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Experiencia Panorama
04:21 PM / 03/09/2018
Henri Cartier-Bresson y el “instante decisivo”, a 110 años de su nacimiento
Daniela Bracho
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Magnum Photos

El tiempo se convirtió en la obsesión vital de Henri Cartier-Bresson. Por más de 60 años se encargó de cazar el “instante decisivo”, el momento irrepetible. Este francés, considerado uno de los mejores fotógrafos de la historia y padre del fotorreportaje, luchó siempre contra el reloj, haciendo lo posible por captar en sus imágenes aquellas emociones efímeras que el alma olvida, pero que el negativo guarda para siempre.

“La vida es muy fluida y a veces las imágenes desaparecen, no hay nada que se pueda hacer, no se le puede decir a la persona ‘por favor, sonría otra vez, haga ese gesto otra vez’. La vida es una sola y para siempre”

A los 16 años, surgió su primer intento por capturar lo que le rodeaba pero a través de la pintura y el dibujo. Nació en Chanteloup-en-Brie, cerca de París, el 22 de agosto de 1908 y se crió en una familia con múltiples inclinaciones artísticas: Un hermano de su padre era pintor y gracias a esta experiencia también se interesó por este arte, puliendo sus habilidades en el taller del profesor André Lhote entre 1927 y 1928, hasta que decidió dejar sus clases para aprender por sí mismo, viajando en primer lugar por África. “Enseñar y aprender no sirve de nada. Lo que cuenta es vivir y observar, mirar. Todas esas escuelas de fotografía no son más que una farsa. ¿Qué es lo que enseñan?”, se cuestionó Cartier-Bresson durante una entrevista concedida a Véra Feyder, en 1969. 

Luego de recorrer durante un año Costa de Marfil en 1930, con 23 años, decidió que no quería observar solo un lienzo en blanco esperando por sus trazos, él quería hacer del mundo y la gente su propio lienzo, dibujando a través del visor de una cámara. Al descubrir una imagen capturada por Martin Munkácsi en la revista Arts et Métiers Graphiques decidió ser fotógrafo. “La fotografía, tal y como yo la concibo, es un dibujo, un croquis rápido realizado con intuición y que no puedes modificar. Si quieres corregir, será en la próxima imagen”.

Entonces compró su primera Leica en 1932 y recorrió Europa. Las imágenes resultantes de estos primeros viajes fueron publicadas en la revista Voilà y Photographies, logrando su primera exposición en 1933 en la galería Julien Levy de Nueva York y posteriormente en el Ateneo Club de Madrid. Uno de los viajes más reveladores en su carrera fue el que emprendió a México, junto a un equipo de etnógrafos. Aunque la misión de los especialistas no fue del todo exitosa, Cartier-Bresson se quedó en este país donde retrató la cultura mexicana y su idiosincrasia.

“Escenifica, hace posar a sus modelos, muestra desnudos en donde crea una circunstancia, compone imágenes surrealistas”, comentó al diario El País el investigador José Antonio Rodríguez. “La visita a México despierta este interés y es clave para entender lo que pasará después con Magnum”, también acotó la investigadora María Fernanda Burela Maldonado.

Muchos fotógrafos gastan su vida buscando aquel magno evento o acontecimientos que les ‘regale’ la mejor imagen de sus vidas. Conciben este arte de esa forma: la mejor foto será la que retrate el evento más llamativo, más pomposo. Este no era el ideal de Cartier-Bresson. Él pasaba desapercibido en la calle, su clave era la observación de su entorno.  “Los hechos no son importantes. Es tu visión sobre los hechos lo que importa y en la fotografía, es importante la evocación”.

Cartier-Bresson también tuvo presencia en el cine, de la mano de nada más y nada menos de Jean Renoir, cuyas obras son clave en la historia del cine francés. Fue el segundo asistente en el rodaje de los filmes Une partie de champagne y La vie est à nous, en 1936.

