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A Fondo
Conozca la historia de la vendetta que acabó con la vida de los hermanos Semprún
Sunday 02 de September de 2012 09:30 AM
Oscar Silva / Maracaibo

 Al principio pareció una novela, pero no, fue una historia real. A los hermanos Semprún Cedeño los fueron matando uno a uno hasta casi desaparecerlos de la tierra. Se trataba de la guerra por la propiedad de las maravillosas tierras del municipio Colón, las más ricas de Venezuela, casi la mitad territorial del Zulia, al Sur del Lago de Maracaibo.


Este hecho dio origen al crimen organizado, al “ajuste de cuentas”, al asesinato por “encargo” y al sicariato en Venezuela, a mediados de los años sesenta.

En el caso de Los Semprún. Primero mataron a Temístocles, (El Tungo) y a su hermanastro Ángel Ciro Rincón, “Caballo Blanco”, en la vía Santa Bárbara-Encontrados, luego, en una sola madrugada a Dimas, a Euribíades, y a Nolberto, en un camellón entre Santa Bárbara y El Vigía.


Más adelante fueron por Eladio, “El Chino”, a quien tirotearon con escopetas en el sector La Cuchara, en la carretera Falcón-Zulia.


Como si todos ellos no fueran suficientes, acorralaron en una calle sin salida, en El Vigía, estado Mérida, a Carlos Luis, a quien sus perseguidores llamaban en clave, “La Casa Grande” porque lo consideraban “la inteligencia” de la familia.
Sus primos Israel y Nelson Enrique Semprún tampoco se salvaron de la “vendetta”, cuando llegaban a su residencia en San Francisco, Maracaibo.


Tardaron mucho, pero lo consiguieron a Ezequielito, otro Semprún, éste en Haticos por arriba, Maracaibo, tras una persecución automovilística. Ezequielito entró en el mundo del crimen a los 16 años y había resultado ileso de varios atentados y celadas.


Así nació el “sindicato del crimen”, como se le llegó a conocer por sus actuaciones en Santa Bárbara del Zulia, El Vigía, La Rita, La Cañada, Cabimas, Ciudad Ojeda, Maracaibo, Punto Fijo y Caracas.


En realidad, Ezequiel Semprún estaba en la lista de “La Ruleta Macabra”, en laque cayeron simultáneamente tres de sus hermanos, pero esa noche se había refugiado en los brazos de una mujer en un oscuro motel de pueblo.


Aunque finalmente dieron con él, cobró caro. En el intercambio de muertes logró herir a uno de sus agresores, y matar a uno de los hijos del para entonces más certero hombre del crimen en la región, Adelis Sánchez Cordero.
Este fue un tipo que a la brava se profesionalizó. Falló su única vez cuando le disparó a la cabeza a Dimas Semprún con una pistola del calibre 45 dentro del supermercado Arci de Santa Bárbara.


Acertó cuando tiró con un FAL a Olimpo D’ Armas, ex director de la Dijepol (policía política que fue sustituida por la Disip), cuando éste salía de un centro comercial en la avenida Delicias, a escasos metros del cuartel de la Policía Regional del Zulia.
Después de tanto afán, el 20 de octubre de 1981, Sánchez Cordero fue abatido en un hotel de veraneo merideño por una comisión dirigida por el comisario Víctor Rivera Azuaje, no sin antes batirse por 6 horas, y donde perdieron también la vida dos de sus hijos.


Pero no fue una novela, sino una historia real. Todo comenzó con la muerte a puñaladas del ganadero Rodolfo Meleán al término de una noche de rancheras, copas y mujeres en un garito de la pequeña zona de tolerancia de Santa Bárbara de Zulia.


La venganza actuó rápido sobre la vida de Cirilo Bohórquez, de origen cañadero, y propietario del Bar “El 5 1/2”, quien fue tiroteado en una estación de servicio de La Panamericana.


Por ese crimen fueron señalados Temístocles Semprún Cedeño (a) “El Tungo”, y Ángel Ciro Rincón (a) “Caballo Blanco” o “El Polaco”.


Estas dos muertes dieron inicio a lo que toda Venezuela conoció como “La Matanza de Santa Bárbara”.
Había que sacar del juego a todo lo que estuviera cerca de los Semprún. Así cayó el penalista zuliano, el doctor Jesús Núñez, hermano de crianza de los Semprún.


Con Núñez, de reconocida audacia desde sus años de estudiante del liceo Baralt de Maracaibo, se inauguró la era del sicariato en nuestro país. Cuando se desplazaba en su automóvil por las cercanías del Nuevo Circo de Caracas, fue asesinado por un motorizado quien se acercó justo a donde estaba y le disparó 3 veces en la cabeza.


