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Actualizado hace 171 minutos

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Política y Economía
08:00 AM / 26/02/2017
ENTREVISTA: "En los barrios el perdón es tarea obligatoria"
Sabrina Machado/smachado@panodi.com
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TRINA BAJO PROFESORA .                                                   FOTOGRAFIA. ARMANDO ARISTIGUIETA                              FECHA.-16-02-2017
Copyright (c) 1998 Hewlett-Packard Company

Trina Bajo aboga por una escuela abierta, sin estigmatizaciones, capaz de no aburrir y marginar al joven que no encuadra rápidamente en el prototipo deseado.

 

-¿Qué haces aquí? Yo soy un malandro. ¿No sabes quién soy yo? No, no te conozco, pero como no tienes pistola no te veo tan malandro. -¿Por qué te empatas con un malandro? Porque me da prestigio. - Ustedes se arriesgan mucho. Un día de estos van a pasar un susto. -Y, en efecto, pasamos muchos.

 

Estos son solo algunos de los diálogos que recurrentemente sostiene la profesora Trina Bajo con sus alumnos, con los jóvenes que marcan su vida a diario, desde los colegios de Fe y Alegría, escuelas ancladas en los barrios populares de Caracas, esos donde la violencia se ha empeñado en ganarle espacios a la convivencia, a la esperanza y al futuro.

 

Sin embargo, la disposición de maestras como Bajo supone una apuesta para el mañana, una cachetada a la desolación y al desaliento. Esta profesora cada mañana se pone su mejor sonrisa y busca su frase más osada para ganarle al miedo y arrancar a un joven de las fauces de la muerte y la cárcel.

 

Está consciente que la tarea es súper ardua, que no está asegurada, que viene bañada de miedo y de un terrible sueldo y, muchas veces, de dolor, cuando observa cómo los esfuerzos se van al bote de la basura al recibir terribles dosis de realidad. Un alumno muerto o preso siempre implica un retroceso, más no culpa.

 

“Siempre sientes como si cayera preso o muerto un familiar tuyo, pero nunca sientes culpa, no debes sentir culpa, porque ya no puedes ayudar, la decisión final fue de él”, afirma con serenidad esta mujer, bajo una estampa de casi religiosa, de contextura media y sonrisa tenue, quien acaba de ser galardonada con el premio de Derechos Humanos, concedido por la embajada de Canadá en Venezuela.

 

La profesora Bajo tiene 38 años en la docencia. 

 

De 60 años, 38 los ha dedicado de lleno a la educación y, particularmente, a la educación popular, de convivencia ciudadana, de valores de pastoral, de productividad, de las manos del concepto Fe y Alegría. Es una fervorosa creyente del cambio, de la transformación lograda de la mano de la escuela, pero no la escuela como estructura física, formal, sino aquella integrada por hombres y mujeres que hacen vida en su interior.

 

A su parecer, en la medida que esta escuela sea capaz de captar el interés y la atención de ese joven rebelde, que crece estigmatizado por una sociedad por el simple lugar de residencia o por su comportamiento o, sencillamente, por el rendimiento escolar, habrá “brotes de vida, de esperanza”. Apuesta a la educación, no la formal, sino a la verdadera, la que es capaz de llegar al futuro.

 

Laica vedruna, por convicción, creyente del evangelio de Jesús, Bajo cree en el alcance de la palabra, acompañada de la acción, a pesar de la dura realidad que ha vivido en los distintos centros en los que ha trabajado. En San Agustín del Sur disfrutó de la armoniosidad, solidaridad y enriquecimiento popular de la mano de la salsa, del Grupo Madera, de esa corriente que hoy es un signo característico de esta comunidad caraqueña. Sin embargo, a la par, vio a sus alumnos correr a esconderse en medio de tiroteos, vio a hombres tirotear una urna, por el simple hecho de mandar un mensaje, un código de venganza.

 

En Petare, la realidad no es distinta, al contrario, puede ser más ruda, ya que los 30 años de servicio no la acompañan en este sector. Es una recién llegada que no merece mayor respeto, y a la que se le para cualquier muchacho deslenguado y se le presenta como malandro. Ahí también ha presenciado cómo la muerte lleva desaliento a donde llegue, sin importar que la víctima sea propia o extraña.

 

“El tema de la venganza siempre es un hueso duro de roer. Entender lo que nosotros decimos en la escuela del perdón es muy difícil, porque hemos tenido estudiantes en la misma aula que el papá de uno ha matado al papá del otro. Siempre estamos con el tema del perdón. Es difícil, pero es una tarea obligatoria”, dice la mujer reflexivamente.

 

Su labor fue reconocida por la embajada de Canadá en el país.

