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Opinión
06:04 AM / 05/12/2017
La pesadilla de Santos
Ylich Carvajal Centeno / Periodista ylichcarvajal@gmail.com
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Los registros civiles de Cúcuta, Colombia –ha informado la prensa- se han visto colapsados por una multitud de venezolanos que a diario acuden a sus oficinas para solicitar la nacionalidad colombiana. Lo que la prensa no explica es por qué estos molestos venezolanos que osan perturbar la paz del vecino tienen derecho a la nacionalidad colombiana.

Si todos los venezolanos hijos, nietos y bisnietos de colombianos decidieran un buen día hacer uso de su derecho constitucional a tener, además, la nacionalidad de sus padres, abuelos y bisabuelos, la cola para tramitar la cédula colombiana se extendería por toda la Panamericana, desde Cúcuta hasta Caracas o más allá.

Ahora entiendo por qué Venezuela es la “peor pesadilla” del presidente Juan Manuel Santos. El 23 de noviembre pasado el director de Migración Colombia, Christian Krüger, volaba desde Bogotá a Cúcuta alarmado porque en los últimos meses se había registrado un millón de movilizaciones por los tres puntos entre Táchira y el Norte de Santander. El funcionario colombiano explicaba que la gente “va y viene”, la mayoría no tiene la intención de quedarse en el vecino país. 

Lo que aún el Gobierno colombiano no informa es la cifra total de ciudadanos colombianos que en el presente año han decidido fijar su residencia en Venezuela. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) decía que para julio pasado eran 173 mil colombianos que buscaban trabajo, residencia, seguridad y, sobre todo, una mano solidaria en Venezuela.

La oficina de migración desde Bogotá sí dijo a principios de 2017 que el flujo de colombianos a Venezuela había caído significativamente. En los primeros meses del año sólo habían sido un poco más de 20 mil, en 2016 la cifra había pasado las 100 mil almas no precisamente llaneras. 
Las complejas y por lo general conflictivas relaciones que siempre han tenido las dos Repúblicas, nacidas el mismo día y por voluntad de un mismo Libertador, han entrado en estos meses en una de Caín y Abel que no se vivió cuando el Caldas, ni cuando los pleitos por el Golfo, el contrabando, los “carros robados”, ni cuando Páez y Santander decidieron separarse y crear la frontera.

La diferencia umbilical está en que en esta ocasión se ha dado rienda a un sentimiento antivenezolano que nunca antes se había expresado con esa furia. Vos podéis sacar la cuenta de cómo ha sido el trato dado a los venezolanos que han decidido irse a Colombia por los llamados de algunos obispos colombianos a que se muestre una verdadera solidaridad con los “hermanos”. Algunos periodistas de allá también han comentado la “alergia” a los “venecos” y no pocos la hacen roncha.

El trato hostil a los venezolanos, no pocos de ellos con derecho a cédula colombiana, dista mucho del trato en los tiempos en que Cúcuta era el gran centro comercial de los venezolanos y se podía incluso pagar con los hoy odiados bolívares, degradados por una política cambiaria del Gobierno en Bogotá tan hostil como la actitud de los colombianos. 

En Venezuela también se vivió, tiempo atrás, una onda anticolombianos. Se les culpaba de todos los males de la nación, desde el congestionamiento de hospitales y cárceles, hasta el incremento de la violencia. Nada se decía de la mano de obra barata colombiana con base a la que, junto a los guajiros, se levantaron edificios, producían haciendas, entre otras labores.
Cuando el presidente Hugo Chávez decidió reconocer la nacionalidad venezolana a los colombianos que tenían años trabajando y viviendo en el país y que habían adquirido ese derecho, fueron muchas las voces que desde la oposición denunciaron la “entrega de cédulas a los colombianos” como si un delito de lesa patria se tratara. Al presidente Nicolás Maduro se le ha acusado de ser “colombiano”, con esa doble connotación peyorativa que algunos venezolanos le han dado siempre a ese gentilicio.

La hostilidad entre los gobiernos en Caracas y Bogotá, que en ocasiones pasa a la complicidad en un compás, no ha de preocupar a nadie, pero cuando esa hostilidad comienza a expresarse entre los ciudadanos la frontera deja de ser una línea imaginaria y comienza a ser el otro.

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