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Política y Economía
09:37 AM / 24/01/2016
Este domingo se cumplen 100 años del nacimiento del expresidente Rafael Caldera: Reportaje
Ángel Mendoza Zabala
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Panorama
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En una oficina de la sede caraqueña de Copei (Comité de Organización Político Electoral Independiente, en su partida de nacimiento) se dio  un diálogo, de gran cordialidad pero esgrimido con dureza. Era noviembre de 1987. Los interlocutores fueron Eduardo Fernández  y Rafael Caldera (San Felipe, Yaracuy, 24 de enero de 1916). El padre de Copei, y por ende, políticamente del mismo Eduardo, estaba un poco resentido.   

—Si  Dios me tiene con buena salud, es para servir a Venezuela desde la presidencia—, sentenció, con su típica voz quebrada a ratos. 

—La candidatura no la decidí yo— argumentó Fernández, seguro, pero cargando el sambenito de una admiración cultivada desde niño por el hombre a quien hoy enfrentaba. —La decidió el partido. Y entienda, Dr. Caldera, que yo también tengo buena salud—, remachó el hijo que, a partir de ese momento, se separó del padre.

En ese 1987, Caldera estaba bravo. Había perdido puertas adentro de Copei por primera vez. Siete mil delegados, de los 10 mil que participaron en el Congreso Presidencial Socialcristiano, votaron porque Eduardo —El Tigre— fuera el abanderado verde. Solo dos mil apoyaron al fundador. Mil, se plegaron por la ‘tercera vía’ de Pedro Pablo Aguilar.
 Los sondeos internos daban la mayoría a Eduardo. Y por eso Caldera amenazó sutilmente a los militantes, ese 21 de noviembre, en el Poliedro de Caracas. “Si en esta ocasión en la que he pedido un voto de confianza, el partido me negara esa confianza (...) pasaré a la reserva. No podría ser ya el vocero,  el que ha compartido con Copei momentos malos y buenos”, soltó en la arenga cargada de ironía. Quid pro quo. Algo por algo. 
     
Pese al respeto, pese a su presencia, pese a lo que  su nombre implicaba —Caldera era a Copei lo que Betancourt a AD o Chávez al Psuv—, nadie se conmovió. Aquel sería el primer golpe al ego del fundador.  

Son varios, acérrimos detractores, los que le han atribuido a Caldera el haberse comido a sus hijos, cual mito de Cronos, aquel titán griego. Eduardo fue el primero. A Oswaldo Álvarez Paz, también lo “engulló”.

De las siete veces que optó Rafael Caldera Rodríguez  por la silla presidencial de Miraflores,  en las últimas tres no maniobró de manera sencilla en el  feudo verde. En 1983, debió acordar con Rafael ‘Pepi’ Montes de Oca. Lo hizo desistir de aspirar, en representación del ‘herrerismo’.  

 En el camino de la campaña, le echó a Luis Herrera “la burra pa’l monte”. “Borrón y cuenta nueva” ofreció, para tratar de no cargar como propio el descontento por el fin del dólar a 4,30 bolívares. 

En 1993, en medio de una crisis política inédita, decidió prescindir de Copei porque, el partido, empeñado en hacer caso a la voz popular que pedía cambio de cuadros políticos y relevo, optó por Álvarez Paz como candidato. 

  “Lo último que yo deseo en la vida es enfrentar a Caldera”, dijo Álvarez en ese año 1993. “No pierdo la esperanza de que más temprano que tarde podamos conversar. Quisiera contar con su solidaridad, como candidato o eventualmente como presidente”. 

Si la petición de la gente a los partidos era renovar sus cuadros y refrescar su dirigencia, el zuliano era la definición enciclopédica de ese anhelo popular. Y aunque Caldera se empeñaba en abrogarse el mérito de haber “promovido a todo el mundo”, no le levantó la mano a Oswaldo. 

“Fue un error. Porque en ese momento, el venezolano pedía un relevo en los partidos —advierte Fernández—. Otras caras”. De paso, Álvarez provenía de la descentralización: había sido el primer gobernador del Zulia electo por votación popular en 1989, con un adeco en Miraflores. Doble triunfo verde. 
 
Mirando en el retrovisor, en su  constante carrera por la presidencia, Caldera rompió la cinta de la meta por primera vez en 1968 ante Gonzalo Barrios. “Prefiero una derrota dudosa antes que una victoria sospechosa”, pronunció el candidato adeco luego de la proclamación del triunfo. Porque Caldera no fue hombre de arrastre, de votaciones fastuosas, de masas. En ese 1968 alcanzó la primera magistratura con un 29,13% de los votos válidos. Solo 33 mil papeletas verdes más que blancas. 