Durante su carrera, mostró interés por retratar el tema bélico, dirigiendo en 1937 dos documentales: Victoire de la vie, rodado durante la Guerra Civil Española y With the Abraham Lincoln Brigade, sobre la vida de los soldados americanos en la Segunda Guerra Mundial. Tanto se involucró, que en 1940 fue tomado como prisionero por los alemanes, logrando escapar en su tercer intento en febrero de 1943. Un año después de esta experiencia, su trabajo siguió floreciendo y alcanzando nuevos matices, haciendo retratos de artistas de la talla de Henri Matisse y Pablo Picasso.

Y así, desde un rincón cualquiera de París, logró captar el salto de un hombre que a la vez se refleja en un charco de agua de una calle inundada. “Detrás de la Estación de Saint Lazare”, capturada en 1932, es una de las fotografías más conocidas de Henri Cartier-Bresson, obra que alcanzó los 433 mil euros en una subasta realizada en 2011. Los grandes efectos y artilugios en una imagen, en el arte, están sobrevalorados. Este fotógrafo francés, cofundador de la agencia Magnum Photos junto a Robert Capa, Bill Vandivert, David Seymour y George Rodger, encontraba la grandeza de la vida en los pequeños detalles de la cotidianidad.

De ahora en adelante en su carrera, su estilo sería bautizado como “el instante decisivo, lo que él resumía en lo siguiente: “Es una cuestión de concentración. Concéntrate, piensa, observa, mira, y de esta manera estarás listo (…) Cada uno debería solo mirar. Deberíamos estar atentos a nuestra sensibilidad”, le comentó a la periodista Sheila Turner-Seed en 1971.

A Cartier-Bresson le interesaba retratar al hombre y sus expresiones más profundas. “Yo me ocupo casi únicamente del hombre. Los paisajes tienen la eternidad”. Y lo hizo casi totalmente en blanco y negro, nunca se entregó completamente al color, lo encontraba “desagradable”: “Odio eso (…) La razón es porque que fotografías lo que ves. Pero luego hay tintas de dibujo y todo tipo de cosas que no puedes controlar. Hay influencias de mucha gente, ¿y qué tiene que ver eso finalmente con los colores verdaderos?”.

Y no presionaba el obturador de su cámara solo por costumbre o inercia: no se trata de tomar una foto solo por tomarla, solo confiando en la belleza superficial o guiado por estereotipos: “Si no hay emoción, si no hay un shock, si uno no reacciona ante la sensibilidad, no se debe tomar la foto. Es la foto la que nos toma (…) La gente que sabe ver es tan rara como la que sabe escuchar. Tantos piensan por conceptos…”.

Era muy riguroso al momento de componer una imagen. La construcción de la imagen resultaba importante para Cartier-Bresson pero era consciente de lo fugaz de la vida y sus acciones, de nada le valía una imagen perfectamente construida pero sin alma, sin sentimientos: “La composición debe ser una de las preocupaciones constantes, pero al momento de fotografiar, la composición no puede ser más que intuitiva porque estamos ante instantes fugitivos y protagonistas en movimiento (…) La composición no debe estar separada de la emoción”.

Lo que parecía imposible, sucedió: Cartier-Bresson dejó la fotografía en 1974, para dedicarse a dibujar, su primera pasión. A lo largo de la década de los 70, realizó varias exposiciones de sus dibujos y fundó, junto a su esposa y su hija, la Fundación Henri Cartie-Bresson, para mostrar una recopilación de la obra del fotógrafo y servir de plataforma para difundir trabajos de otros artistas.

 Pero en su obra, siempre aplicó lo que llamaba “poesía fotográfica”: “La poesía es la esencia de todo, y es a través de un contacto profundo con la realidad y una vida plenamente vivida que alcanzas esta poesía. Veo fotógrafos que explotan la extrañeza o la torpeza de una escena, pensando que es poesía. ¡No! La poesía es dos elementos que de repente entran en conflicto: una chispa entre dos elementos. Pero eso rara vez se nos da, y no puedes buscarlo. Es como si buscas inspiración. No, todo viene de enriquecerte y vivir”.

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