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Experiencia Panorama
08:49 AM / 02/03/2016
Rodolfo Izaguirre: Yo soy la historia del cine en Venezuela
Eduardo Fernández
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Panorama
Ibrahim Barrios

 Con sus 85 años y toda la historia del cine venezolano encima, Rodolfo Izaguirre, trajeado en blanco, se paseaba inquieto por el  Centro de Arte Lía Bermúdez de Maracaibo, apoyándose en un bastón que a ratos olvidaba en cualquier rincón. Sus ojos vivarachos saltaban bajo su sombrero de ala corta, también blanco, escudriñándolo todo.
“Chico, el doctor me dijo que tengo claudicación intermitente… Y yo le respondí: ‘Doctor esa enfermedad es una vaina que solo le da a los caballos viejos, cansados de tanto trote. A mí ahora es cuando me queda pista…’ Je, je, je, je…”.

El  papá del escritor Boris Izaguirre durante 20 años estuvo al frente de la Cinemateca Nacional, enseñando los principios  de la academia del séptimo arte. Un connotado crítico, ensayista y novelista.
Ahora, aquel mediodía, después de escudriñarlo todo, el maestro Izaguirre reposaba sentado en el cafetín del “Lía”. Levantaba su mirada sobre el viejo Malecón de aguas plateadas que se perdían en la lejanía del puente sobre el Lago.  

¿Cómo anda el cine venezolano?
—El cine venezolano ha recibido mucho palo, pero hemos aprendido de esos  garrotazos. Los espectadores necesitan nuevos argumentos. Nuestro cine ha diversificado los temas, eso permite abarcar y conquistar otros mercados. Antes era un solo tema; la delincuencia, las prostitutas, los muchachos perseguidos por la policía. Nuestros cineastas están contando nuevas historias y lo están haciendo muy bien.
—¿Cómo es el  comportamiento de nuestro cine ante las nuevas tecnologías?
—Bueno, los jóvenes  las están entendido, están aprendiendo la nueva manera de contar historias, lo que no saben es cómo llegaron a esta tecnología tan vertiginosa y arrechísima que ha modificado el lenguaje del cine, y que ellos han asumido. Llegaron porque esa es mi historia, y la de otra gente que ha muerto, yo soy esa historia; la de Rodolfo Izaguirre que está vivo, soy un pasado que ellos necesitan conocer para saber donde están situados, y al mismo tiempo, yo necesito de esos muchachos  para saber, concha, hacía dónde vamos y qué estamos haciendo. Eso es una retroalimentación necesaria para seguir orientándolos.  

—Entonces, en definitiva: ¿Qué le aconseja a estos  jóvenes cineastas?
—Que hagan su vaina, que asuman su rango. No se pueden apoyar en una muleta, que soy yo, tienen que asumir su responsabilidad, porque  así es como se aprende en el cine. Qué consejo puedo darle yo a esos muchachos, si se equivocan se equivocaron y si triunfan es su triunfo, asuman su película.  
—Para usted,  técnicamente, ¿cuál es el mayor problema del cine?
—No es la historia, porque la historia está allí, el problema está en cómo contarla. Y es cuando aparece el gran fantasma del guión. Lo más difícil de una película es hacer el guión, y para eso se requiere un guionista con talento, pasión y sensibilidad. 

—¿Qué significa Maracaibo en la vida de Rodolfo Izaguirre?
—Parte de mi vida. Aquí nació el cine, hay mucho talento que explotar, y mucha historia que contar. Maracaibo es un volcán de la cultura, su riqueza cultural ha sido la base fundamental para hacer buen cine. Tengo mucho que agradecerle a Maracaibo, aquí aprendí de gente como el pintor Renzo Vestrini, el poeta Hesnor Rivera, de aquellos movimientos; el  Apocalipsis y 40 grados a la Sombra que también reunían personajes como Miyó Vestrini, Alirio Story Richardson y César David Rincón.
 Amanecíamos hablando de cultura y echándonos los tragos en el Piel Roja, un bar ubicado en una esquina de la calle Ciencias, cerca del la plaza Bolívar. No dejaban entrar a Miyó porque era un niñita, prácticamente, pero al final entraba y se tomaba los tragos con nosotros. Miyó, me emociono al recordarla, fabulosa poetisa.  Hesnor era entonces jefe de redacción en PANORAMA, se lavaba la cara  y del Piel Roja se iba al Periódico que estaba cerquita. Hay una estética maracucha que no se definirla, pero la hay. Que tiene que ver con el mal y buen gusto burgués, toda esa vaina junta, como la gaita y los patacones. El maracucho tiene una identidad muy profunda, y allí sumamos a PANORAMA, con más de 100 años, que los maracuchos asumen como su periódico. En ninguna otra parte del mundo se da este fenómeno.  
—¿Qué tanto le ha dado el cine?
—Ajá, primero que todo, la aventura de vivir. Y entender que la verdadera realidad no está si no en la realidad ilusoria del cine. Tú ves una película, termina, la pantalla queda en blanco, sales a la calle. Parece que lo que estás viendo en la calle es irreal, porque la verdadera realidad la acabas de dejar atrás, que es la película. La ilusión de la realidad de la película es, a veces, más fuerte que la propia realidad. La realidad de la vida está en el cine, yo vivo en esa realidad ilusoria, no en esta.
—¿Cumplió su gran sueño?
—¡Claro! Por ejemplo, en la película, Lo que el viento se llevó, que es un melodrama, Scarlet O’ hara  dice: “Juró que nunca pasaré hambre”. Ese juramento hecho por un personaje de ficción, yo, lo hice mío. La realidad del cine es la mía, juré lo mismo que ella juró. Y yo me juramento que nunca he pasado hambre, ella tampoco.
—¿Su obra clásica?
—Mi vida, además de compartir 50 años afectivos con Belén, mi mujer, la madre de mis hijos. Mi trabajo es una pasión, no tiene horario. Soy un hombre privilegiado.
—¿El cine y la política?
—En la belleza del arte y la sensibilidad del tiempo, fuera de cualquier contingencia política desastrosa, hay un amor, una relación de afecto que la política no borra, porque en el arte el uno al otro nos enseñamos a la leyenda y a la aventura de vivir. 
—¿Alguna anécdota inolvidable?
—Te contaré una maracucha. Ese Hesnor Rivera, mi amigo, te digo, era un caso espectacular. El se hizo pasar en Caracas, en una fiesta que nos metimos, como embajador de Pakistán, “país de camellos”, decía, y yo su asistente. Hablaba una lengua que él se inventó y yo tenía que traducir lo que me imaginaba que él quería decir. “Cónchale Hesnor, acabemos con esta cosa,” le pedía. Me miraba serio y continuaba con la lengua que no se sabía que raíces tenía esa vaina, pero era una lengua bien disimulada. La última vez  que lo vi, lucía un traje azul marino, con corbata y pañuelo rojos, y un sombrero. Sí, era como una estampa gardeliana (risas).

 

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