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Conoce la vida del zuliano Andrés Ponce
domingo 21 de abril de 2013 05:29 PM
Humberto Perozo Suárez / Maracaibo, Zulia

Una larga carretera de tierra conduce a la humilde casa de los Ponce Núñez, en el sector Los Arenales, en San Francisco, estado Zulia. La alegría reina en el hogar de “El Gallo” Andrés Ponce, el gran goleador de Venezuela en el Suramericano sub 17.

Ponce marcó este domingo los dos tantos que le dieron a Venezuela su triunfo ante Perú para sumar siete puntos.


La fotografía del líder anotador de la Vinotinto en su niñez, junto con sus hermanos Jaime y Kelly, engalana la sala de piso de cemento y techo de zinc. Alrededor del televisor Panasonic, en el que familiares y amigos han podido disfrutar de las hazañas del crack de la camiseta 9, los trofeos de goleador en los torneos que ha disputado y las imágenes que los recuerdan.


En el retrato también están pegadas las barajitas de un viejo álbum del Unión Atlético Maracaibo, que incluía no solo a los futbolistas profesionales, sino a los de las divisiones menores: la 255 corresponde al hoy jugador de Yaracuyanos; la 157 es la del matador juvenil de la Venezuela.


Dos perros criollos van y vienen, del patio al frente de la casa, en la que está una quincalla. Mucha algarabía, con los niños descamisados corriendo de un lado al otro. Mucho calor humano en la morada que día a día construyen Jaime Ponce y Noemí Núñez.


Ambos llegaron desde la colombiana población de San Marcos, Departamento de Sucre, a mediados de los años 90. Luego de trabajar en La Sibucara, en La Cañada de Urdaneta, donde vio la luz Andrés Fabián, arribaron a San Francisco para mejorar la situación.


Primero pasaron por el barrio Luis Aparicio, donde anotaron sus primeros goles los retoños, hasta llegar a Los Arenales, un sector popular en el que falta el asfalto, abundan los motorizados y golpea la vida dura.


“Salía en mi triciclo a vender chicha, empanadas y tizana. Lo hacía con mis dos hijos, pero Andrés siempre era el más entusiasta, siempre me quería acompañar”, cuenta su padre, con voz serena pero firme. “Aquí lo importante es la unión, el respeto por encima de todo”.


Andrés estudió en el colegio Absalón Bracho, de El Silencio, y cursó el bachillerato en el liceo Luis Urdaneta, de Sierra Maestra. No llegó a graduarse, entre convocatorias y el traspaso de Fundauam al Deportivo Táchira, realizado a principios de 2013, que alivianó un poco la estrecha situación familiar.


Jaime Ponce trabajaba en las cercanías del Club El Tablazo, vendiendo las bebidas y alimentos que elaboraban tanto él como Noemí. Allí conversó una vez con Luis Arteaga, conocido por todos como Lucas –en honor al campeón argentino de 1978, Leopoldo Jacinto Luque, siempre dijo que se llamaba Luis Lucas-. Era el entrenador de la sección de fútbol.
“El señor Ponce me llegó para traer a sus dos hijos, Jaime y Andrés”, rememora el dicharachero Lucas. “A los dos los asigné en sus equipos, y siempre rindieron. Hacían todo por venir a entrenar”.


Andrés y su hermano, o él solo cuando Jaime no podía, tomaban un autobús de La Polar para llegar a las prácticas. Algunas veces pagaba el pasaje, otras salía corriendo y los choferes le cobraban al técnico, que hoy dirige a 170 niños y jóvenes que quieren seguir los pasos de “El Gallo”, como apodaban al delantero por su peinado tipo cresta.


Lucas se rió muchísimo cuando vio que Andrés cobró con potencia el penal ante Brasil, el miércoles, en el empate que dejó a la Vinotinto cerca del Mundial sub 17. “Yo nunca lo ponía en los penales. Una vez, en una semifinal, cobró uno que tuvo que pegar en una piedra, dar en el travesaño y entrar. Casi nunca los metía”.


El nuevo fenómeno del fútbol venezolano es el guachafitero de los hermanos Ponce Núñez. No daba muchos dolores de cabeza, pero “cuando disponía de algo, era difícil sacarlo de allí”, señala su madre Noemí.


“A Andrés no le gusta la comida muy elaborada”, recuerda la progenitora del goleador. “Con una buena arepa le bastaba. La sopa no es muy de su agrado”. “Pero también puede comerse un pabellón entero”, interviene Kelly, la mayor de la familia.


En la puerta de lata están algunos vecinos, que siempre acompañan a los Ponce Núñez. Otros se quedan en la ventana, viendo al interior. Los más avezados están en la sala, con banderas en la mano, corroborando todos los cuentos alrededor del ariete nacional.


Desde el comienzo del Suramericano, la voz de Andrés Fabián a través del hilo telefónico se diluye entre las palabras de sus padres. “Nos dice que todos los días lee la Biblia y ora mucho. Nos pide que oremos por él antes de cada partido”, confiesa su papá. “Si no puede hablar por teléfono se comunica por mensajes con su hermano”. Una rutina que fortalece al delantero zuliano.


Todas las tardes de partido, frente al televisor Panasonic, sentados en la sala en la que los ventiladores intentan dejar a la arena fuera de la casa, los Ponce Núñez se reúnen para sufrir y reír con la actuación de su pequeño Andrés.
“La fe lo llevará lejos. El amor por Dios, la disciplina, el buen comportamiento”, considera su padre. No le gusta utilizar la palabra orgullo. “Nos sentimos satisfechos. Para esto trabajamos siempre”.

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