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Actualizado hace 28 minutos

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Opinión
06:00 AM / 07/11/2018
Acuarela Do Brazil, por Luis Britto García
Luis Britto García
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¿Qué se podrá decir desde lejos que no sea impreciso o aproximativo sobre Brasil, ese universo de nueve millones de kilómetros cuadrados y 208 millones de habitantes?

 

 

Vota Brasil por un enano que se llama a sí mismo “Mesías”, y a quien apoda “gigante” el asesor estadounidense Steve Bannon. Durante más de un siglo las consignas megalomaníacas han sido el único consuelo que ofrecen las clases dominantes a los quebrantados brasileños: Brazil o Melhor do Mundo, Brazil o mais Grande do mundo, Brazil o Gigante do Sul.  Bolsonaro o Gigante.

 

Sufraga 54% de los votantes brasileños por un candidato sin trayectoria,  obra ni programa, cabecilla del insignificante Partido Social Liberal, quien por estar herido por un agresor no convocó marchas ni  actos masivos ni debatió con sus contendores pero domina a un electorado con 120 millones de suscriptores en WhatsApp y 125 millones en Facebook, clasificado por Big Data y  neuromarketing, engañado con  fake news y promesas personalizadas y contradictorias, que ya no decide controversias políticas en la calle sino en las plataformas 2.0.

 

Los brasileños, en un 64,6% católicos, adeptos de una cultura de la tolerancia y  la transacción que predican telenovelas como Cambalache, Roque SanteiroMandrake yO Negocio, votan por un fanático que dice representar un 22,2% de brasileños evangélicos, y que fulmina intolerancias contra morenos, pobres, mujeres y progresistas,  mayorías en Brasil.

 

Sufragan los brasileños buscando solución para tres males, la crisis económica, la violencia y la corrupción, cuyo orden de prelación logran invertir asesores como Bannon y  monopolios mediáticos como la Rede Globo, que pone y depone presidentes como Color de Mello.

 

 

Votan los brasileños consternados por la violencia eligiendo a un candidato que ofrece combatirla con más violencia. Seguramente los medios inflaron la tasa de homicidios brasileña de 33,3 por cien mil habitantes, similar a la de Venezuela en 2009, cuando una encuesta de “percepción” del INE “demostró” que 23.000 homicidios habrían causado 19.000 defunciones (¿?) y nos adjudicó un imposible 74,08 por cien mil habitantes. Ante el mensaje estúpido de la postverdad,  la  mente sauriana responde con  pánico.

Los brasileños votan contra la crisis económica restándole su apoyo a un partido que llevó al país a ser la sexta economía del mundo, incrementó en su mejor momento hasta 7% anual el PIB, aumentó en 54% el salario mínimo, disminuyó el índice de GINI de  desigualdad a 0,522,  redujo el desempleo a 4,5% y sacó a unos 50 millones de la pobreza. Parece que buena parte de estos recién ingresados en la clase media creyó  que votando contra sus benefactores  podría  volverse oligarca.

 

 

Brasil vota contra la corrupción y por los ricos, sin tener en cuenta que según Honorato de Balzac en el origen de toda fortuna hay un crimen. Con la posible colaboración de agencias de seguridad de Estados Unidos que buscan atraer los capitales fugitivos hacia  paraísos fiscales yankis, se divulgan los Panama Papers, que revelan vínculos entre trasnacionales y políticos latinoamericanos. Siguen procesos donde la única prueba que se alega contra Lula es la sospechosa confesión de un delincuente que la cambia por rebaja de pena, y Dilma es depuesta por malversación de fondos, vale decir, por destinar rubros de una partida presupuestaria a otra, sin guardarse un centavo. No sabemos si las acusaciones son o no legítimas,pero  55% de quienes votaron creyeron en ellas. Las izquierdas, como la mujer del César, no sólo deben ser honestas, sino también parecerlo. Campaña de calumnias no desmentida por  transparencia y estilo de vida de los acusados hace más daño que bombardeo humanitario. No sólo a las izquierdas, que pierden el gobierno, sino al pueblo, que soportará el de las derechas.

 

Quizá muchos brasileños retiran su apoyo a un PT que en trece años de gobierno no realiza una Reforma Agraria ni revierte las escandalosas privatizaciones de Fernando Henrique Cardoso; a un Lula que permitió que 45% de las acciones de Petrobras fueran vendidas en la bolsa de Nueva York, a una Dilma que en 2016 otorga 150 mil millones de reales para 20 mil magnates del agronegocio y sólo 20 mil millones de reales para los cuatro millones de familias de pequeños agricultores; que incurre en fatales alianzas con la centroderecha y que como resultado de ellas nombra vicepresidente a un tal Temer. Saint Just sentencia: “Quien hace una Revolución a medias cava su propia sepultura”.

 

 

El brasileño con su voto subordina a Brasil a Estados Unidos, quien es de hecho su peor enemigo por su política de proteccionismo económico interno y de aniquilación de posibles competidores externos. Mediante agresiones abiertas y  tenaz diplomacia Brasil ha crecido desmesuradamente a costa de sus vecinos. Estados Unidos tratará de aniquilarlo impulsándolo a inútiles guerras contra estos, como empujó a Sadam Hussein a desgastarse contra Irán.

 

 

No hay lapso más corto que la luna de miel  de un neoliberal ¿Cuánto tardarán en tomar la calle los 47.040.906 brasileños que votaron por Haddad? ¿Cuánto tardarán en seguirlos los 57.797.847 que votaron por Bolsonaro en cuanto éste imponga el invariable paquete de la derecha: flexibilidad laboral, baja o congelación de salarios, despidos masivos, desregulación de precios, alquileres e intereses, fin de la educación y la atención a la salud gratuitas, privatización de empresas y recursos naturales, criminalización de la protesta…?

 

Cuando los progresistas ganan, las derechas no pierden nada, salvo uno que otro buen negocio: cuando las derechas ganan, los progresistas pierden todo, desde la libertad hasta la vida. A menos que aprendan de la Historia.

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