionarse, de indagar, de mirar cuáles son los recursos emocionales con los que se cuentan para acercarse a los hijos desde un lugar más consciente y amoroso. Por eso enfatiza que “casi todos procedemos de crianzas basadas en  patrones insanos que luego repetimos ciegamente porque no contamos con otros referentes.

Atrevernos a mirar el modo en que realmente fuimos amados o desamparados durante nuestra propia infancia y cómo desde ese amor o desde ese desamparo estamos criando en el presente —con mayor o menor disponibilidad emocional hacia nuestros hijos— es condición indispensable para tomar decisiones conscientes que permitan desplegar crianzas libres de violencia”. 

— Algunos padres a veces se exceden y son permisivos o, por lo contrario, son represivos. ¿Cómo saber cuál es el límite?


— La crianza respetuosa o la crianza en cultura de paz no propone niños que vayan por la vida a la bartola, haciendo lo que les da la gana. No hay que confundir anarquía con crianza en cultura de paz. Nos han hecho creer que los límites y la disciplina siempre van asociados al no sistemático, la represión, la inhibición, los sistemas punitivos como el castigo físico y psicológico o los premios para extinguir comportamientos valorados negativamente (al margen de que lo sean o no). Pero no es así.

Desde esta mirada alternativa de la crianza proponemos acompañar a las criaturas en el reconocimiento de los límites connaturales de la convivencia de un modo razonable, respetuoso con su integridad como personas. Yo diría simplificando un poco que en un extremo se encuentra la crianza autoritaria y en el otro la crianza que llaman permisiva, pero que yo llamo más bien anárquica, donde no existe figura de autoridad o liderazgo que acompañe a los pequeños en el proceso de socialización. La crianza respetuosa se ubicaría en el camino del medio, que es el camino del equilibrio.

Como padres es esencial que nos planteemos cuál es nuestro propósito a la hora de criar ¿queremos niños sumisos y obedientes o queremos niños conscientes, empáticos, respetuosos de su propia integridad y la de los otros? Hay que definir el concepto de autoridad parental que queremos desplegar. 

Si queremos  seguir repitiendo los modelos basados  en el obediencia ciega, la represión y el adiestramiento, entonces estableceremos una autoridad impuesta, la que se logra infundiendo miedo, con amenazas, castigos o manipulando con recompensas. Si por el contrario nos decantamos por un estilo democrático o flexible de crianza, entonces la autoridad la ganamos demostrando a los hijos que les pedimos cosas razonables, sabemos de lo que hablamos y les respetamos. 

Por otra parte cada familia responde a una ecología muy particular, con una religión, costumbres, necesidades únicas que van demarcando los límites propios de la convivencia. Con lo cual yo no puedo decirle a un padre o a una madre qué límite debe establecer o no a su hijo. Para mí por ejemplo hay unos límites que son muy claros, y que tienen que ver con el resguardo a al propia integridad física o la dignidad del niño y de los demás. Lo que quiere decir, por ejemplo, que no es admisible pegar, agredir, o hacer cosas que dañen a otros o a nosotros mismos.

Y para establecerlos basta simplemente con detener al niño, contenerlo, no dejar que pegue, no permitir que cruce solo la calle, no dejar que agarre el cuchillo carnicero, etc. No hace falta pegar, ni castigar, ni agredir. Hay otros límites en cambio que se pueden flexibilizar, como si una noche estamos todos muy cansados y nos da pereza bañarnos, lo dejamos para la mañana siguiente.  No necesitamos volvernos esclavos de nuestros propios límites, como dice el pediatra y autor Carlos González.


—¿Cómo se puede diferenciar el apego que lleva a la dependencia del apego seguro?


— Nunca me cansaré de decir que ningún niño se malcría por exceso de amor. Llenar constantemente a nuestros hijos de palabras amorosas, decirles lo bellos que son, lo bienvenido que son en nuestras vidas, lo mucho que los amamos, lo orgullosos que nos sentimos de ellos, nunca les hará daño. Cargarlos, mimarlos, consolarlos, ofrecer mirada y presencia segurizante, desde el punto de vista del niño son experiencias amorosas. Todas las expresiones y manifestaciones genuinas de amor hacia nuestros hijos constituyen el principal factor protector de su psiquis durante su formación. Insisto, demasiado amor nunca ha malcriado a nadie. Por el contrario, es la mejor vacuna contra neurosis, y otros síntomas que hoy agobian a la humanidad.

No hay que sacar muchas cuentas ni estadísticas para deducir que la gran plaga, la mayor pandemia de nuestros tiempos, es el déficit de amor. Y si no nos basta con el sentido común o con escuchar nuestra intuición para creérnoslo, podemos encontrar abundantes referencias científicas literalmente al alcance de los dedos en Internet. Propuestas como la teoría del apego de John Bolwby, además de los recientes estudios de la neuropsicología que demuestran cómo el amor parental, se constituye en modulador de la salud mental de los niños, son algunas de ellas.