 

El perdón y la venganza son conceptos que no escapan de esta pastoral en la que se ha convertido su vida. En octubre pasado, ante un procedimiento de la Operación de Liberación del Pueblo (OLP) resultaron muertas 10 personas, cinco del barrio Unión de Petare, donde se encuentra la profesora, desde el colegio María Inmaculada.

 

Fue tan fuerte el impacto que generó el procedimiento en la población que desde el mismo acto cívico se debió fijar posición —reconoció la docente—, rechazando la violencia. “Nos estamos comportando al mismo nivel de los que matan”, dijeron desde el patio central. No fueron pocas las voces que dijeron: “esos eran unos malandros, bien muertos están”. Ante el murmullo generalizado la profesora solo pensó que el tema justicia y ética tiene que ser abordado a diario.

 

 —¿Es fácil perdonar?

—El perdón exige un trabajo de hormiguita, de empezar por uno. Que los muchachos no te oigan solo decirlo, sino que vean que lo vives, porque hay muchas cosas que personar que no solo son asesinatos de personas. Las mismas situaciones de conflictos entre docentes y estudiantes, que un profesor no tome “venganza” porque un muchacho le rallara el carro, o le dijera cualquier cosa. En la sociedad en que vivimos el tema de la venganza está presente.

 

 —¿Qué tan estigmatizados están los jóvenes de los barrios populares?

—Aunque son muy vulnerables a los grupos que quieren introducirlos a la violencia, son muchachos que tienen una resiliencia grande, sobretodo si logramos que permanezcan en el colegio. No en la educación formal, sino en los grupos juveniles, que se integren. Hay mucho que transformar, mucho que innovar para que a ellos la escuela les diga algo, no les sea aburrida, y no sea nuevamente motivo de estigmatización.

 

Es como ver el cubo de Rubik, vas moviendo las piezas hasta ver la armonía de colores. Estos son muchachos que están buscando caminos que de pronto no encuentran en un sistema formal de educación. Esos chicos por ahí no van a poder hacer camino, si los estigmatizas, si les pones muchísimo más difícil las cosas, si no tienen qué comer, si no tienen libro y te empeñas en que las cosas sean formales, tradicionales, los niños no avanzarán.

 

Desde hace tres años se entrega el premio a los Derechos Humanos.

 

 —¿Es optimista en relación con el futuro de esos muchachos?

—En el evangelio, los leprosos eran los marginados integrales de la época de Jesús, y eso es un poquito lo que para muchos muchachos significa pertenecer al barrio o estar en Petare. Ellos mismos se sienten así. ‘Aquí vinimos los malandros’, dicen cuando los ven. Es como reafirmar esa marginación y señalamiento de leprosos.

 

Nos pasa que ellos mismos, para los que están en un barrio más arriba o más abajo ellos, son los leprosos. Por la forma en la que está construida la sociedad el de arriba se recuesta al de abajo, hasta que llega al más bajo nivel, al que le toca patear al perro, porque no le queda más nadie.

 

 —¿La violencia es la lepra actual?

Es una forma sí, porque el violento se va contagiando de esa discriminación, de ese aislamiento al que se somete. En nuestros barrios abunda la violencia.

 

Pero por ejemplo, en Petare encontramos casos de personas que se sienten más segura en los barrios de arriba, que en Petare abajo, porque dentro de todo el barrio tiene una forma de acoger y de ser solidario. Yo creo que eso es lo que tenemos que potenciar, no lo solidaridad para lo negativo, para tapar, sino para seguir adelante.

 

En el tiempo que Trina ha pasado en Petare no solo ha aprendido a lidiar con la violencia, con la carestía (la mitad de los estudiantes de primaría no acudían a clases hasta junio pasado por falta de comida), sino con el miedo, sentimiento que reconoce y acepta.

 

Bajo apuesta a futuro y a una escuela sin estigmatizaciones.

 

Afirma que la única manera de ganarle a este monstruo es “que te relaciones con la persona y la conozcas. Es como cuando cruzas la calle y el conductor te ve, ya sabes que no te va a atropellar, hay un nexo de humano a humano y eso te ayuda a perder miedo”.

 

Ella sigue insistiendo en el mañana, en luchar porque esos jóvenes que hoy no son capaces de ver futuro aprendan a dibujarlo, a recrearlo. “Es muy difícil trabajar con ellos proyectos de vida, porque no se ven más allá de cierta edad. Es muy importante hablarle de las consecuencias y crear pensamientos proyectistas”.

 

Sin embargo, cuando ve a exestudiantes preocupados por el bienestar de sus hijos, que no aceptan la violencia impuesta por las bandas, “se ve que hay pequeños brotes de esperanzas”.

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