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Café con... José Gotopo: “Soy el primer inquisidor de mis pinturas”
martes 11 de junio de 2013 09:09 AM
Ernest Stuyvesant / estuyvesant@panodi.com / Maracaibo

 José Gregorio Gotopo nació en Coro justo en el instante en que “Los Beatles” se presentaban en el Carnegie hall de Manhattan, cuando estaba de moda ‘I want to hold your hand’, el 4 de agosto de 1964. “Buen día para nacer”, soltó el artista plástico luego de mojarse los labios con un sorbo de café negro, sin azúcar.

A través de impulsos y pinceladas gestuales, se maneja entre el equilibrio y la razón para plasmar un sentido sobre sus lienzos. “Yo solo uso la razón para controlar la emoción en los lugares donde esta se ha desbordado. Debe haber un equilibrio, porque con la pura razón no se hace una obra de arte. En cambio, con la pura intuición sí”.

Fue en la Escuela de Artes Plásticas Tito Salas, de la capital falconiana, donde Gotopo inició sus estudios. Ya desde hace 35 años este 2013, que lleva la pintura en una gama de sentimientos y convicciones, con la bandera de Venezuela erguida en su nombre en ciudades como Nueva York, Praga, México DF y Estambul.

Ganador de un sinfín de premios y distinciones nacionales e internacionales, el artista, hijo adoptivo del Zulia, se ha hecho sentir en las distintas manifestaciones del arte por su versatilidad técnica y uso de materiales.
“Lo que hago es pigmento sobre lienzo. He hecho cuadros con la técnica de los albañiles: polvo de mármol, pego, cemento blanco y gris, pigmentos para pintar los pisos. Es una parte de la alquimia de la pintura, la inteligencia de los materiales y su conocimiento. Puede que seas un gran dibujante, pero si no conoces los materiales, es difícil”.

Así pues, sin rodeos ni tapujos, José Gotopo es un pintor tradicional que respeta los nuevos lenguajes del dibujo y a los artistas emergentes, pero no se ancla en una técnica y mucho menos se separa del fin que busca puntualizar a lo abstracto con su trabajo. “La técnica está ligada a lo que tú intentas expresar. Entonces, si lo que yo intento expresar se adapta a la técnica de la pintura, no tengo que estar inventando otra cosa. Hay amigos que agarran una patineta y la pegan en la pared y le ponen de título ‘tótem’. Otros cuelgan un zapato y cosas así. Cada loco con su tema”.

A Maracaibo llegó después de una nota muy triste, en 1985, cuando sepultaron los restos de Alí Primera. “Fue José Laurencio Pérez quien nos convenció de que teníamos que salir de Coro, porque había perdido su brújula histórica”. Ahora, Gotopo cuenta que de Coro solo queda una ciudad con unas pocas casas coloniales para fotografiarse.

Lo cierto es que, en Falcón o en Zulia, se autodenomina como el pintor más anticomercial, pues no se encuba en una sola arista: “La vida es muy corta y el mundo es tan diverso como para pasarme la vida pintando el mismo tema o el mismo cuadro. Respeto a los que hacen eso, pero no podría hacerlo”.

“Todas las obras que hago me gustan, porque soy el primer inquisidor de mis pinturas. Si una obra sale de mi taller es porque estoy plenamente convencido de que merece salir, porque si no me convence, la destruyo, borro, rompo o pinto algo sobre ella”.

Para el éxito que ha tenido, el artista asegura que no existe una fórmula. Y pese a su talento, la vida le pintó un momento difícil cuando sin explicación alguna, sus riñones dejaron de funcionar, hace dos años y medio. “Muchas veces me di por vencido, creí que ya era el final. Estuve en diálisis dos años. Entonces, un sobrino, Henki Gotopo, de 22 años, me donó un riñón. Hice una campaña a favor de la nueva ley sobre trasplantes en Venezuela”, recordó sobre esa complicada etapa, de la que está bastante recuperado.

De sus maestros, cita a Emilio Peniche, Domingo Medina, Chucho Ruiz, Pedro Piña, Nerio Quintero y sobre todo José Laurencio Pérez, que fue “un personaje renacentista que apareció en Coro en 1979”. “Muchas de las cosas que sé se las debo a él. Es como una especie de Juan Bautista personal. Creo que de no haberme topado con él, mi vida hubiese tomado otra orientación”.

Entre sus logros personales destaca la vez que compartió sala expositora con el maestro Rufino Tamayo, en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. También llevó el resultado de su musa al Lincoln Center de Manhattan. En Estados Unidos vivió desde 1996 hasta 2002, tiempo en el que se instruyó en la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York.

“Allí me iban a enviar a Europa y al regresar me iban a dejar como docente. Pero yo decidí venirme. No es fácil ser extranjero. También me gusta compartir mucho con mi familia, que es muy amplia. Tengo 11 hermanos y más de 50 sobrinos. EE UU es un lugar donde hay mucha gente, pero todos andan como en un estado de soledad”.

Actualmente, el pintor vive con su esposa, Andrys Villarreal. Tiene cinco hijos: Grecia, Fabiola, Andrea, Angelys e Isaías. Dice que si por él fuera, comería pescado todos los días.
Además de artista plástico, es docente y le hubiera gustado ser músico: “Pero desafino cuando canto. Cuando pinto también desafino, solo que en la pintura no se ven mal los acordes antagónicos”. Pronto espera dedicarle a la literatura, para escribir un libro de crónicas y relatos cortos.
“Hubo un barco que zarpó de coro y trajo a un grupo de artistas a insuflar otro aire a la cultura zuliana. Allí venían don Pedro Colina, Chucho Pulido, Tino Rodríguez, Pedro Iturbe, Israel y Gustavo Colina y yo, que me monté de último como atrilero”.

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