 Era la quinta vez que la perseguía. El palacio de Misia Jacinta le era esquivo: en 1947 lo derrotó Rómulo Gallegos. En 1952 se negó a pactar con Marcos Pérez Jiménez su intento de legitimarse por medio de un fraude. En 1958, quedó tercero, tras Rómulo Betancourt y Wolfang Larrazábal. Y aún en 1963, Leoni le arrebató el triunfo. No se cansó. 

 “Caldera tuvo la maquinaria del partido en el ‘58, ‘63 y ‘68, porque legítimamente, le tocaba;  e incluso, en el ‘83, aunque ese año más de medio Copei tenía reticencias”, dice desde el retiro un dirigente verde que pide que no se revele su nombre.

Solo una disposición constitucional le impidió repetir la candidatura en 1973 y 1978: debía esperar 10 años para intentar reelegirse. Lorenzo Fernández y Luis Herrera Campíns asumieron la nominación de Copei, bajo su sombra. “Aceptó a regañadientes a su amigo Lorenzo, pero a Luis, ¡cómo costó que lo aceptara!”, agrega el secreto dirigente. 

Aunque “devorado”, ‘El Tigre’ fue quien, en 1988, hizo frente a un arrollador Carlos Andrés Pérez. “Lo del doctor Caldera —cuenta hoy Fernández, con un  incólume respeto por su mentor— fue una cosa casi patológica. Hay un libro del español Gregorio Marañón, titulado: El conde duque de Olivares, la pasión de mandar (de 1936), en el que se ilustra precisamente esta tendencia, una cosa en el Dr. Caldera, casi psicológica, psiquiátrica”. 

  A Fernández no le cuesta hablar de Caldera, aunque no escatima en detallar el ‘dolor’ que sintió cuando el padre de Copei no lo apoyó en su candidatura. 
 
“Aunque lo anunció, no pasó a la reserva. Cada cierto tiempo declaraba en mi contra, haciéndole juego a Carlos Andrés. Quizá —entrando en el terreno de las suposiciones— calculó que, siendo Pérez presidente, él podría, con más facilidad, aspirar de nuevo en 1993”. 

“No quiero hablar de él”, dijo Caldera al periodista Nelson Hyppolite Ortega en 1988, al referirse a Luis Alberto Machado, un dirigente copeyano “que le fue tan leal como yo”, advierte Fernández. De nuevo, desde la sombras, el oculto copeyano que prefiere no decir su nombre, afirma: “Se molestó muchísimo con Machado, solo porque él le dijo, le hizo ver, basado en la confianza que se tenían: si el partido respaldó a Fernández, el candidato ha de ser Fernández”.

A la séptima volvió a Miraflores a dirigir el último gobierno de la etapa que después Hugo Chávez bautizaría como Cuarta República, aquella, hija de Caldera. De esa paternidad no se tiene ninguna duda. Junto a Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, Caldera fue padre de ese proyecto de país. Padre incluso de la mismísima Constitución de 1961. 

No tenía ni la vitalidad, ni la fuerza de otros días, aunque ya lo “achacoso” y lo “viejo” se lo endilgaban sus adversarios en Copei desde que volvió a correr la maratón presidencial contra Jaime Lusinchi en 1983. No es que el adeco fuese un ‘pavo’: tenía 59 años. Pero Caldera ya sumaba 67. Y se notaba. 

“Se sentía ungido por la Providencia para ser Presidente”, explica El Tigre, ya retirado de la dirigencia de Copei, a sus 73 años, dedicado a la docencia. Su mentor aspiró a Miraflores a los 77 años y entregó el poder a los 82. 

 En ese último gobierno se le vio físicamente deteriorado. Esa gestión, marcada por una singular crisis política y económica, le exigió mucho. Y lo minó, aún más. A los 82 años, al entregar el poder a Hugo Chávez, era un abuelo de muy avanzada edad. 

“El respeto siempre prevaleció. Tuvo varios gestos conmigo que fueron honores, como participar en las honras a la memoria de Arístides Calvani, en dos oportunidades”, concede hoy, ‘El Tigre’.  

Caldera es un apellido fundamental en la historia  venezolana. “Dios es Caldera”, decían en Copei, aunque el aludido lo negara. Un nombre, hoy centenario, sinónimo de otras épocas, de otros gobiernos, de otros tiempos. 

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1Comentarios

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Ingeborg Sainz Roble 24/01/2016 10:12 AM

Ángel Mendoza gracias por un excelente inicio de domingo. Pluma prometedora.


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