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Actualizado hace 307 minutos

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Opinión
06:08 AM / 16/10/2018
La paradoja del parlamento silente
Ylich Carvajal Centeno [email protected]
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Las paradojas de mi país tienen el encanto de las arepas, van con todo. Por primera vez en nuestra historia republicana tenemos dos parlamentos, la Asamblea Nacional (AN) y la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y ninguna de las dos parlamenta, ni entre sus miembros y menos con el pueblo al que se deben.
Parafraseando al Libertador, la situación es “el colmo de la miseria”. Nuestra vida como República fue posible, precisamente, por la creación de espacios públicos. Mientras en la metrópolis, en Madrid, la política se hacía en el salón del trono, en el coto cerrado de su majestad católica, en nuestra América la política y con ella las ansias de libertad reverberaban en la plaza mayor, en el mercado y sobre todo, en el cabildo.
La historia tradicional nos ha enseñado que somos libres por las batallas, por la lanza y la espada, pero antes de tomar lanza y espada fuimos libres porque tomamos la palabra, asumimos el debate, el cabildo. De allí el 19 de abril y la Sociedad Patriótica donde resonó la voz continental de Simón Bolívar.
Por eso el “voto de silencio” que como piadosas carmelitas descalzas parecen haber hecho diputados y constituyentes es un escándalo ensordecedor, contrario a su naturaleza deliberante, ajena a la tradición de “radio prestado”. 
La AN se amordazó cuando creyó que su rol era derrocar al presidente de la República por una vía distinta a la del parlamentarismo. Una vía que aún no se sabe cuál es pero que prometía, en palabras de su entonces presidente Henry Ramos Allup, efectividad en seis meses. Pueden los diputados argumentar el caso de los representantes de Amazonas pero tomar la vía del desacato al resto de los Poderes Públicos lo que hizo fue traerlos hasta ese almíbar en el que ahora flotan como hicacos dentro de ese enorme frasco de vidrio en que han convertido al Capitolio.
Pero más estruendoso es el silencio constituyente. Plenipotenciariamente callada es la mamá de las paradojas. Recuerdo que el presidente Hugo Chávez cuando convocó a la de 1999 apeló al discurso de Bolívar en 1819: “¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado a la Soberanía Nacional para que ejerza su voluntad absoluta”. Espero que la actual no celebre tan sonora fecha el año próximo con el silencio que la ha caracterizado hasta ahora. Aunque para solemnidades son buenos.
La prueba irrefutable de que la Constituyente de 1999 produjo un debate nacional como quizás no habíamos tenido desde 1947, mínimo, es que el proyecto de Constitución que Chávez presentó a consideración de los constituyentes no se aprobó de una vez, se sometió a un intenso debate dentro y fuera del hemiciclo y la Constitución que finalmente se votó dista mucho de la que él propuso. Con el inmenso liderazgo que entonces tenía Chávez pudo imponer su proyecto, pero prefirió convocar la Soberanía Nacional para que hiciera su voluntad absoluta.
En estos momentos en que la República está siendo acosada y amenazada por gobiernos extranjeros, por el Imperio. En que se nos ha cercado económica y financieramente. En que organismos como la OEA y la ONU pretenden ser utilizados para invadir nuestra soberanía. En que, consecuencia de esa campaña mundial contra Venezuela, los venezolanos y las venezolanas hemos sido víctimas de la xenofobia y discriminaciones humillantes, que bien nos vendría un  debate franco y abierto sobre quiénes somos y que aspiramos ser como país.
Se informó cuando la ANC cumplió su primer año silente que la Constitución está lista en un 80%, pero tratándose de la Constitución, si es bolivariana, nada estará listo hasta que no se debata con el pueblo, con todo el pueblo, el tricolor, el de las ocho estrellas, el que sólo es posible en la suma de nuestras particularidades, el multiétnico y pluricultural.
Antes de hablar de socialismo, Chávez hablaba de la democracia participativa y el protagonismo del pueblo, por eso convocó a la Constituyente. No pedimos menos que eso, el soberano derecho a participar y no solo a votar.
 

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