Otro abogado zuliano, José Obando Sardi, fue ametrallado frente a sus escoltas a plena luz del día, a unos 50 pasos de la prevención policial de la Residencia Oficial del Gobernador del Zulia, entre Bella Vista y San Martín.


Mientras los diarios del país aumentaban sus tirajes por esta espectacular historia, fueron cayendo al lado de los protagonistas, gente de a pie, trabajadores agrícolas, campesinos, policías y guardias nacionales, así como a inocentes que aun no se han podido contabilizar.


Igualmente, fueron asesinados y obligados a salir del país, emprendedores comerciantes italianos a quienes despojaron de sus tierras y sus comercios, lo que obligó al Gobierno de Italia a elevar una protesta ante su par venezolano.


La muerte de los europeos parecía ser una historia paralela a la de Los Semprún, pero era solo una variante para darle a la matanza un fino toque mafioso.
Contra Rosario de Brígida, Beraltín Cheaba, Vinicio Du Giafelpe de Amecia y Mario Borágide actuaron los mismos personajes. Fueron por sus tierras, y sus negocios en el sacrificio y compra y venta de ganado.
Con la matanza de Santa Bárbara se creó una estructura jerárquicamente organizada que usó la amenaza, la extorsión y el asesinato como arma todopoderosa.


A los Semprún, como se les conocía, los “cazaron como a patos”. Criminales experimentados eran trasladados y camuflajeados en autos de policía y hasta con protección de la entonces Guardia Nacional.


En todo esto se involucraron ganaderos, empresarios, políticos, ministros, y gobernantes. Los diarios publicaban “cartas abiertas” dirigidas al entonces presidente Rafael Caldera, al gobernador del Zulia, Hilarión Cardozo, así como al presidente entrante Carlos Andrés Pérez.


Estas largas misivas, eran firmadas por el abogado José Obando Sardi, quien denunciaba a los Semprún, y refutadas, inmediatamente, por el abogado Jesús Núñez, defensor de la familia, señalaban indistintamente la lucha por la tierra, acusaban la venalidad de la justicia, y señalaban la participación de los cuerpos policiales del Estado en los hechos.

Todo eso dentro de una trama cinematográfica donde los hermanos Semprún sacaban el cadáver de su fallecido padre, Dimas Semprún Portillo, de la morgue de la clínica d´Empaire. Y su madre Hilda Cedeño Rosales, ya alcoholizada por tanto dolor, hablaba por las noches con sus hijos muertos en la cocina de su casa…

Curiosamente, dos días antes de que se produjera la “Ruleta Macabra” el comisario de la PTJ, Jesús Jiménez Pantoja y sus hombres, portando armas sofisticadas y modernos vehículos, habían llegado a Santa Bárbara del Zulia para hacer una “inspección” a la delegación de ese cuerpo policial, en Colón.


Pantoja, de origen caraqueño, había sido, en una anterior oportunidad, jefe de la delegación de la Policía Técnica Judicial (PTJ) de Santa Bárbara. Detuvo a los hermanos Semprún en varias oportunidades. Y actuó en la investigación de muchos de los crímenes que se multiplicaban en la zona y en la persecución de sus autores.


Siendo muy joven, su imagen de mujeriego, arbitrario, y violento creció tan rápido como la violencia desatada en el municipio Colón. Un amanecer de un domingo, dos de sus detectives fueron tiroteados y muertos saliendo de un bar en el sector de Caño Blanco, El Vigía, estado Mérida.


Fue trasladado a Caracas. La dirección nacional de la PTJ estaba conmocionada ante este hecho inaudito. Era la primera vez en Venezuela que alguien se atrevía a matar a dos funcionarios activos y de servicio. Ni él mismo podía creerlo.
Regresaría comandando el “Escuadrón Volante”, oficialmente un grupo policial anunciado por el presidente Carlos Andrés Pérez para combatir la delincuencia, pero que todos los entendidos sabían que estaba dirigido a enfrentar el crimen en el Zulia.
Ocurrió que los mismos diarios que reseñaron en sus páginas rojas los cuerpos maniatados y tiroteados de Dimas, Euribíades y Rolando Semprún, anunciaban la presencia en Zulia del “Chino” Pantoja y los integrantes del temible “Escuadrón Volante”.


La misma noche que mataron a sus hijos, Hilda los vio comiendo en las ventas de comida ubicados justamente frente a su casa.
Pantoja sirvió de cobertura a los verdaderos ejecutores de aquella tan tenebrosa y fría madrugada, pero esa es otra historia jamás contada.