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Espectáculos
10:07 AM / 04/07/2016
Partió ‘el irreverente’ del cine venezolano, Mauricio Walerstein
Yesenia Rincón Castellano
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Mauricio Walerstein, un valiente cineasta que  desde las décadas de los 70 y 80, con  pulso firme se atrevió, por primera vez en Venezuela a abordar  temáticas censurables, como la homosexualidad y la  insurrección en tiempos de dictadura, perdió este domingo su batalla contra el cáncer.   

Aunque nació en Ciudad de México, el 29 de marzo de 1945,  Walerstein fue un apasionado venezolano que, a través del cine –sobre todo el que hizo en este país– sin ningún ánimo historicista, exploró el aspecto más íntimo de los impulsos humanos tamizados por el compromiso político y el deseo sexual.

Para muestra, vale recordar solo un puñado de sus títulos más significativos: Cuando quiero llorar no lloro (1973), Crónica de un subversivo latinoamericano (1975), La empresa perdona un momento de locura (1978), Macho y hembra (1985), De mujer a mujer (1986) y Con el corazón en la mano (1988).

A sus 71 años, falleció este domingo en México debido a un cáncer, cuyo inexorable avance padeció al lado de su esposa, la actriz venezolana Marisela Berti. 

Alizar Dahdah Antar, presidenta encargada del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (Cnac), anunció en su cuenta de Twitter en la mañana de ayer: “Con mucha tristeza recibimos la noticia del fallecimiento del cineasta venezolano/mexicano Mauricio Walerstein, que su alma descanse en paz (...) Deja una profunda tristeza para la comunidad cinematográfica de Venezuela y México”. 

Bernado Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine, expresó: “Sin dudas fue un gran cineasta, quien fue factor primordial para el desarrollo del cine venezolano. Fue  parte del llamado “boom” de los años setenta y ochenta, esa época en la que las producciones locales devolvían a los espectadores la más nítida imagen de la realidad nacional”.


La emoción que le produjo la posibilidad  de adaptar para la pantalla grande la novela de Miguel Otero Silva, Cuando quiero llorar no lloro, lo trajo a Venezuela en 1971, porque la historia de los tres Victorinos a los que les tocó vivir el derrocamiento de Rómulo Gallegos y la instauración de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, no podría sortear la censura mexicana de entonces.  

También dejó ver, por primera vez en la gran pantalla venezolana, a dos hombres besándose en la película La máxima felicidad (1982). Y también por primera vez, a dos mujeres tocándose impregnadas de erotismo en  Macho y Hembra (1985).

También nos presentó a un obrero fuera de sí, interpretado nada más que por Simón Díaz, en La empresa perdona un momento de locura.  

Su mayor legado es que nunca se vendió al poder. Nunca hizo cine  para complacer. Nunca traicionó su visión. Y nunca le importó que la crítica lo llevara a la cúspide  o lo aplastara.

 

 

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