El amor, la mirada, la presencia contenedora de adultos cuidadores significativos, la nutrición epidérmica del cuerpo de la madre, la acogida amorosa en los brazos de los progenitores, las demostraciones de afecto, nunca deben limitarse. Las necesidades afectivas nunca se limitan. Puede ser que se deban limitar las necesidades de consumo como ver tele o comer chuches, pero paradójicamente estas necesidades las hemos creado los adultos porque no estamos disponibles para cubrir las necesidades afectivas de los peques. Les damos caramelos, les encendemos la tele o el iPad porque no tenemos tiempo para ellos, con lo cual le creamos la adicción,  y luego se los queremos quitar.  

Cuando el niño ha recibido todo el afecto que pide, la inversión de tiempo, atención, apoyo y cuidado parental que necesita sin interferencias, llegado el momento de pasar a una nueva etapa madurativa  o de  mayor autonomía, lo hará sin problemas.

El mismo niño es quien nos indica cuándo está listo. Los adultos solo necesitamos establecer una conexión robusta con el niño para  interpretar las señales. También puede  pasar que el niño está listo para hacer cosas por sí mismo y no lo dejamos porque necesitamos seguir controlando, mantener una dependencia para llenar nuestros propios vacíos o miedos. No se trata ni de empujar, ni de retrasar. Se trata de observar al niño. Ellos son como un libro abierto y nos orientarán siempre sobre el momento en que están listos para dejar el pañal, dormir sin sus padres, aprender a leer y escribir, seguir una regla, etc. 

— ¿Cómo saber que se está criando bien a un hijo?

— Siempre digo que podemos optar por perdernos en discusiones desiertas sobre lo que estamos haciendo bien o mal respecto a los niños a nuestro cargo. Que si está bien o no que duerma con sus padres o duerma en solitario, que si está bien o no retirar los pañales a los dos años o confiar en que lo haga por sí mismo, que si está bien o no que le imponga comer con horarios o a libre demanda, que si está bien o no mandarlo a la guardería o al rincón de pensar, que si está bien o mal que el niño juegue con muñecas, cocinitas y la niña con carritos o viceversa, que si está bien o no cargarlos cuando lloran o hay que dejarlos llorar para que no se malcríen... Si realmente queremos hacer algo en beneficio de nuestros pequeños, lo que importa no es la opinión del adulto o el debate de opiniones entre adultos sobre lo que está bien o está mal. Lo verdaderamente importante es que los adultos a cargo seamos capaces de sintonizar con la criatura, ponernos en su lugar y comprender cómo vive la experiencia desde su punto de vista, respetando su integridad como persona, atendiendo sus reales necesidades y apoyándoles para que se desarrollen en eje con su sí mismo.

 — Ignorar, castigar o forzar al niño es a veces una reacción de los padres ante una rabieta o mal comportamiento del niño. Usted habla de dejarnos llevar por el instinto para criar y no por lo que ha impuesto la cultura de la vida moderna. ¿A qué se refiere con esto?

— La respuesta de ignorar a un niño para extinguir una conducta valorada como no deseada es cultural,  es aprendida, no es intuitiva. Cuando nuestro hijo expresa disconformidad,  malestar, llora o sufre, lo natural, la respuesta  que subyace en nuestro diseño filogenético, biológico, la que nos dicta la sabiduría ancestral,  es atenderlo, no ignorarlo. No conozco a ninguna madre que diga que al escuchar a su bebé  llorando en la cuna no le haya provocado salir corriendo a  tomarlo en brazos para consolarlo. Generalmente no lo hace porque la conseja popular, la “civilización” dicta que lo va a malcriar.

Cuando un niño hace un berrinche lo que suele impedir que un padre o una madre acompañe empática y respetuosamente el proceso, es la presión social del qué dirán (lo vamos a malcriar, se convertirá en un monstruo, nos juzgarán como padres débiles, sin carácter…)   Pero cuando nos dejamos  llevar por la voz del corazón, tratamos de encontrar el modo de comprender y aliviar amorosamente la situación de tensión que atraviesa nuestro hijo o hija.

—  Dentro de la crianza respetuosa es necesaria la inversión de tiempo para los hijos. ¿Cómo harían aquellos padres que trabajan?

— El trabajo no debería convertirse en predador de la crianza si al llegar a casa, nos olvidamos del mundo y nos dedicamos enteramente a resarcir el tiempo que nuestro hijo nos ha estado esperando, dedicándonos a prodigar la mirada, el consuelo, el juego, la conversación, la atención amorosa que este necesita. Lo que suele ocurrir, es que aún cuando llegamos a casa y estamos físicamente presentes, no nos encontramos emocionalmente disponibles.

Sin duda, Iskandar propone a los padres revisar más allá del no tan simple hecho de tener hijos y plantearse a la vez cuál es el propósito a la hora de criar. “¿Queremos niños sumisos y obedientes o queremos niños conscientes, empáticos, respetuosos de su propia integridad y la de los otros?”. La respuesta está en lo que le dicte su intuición, basada en el respeto, el amor y sus ganas de ver en su hijo o hija, a futuro, un adulto sano, fuera de las lamentables estadísticas.     

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1Comentarios

1

Marcos Fufuoka 13/05/2015 09:32 AM

Berna me gustaria que me dieras amol a mi jajaja


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