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Actualizado hace 152 minutos

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Experiencia Panorama
09:00 AM / 13/08/2017
La vida en el circo
Otto Rojas
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Panorama

Cuando entras huele a cotufa, algodón de azúcar y tequeños… Pero también huele a nostalgia, a soledad y a distancia. El circo es más que risas, alegría y aplausos. Debajo de esas inmensas lonas rojas y blancas sostenidas por estructuras de metal también existe una vida real. Detrás de la gran carpa llena de fantasía y color se observa el otro lado de la moneda, el no conocido por el público.  Colchonetas con sueños, cocinas, tobos con agua, lavadoras y antenas de televisión por cable son parte de ese mundo oculto que cobra vida cada vez que el gran telón rojo baja y la música deja de sonar.  

Los artistas viven en casas rodantes, acomodadas detrás de las carpas, unas más modernas que otras, algunas modestas y otras mejor equipadas.  A los angostos trailers, dentro del circo, se les llama hogar, allí la niñez crece  y sus padres viven la juventud y la vejez. 

“Es como vivir en un  pequeño vecindario. Todos nos conocemos y formamos una gran familia. Lo difícil es la privacidad,  aquí se sabe todo”,  se ríe el payaso Andrés Castillo, apodado en las noches como “Chicharrín”, mientras se acomoda el corbatín azul brillante del cuello, ya su rostro está todo pintada de blanco con su nariz roja. 

“Chicharrín” comparte su casa rodante con el otro payaso del circo. Cada uno tiene su cuarto y por ende su espacio intimo. En ese recuadro de metal sobre ruedas conviven casi todo el año. Van viajando por el interior de cada país y se instalan en las  principales ciudades. Generalmente, pasan cuatro semanas en cada rincón que visitan, pero en ocasiones, la estancia se prolonga por dos meses, todo depende del flujo de la taquilla.

Él no es nacido en el circo, pero afirma llevarlo “en la sangre”. Desde pequeño jugaba a hacer malabares y adolescente entretenía en los semáforos. Pertenece a  Los Valentinos desde hace catorce meses. La lejanía de su casa materna ya no le afecta, pero asegura que cuando comenzó fue muy difícil ser una especie de “nómada”. “Gracias a la tecnología, puedo hablar a diario con mis padres y los veo en el ínterin en que el circo desmonta la carpa en una ciudad y la monta en otra, en esa semana aprovecho de compartir con mi familia”, asegura. 

Renato y Valentino Fuentes, conocidos en el mundo como “Los Hermanos Valentinos”, fueron conquistados por los aplausos desde pequeños. Ambos nacieron, liberalmente, debajo de la gran carpa que arriba a sus siete décadas.  “El mundo del circo es así tú naces donde te toca, yo en Ciudad de México y mi hermano nació en Laredo, Tamaulipa, en la frontera de México con Estados Unidos, porque el circo estaba de gira por allá”, relata Valentino. 

Para Valentino la vida en el circo es muy bonita: "Llevas alegría a las personas y es una vida normal pero al revés". El artista quien hace de trapecista, domador de tigres y lanzador de cuchillos explica ese mundo. “Normalmente cuando una persona sale de vacaciones suele irse a pasear, nosotros cuando salimos de vacaciones nos vamos a nuestra casa, el circo nunca para, individualmente cada quien toma vacaciones, en mi caso me voy a México, a mi casa materna  a ver la familia, pero ya a los 15 días de estar fuera de los escenarios me dan ganas de regresar a los brazos de las risas del público”.

Nada alejado de la realidad fue la historia de amor que se vivió en la telenovela Kassandra. Digna de un “culebrón”, bajo el circo nacen romances, flechazos entre el público y los artistas. Valentino conoció a su esposa en una de las funciones que dieron en Valencia. “Nuestra historia es muy bonita, ella fue un día al show como público y hubo un cruce de miradas,  ella se enamoró de mí y hubo un intercambio de teléfonos, después de eso estuvo persiguiéndome durante tres años hasta que me logró conquistar”, narra con picardía.  Juntos tienen un hijo que nació en Venezuela, se llama Valentino y también aparece en el escenario.

No es la única historia. Varias parejas caminan juntas con sus hijos alrededor de la carpa. Juan de Dios, un joven de 23 años, desafía el peligro cada vez que se sube a su moto para entrar al “Globo de la muerte”,  uno de los espectáculos más aplaudidos de cada función. Pero no lo hace solo, lo enfrenta junto a su esposa, a quien le enseñó también las acrobacias sobre dos ruedas.

Conoció a la mujer de su vida Alexandra Bustillos, un año menor que él, cuando el circo estaba de paso por Puerto la Cruz, ella trabajaba en una emisora de radio y no era nada cirquera, pero no le importó. “Soy la única mujer en Venezuela que hace este tipo de acrobacias. Tengo dos años practicando el show, y un año haciéndolo, me fue un poco fácil porque me gustan las motos desde pequeña.

La vida se desenvuelve la arena y no escapa de la rutina diaria de cualquier ama de casa. “En el día después de ensayar un poco, me dedico a los quehaceres del hogar, lavar, cocinar y estar pendiente de nuestra hija de dos años”,  comenta Alexandra.

José Agustín Lira tampoco nació en el circo. Tiene doce años haciendo vida en el y lo conoció de casualidad, él entrenaba caballos en la finca de sus padres.  “Renato y Valentino fueron a la hacienda una vez a visitarla y de allí surgió todo. Mi vida cambió, pero me gusta ese giro que dio”.

“En la mañana atiendo a los caballos; hay nueve caballos grandes y doce ponis, me encargo del aseo y darles de comer. Después, toca el entrenamiento. Eso me lleva toda la mañana, la tarde me queda libre para mi antes de la función”, comenta.

José Agustín trata de no caer en la rutina para no aburrirse. Luego que las luces se apagan en el escenario circular y todo el público se va a su casa, él se queda en su hogar: el circo. En su década dentro de la carpa también aprendió a hacer trapecio.  “Acostumbro salir por las tardes a conocer cada ciudad donde llegamos, me gusta disfrutar de un buen  restaurante, ir al centro comercial o ver alguna película en el cine. Hago de mi vida lo más  normal que pueda. En vacaciones, viajo a Valencia a visitar a mi familia”, dice.

La vida en el circo ha cambiado desde la década de los 70. “Mis padres  dormían en carpitas en el piso, como esas, para bañarse era muy rural, con un balde de agua y la cocina era a leña, ahora no”,  comenta Valentino. 

En el circo no existe la jubilación. “Cuando ya no se tiene habilidad para algún acto dentro del show, pasas a ocupar algún oficio administrativo, pero siempre la vida será dentro de la gran carpa”, dice.

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1Comentarios

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endrina jennyreth 13/08/2017 10:48 PM

Me encanta conocer cada anecdota relacionada a los valentinos, en mi pueblo alla en falcon nunca falta uno que vivio o tuvo que darle residencia a ellos mientras estaban de paso o cuando se hiban a todas las tardes a jugar futbol con los muchachos de alla segun me cuentan hasta campeonatos hacian xD


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