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Actualizado hace 22 minutos

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Experiencia Panorama
08:00 AM / 19/03/2017
Héctor Manrique: “El teatro es vivo e irrepetible”
Daniela Bracho
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Mónica Guevara

Las historias que cobran vida en la pantalla de un cine o sobre las tablas del teatro lo han conmovido desde la adolescencia. En esa época, de típicas crisis vocacionales, Héctor Manrique no sabía con precisión a qué se dedicaría, pero tenía una certeza: deseaba pertenecer a ese mundo donde la magia nunca desaparece.

Tiene la cualidad de multiplicarse, de transformarse en otro siendo él mismo. Recientemente el cine venezolano lo ha aplaudido como Billo Frómeta en El Malquerido. También como el periodista Oscar Yanes en Reverón, ambas cintas de Diego Rísquez. En el teatro, más de 70 mil espectadores han sido testigos de su transformación en la obra Sangre en el Diván, donde el actor interpreta al controversial psiquiatra venezolano Edmundo Chirinos. 

 “Todo lo que yo quería hacer estaba relacionado con eso, hacer películas, fundamentalmente. Tuve la fortuna de tener un padre que me apoyó y me dijo que probara eso, entonces logré hablar con Rodolfo Izaguirre, que era el director de la Cinemateca Nacional y él me aconsejó hablar con José Ignacio Cabrujas, por ser un hombre que estaba metido en la movida de hacer películas, teatro y televisión. Fue él quien me recomendó que estudiara con Juan Carlos Gené, quien fue mi primer maestro junto con Enrique Porte, él me dijo que eran las personas que sentía con mayores credenciales para dar clases”, expresó el actor.

Entonces comenzó su formación. De lunes a viernes, cinco horas diarias, durante tres años, vivió dedicado a los intensos talleres no solo de actuación, sino de expresión corporal, voz, historia. Todo este viaje finalizó con el estreno de una obra llamada Pedazos, en la que Manrique debutó como actor, en 1983.

Y aunque las dudas sobre si servía o no para el teatro siempre estuvieron presentes, al año siguiente de su debut, protagonizó Ardiente Paciencia con tan solo 20 años. “Después hicieron, a partir de esa obra, una película que se llamó Il Postino, la relación de Neruda con su cartero, pero eso era primero una obra de teatro de Antonio Skármeta y tuve la oportunidad de hacer y estrenarla en Madrid, con un enorme éxito de crítica, de público, hicimos una gira por España, después en Argentina, Uruguay, finalmente la presentamos en Venezuela, siempre acompañado de unas críticas y comentarios verdaderamente elogiosos para toda la obra y para mi trabajo, que era el protagonista, un niño de 20 años. Ese fue un espectáculo que me dio esa seguridad que uno requiere para pensar ‘yo como que sirvo para esto’”.

 Héctor Manrique es un oficiante del teatro desde la actuación y la dirección. Forjador del grupo Actoral 80 en Caracas, cuenta en su haber una carrera que no deja de sorprender. PANORAMA conversó con él a propósito del taller intensivo de actuación que dictará en el Centro Bellas Artes de Maracaibo (CBA) a finales de este mes, con el apoyo del Grupo Teorema.

A los 28 años impartió sus primeras clases en el Grupo Actoral 80. Fue primero maestro que director: “A los 32 años dirigí mi primera obra (…) Dar clases, para un actor, es un hecho alquímico, uno también se transforma cuando da clases y uno se pregunta cosas, con todo lo que está pasando en el escenario, uno está constantemente interrogándose si eso será así. Eso es muy importante (…) Siempre he sentido una gran responsabilidad con las clases, porque además siento una gran responsabilidad con las generaciones que vienen”.

Es eso lo que lo trae a Maracaibo del 27 al 30 de marzo: mostrar esas claves esenciales que debe internalizar cualquier actor.  “Yo doy clases porque, por un lado, es algo en lo que aprendo mucho. Además, me formé mucho para dar clases, para mí no es la consecuencia, como veo en muchas ocasiones, de no tener otra cosa que hacer”.

Insiste en que no busca engañar a nadie: en cuatro días no se forma un actor. Desea compartir con los jóvenes zulianos sus más ricas experiencias durante más de 3 décadas sobre las tablas, los puntos esenciales en los que deben trabajar todo entusiasta de la actuación como, por ejemplo, la posibilidad latente del fracaso.

“El fracaso siempre va a ser una opción que tendrás allí, uno aprende de los errores. Cuando comencé, después de haber tenido algunos éxitos, tuve un fracaso muy grande. Yo sentí que eso me enseñó mucho más que todo lo demás. Por ejemplo, en este oficio, uno nunca termina de llegar, eso es lo interesante”.

“En este taller pueden haber algunas claves de lo que uno ha hecho, que sirva de estímulo a otros para hacerlo, porque nosotros hemos tenido dudas, hemos tenido momentos de bajones, momentos difíciles, y las cosas que nos han impulsado a seguir adelante, transmitirlas, hablar de eso en un taller, hacerle entender a la gente que, por ejemplo, el cuerpo es esencial en el actor, que un actor piensa con el cuerpo, será un taller muy dinámico en ese sentido”, enfatiza. Cada vez que un actor o director se involucra en un proyecto, sabe cómo comienza pero no cómo terminará, esto es precisamente lo que lo mueve y lo emociona: la incertidumbre. “Si en este momento lo sigo haciendo (el oficio), creo yo, fundamentalmente, porque me permite la posibilidad de equivocarme. La posibilidad está constantemente allí, no es que uno quiera que eso pase, pero al saber uno que está ahí, es muy excitante. 

No hay una zona de confort en este trabajo o no debería haberla. La posibilidad está constantemente allí, no es que uno quiera que eso pase, pero al saber uno que está ahí, es muy excitante. No hay una zona de confort en este trabajo o no debería haberla”.

Es enemigo de la comodidad en el arte. Considera que la ‘muerte’ comienza desde el momento en que se deja de evolucionar, de crear, y sin duda, afirma, no hay creación. “Si no hay duda, no hay fe, tampoco. Las personas que tienen dudas en todos los ámbitos son los que tienen la fe más profunda. Esos que dudan, investigan, indagan, que se preguntan cosas, que se cuestionan cosas, creo que esos son mejores”.

“El escenario está más vivo que nada, tú podrás creer lo que sea, pero ahí hay un público que se sienta frente a ti a ver lo que haces, y si eso que haces no lo conmueve, si eso que haces no está vivo y se comunica, podrás creer lo que tú quieras pero el público no se lo va a creer”.

¿Y qué pasa cuando los directores subestiman al público creyendo saber lo que éste quiere o necesita saber? "Es una trampa que se tiende uno mismo, le ha pasado muchos creadores, que se tienden esa trampa de creer que saben lo que el público quiere y lo que tenemos es que buscar entre nosotros mismos un gran compromiso con lo que uno quiere transmitir y a partir de allí ya veremos qué pasa con el público" .

El espectador reconoce cuando un espectáculo es hecho con pasión. La misma que puede verse en cada montaje o actuación de Manrique. "Si me cautivan, si la pieza me gusta, si me revuelve la cabeza, la hago. Tampoco creo mucho en aquella gente de teatro que se hacen los intensos, que montan unas cosas que nadie entiende (…) Lo veo aquí, lo veo fuera del país, mucha gente que creo lo hacen no por soberbia sino por pretensión".

Al teatro en Venezuela lo ve con enorme preocupación, así como al país: "El teatro no está divorciado de una realidad que yo veo y me preocupa mucho. Así como los venezolanos estamos resistiendo, creo que el teatro también lo está haciendo". 

Sobre el teatro expresó:  "Si bien actuar en televisión o en cine lo he disfrutado, esa cosa viva e irrepetible que tiene el teatro es lo que más disfruto. Que eso que estás haciendo, lo que ven esos ojos, no lo verá nadie más, que lo que haces morirá apenas termina el espectáculo es muy importante y lo disfruto".

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