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10:18 AM / 17/11/2015
Ella inspiró a su padre y floreció Santa Elena de Uairén
Morelia Morillo Ramos / [email protected]
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Panorama
Morelia Morillo y Tewarhi Scott

Hoy, día de mercado, (Luisa) Elena Fernández Peña y su hermano José Jesús salen de compras. A veces, regresan a casa con las manos vacías. Ella es la mujer que inspiró a su padre a nombrar el sitio que se convertiría en el último pueblo al sureste del territorio venezolano: Santa Elena de Uairén.  Con 95 años, no soporta el bullicio de este pueblo que nada tiene que ver con el paraíso de sus recuerdos: unos pocos indígenas, mucha neblina, mucho verde, agua cristalina y una casa llena de hermanitos. 

Elena Fernández lleva sombrero de paja, lentes oscuros, blusa estampada, collar de falsas perlas, anillo de graduada y prendedor de opaca pedrería. Su cabello y sus cejas van retocados y si su dentadura no es la que Dios le dio, a simple vista luce sana y auténtica. El sombrero es mera costumbre de los que han vivido a la intemperie. Está nublado, a ratos llovizna. Seguramente sabe que esa prenda de copa modesta y ala amplia le suma reciedumbre y por eso pasa sobre las críticas de Isabel, la cuarta de la dinastía, quien se empeña en que se descubra, en que recuerde, en que hable, en que cuente, en que calle. 

Lucas Fernández Peña nació en El Baúl, estado Cojedes. Recorrió los confines venezolanos, por el extremo sureste en 1921. Las versiones, acerca de sus motivos para internarse en estas tierras (entonces al margen de la justicia terrenal) no son pocas, si bien pocas le favorecen tanto como la de su hija. Culpable o no, en la memoria de su Elena, Fernández Peña es un héroe. Relata que en su prima aventura “papá” no consiguió en la zona más que indígenas pemón y que a su regreso, dos años más tarde, lo sorprendió la bandera inglesa sobre el cerro Akurima —voz pemón que se traduce como el sitio de las arañas rojas— y los indígenas balbuceando el idioma de los adventistas.  “Defendió el territorio sin matar gente, sin golpear a nadie”. 

 

“Les dio 24 horas para que se fueran”. Izó el pabellón tricolor y fundó Santa Elena, inicialmente su casa, luego parte del municipio Sifontes del estado Bolívar y, desde 1989, la capital de Gran Sabana. El vicario apostólico del Caroní, monseñor Nistal, lo recomendó como policía de fronteras. Fernández era el único criollo en el Alto Caroní. Durante años, el cargo fue suyo.

 “La casa de los Fernández Peña” se encuentra en la vía que une Santa Elena de Uairén con la comunidad indígena de Manak-Krü, casi al frente de la residencia presidencial (un caserón de piedra y tejas por donde han pasado los presidentes de la IV República y alguna vez el primero de la V) y a metros del templo levantado por los capuchinos (1950) y que hoy es también la catedral. (Si hay buen tiempo, Elena va a misa de ocho los domingos).

Elena vive aún en una pequeña colina, desde donde se ve todo, pero al margen de las miradas forasteras. Una vivienda rural levantada por la democracia venezolana de los setenta como parte de la guerra contra la malaria. A la sombra de un mango antiguo. Sobre el terreno en el que ha vivido toda la vida; dos de sus hermanos son sus vecinos: José Jesús, sus hijos y nietos a la izquierda e Isabel en el bahareque de la derecha.  “Aquí estamos las dos hermanitas: felices, ella con sus matas y yo con mis animalitos”.

 

Entre ambas, sobreviven de pie los cuatro palos del hogar paterno y humea la cocina de leña en la que Elena, con la ayuda de un par de indígenas, guisa res, pescado y arvejas; hace las infusiones de citronella y toronjil que, junto al ayuno frecuente, preservan su buena salud y el café, que sirven a las esporádicas visitas en el pocillo de porcelana empotrada en acero inoxidable.
 
En esos predios está también el peladero que dejó el potrero del jefe del clan y un museo que se empeña en levantar, sin mayores recursos, la mayor de sus hijos. “Esto (la Sabana) alguna vez fue mar y mi papá consiguió muchos fósiles”.

Los Fernández Peña son una casta unida por la sangre de su padre, que con María Josefa, un indígena waika con la que contrajo nupcias el once de octubre de 1931, tuvo 10 hijos, y otros 17  con otras dos mujeres del lugar. Los 27 se conocieron y se quisieron, o al menos se aceptaron y respetaron. 

Elena conoció a Jimmy Angel, el aviador norteamericano, “el descubridor” oficial del Kerepakupai Meru (Salto Ángel).  Con él sobrevoló Roraima. Elena se asustó, pero pronto recobró el aliento. “Era el primer vuelo de Angel desde Santa Elena. Para mí fue algo grandioso: ver al mundo bajo los pies de uno y uno volando como un ave”. Elena se enamoró de los aviones, de los viajes y nombró a Angel su padrino. “Era gordo y amable, al igual que su esposa. Ellos acampaban aquí en el patio porque el señor Jimmy trabajaba con papá en registros fronterizos”.

Más tarde, Lucas Fernández Peña pasó a ser el jefe de aeropuerto y Elena su secretaria; tras el retiro del viejo, Elena lo sucedió en el cargo, de ahí salió jubilada. “Ella fue la primera mujer jefa de aeropuerto de Latinoamérica”, presume su hermano el morocho Juan Miguel. 
 


Creció en casa. Tenía 10 años cuando llegó a la Sabana la Misión Capuchina, que primero se estableció sobre el Akürima y a los días se mudó a una habitación que Fernández Peña, para entonces policía, les cedió. Elena llegó a sexto grado.  La mayor de los Fernández Peña nunca se casó. Era muy exigente, muy celosa (…). “Quedé inmunizada contra el amor”. Su último pretendiente fue un alemán, un comprador de oro y diamantes de la zona de Ikabaru. Pero a él, como a los anteriores, al verle “un punto” (un defecto) lo despachó con anillos (de matrimonio) timbrados inclusive.
 
Le hubiera gustado tener sus “muchachitos”. Es tía de medio pueblo. Un sobrino me confió que su tía adoptó, sin más trámite que el cariño, al hijo de una de las indígenas que le hacen compañía. “Es muy delicada y a él (Ezequiel Andrés) le permite lo que nunca a nosotros: acostarnos en su cama”.

Jesús De La Torre, encargado de la Educación Religiosa Escolar del Vicariato Apostólico del Caroní, asegura que Fernández Peña designó como Santa Elena a su sitio familiar. Los capuchinos llamaron San Francisco de Uairén a su misión, en las cercanías del río Uairén. Y en Caracas, a más de 1.500 kilómetros, alguien fusionó el lugar de origen de la correspondencia fronteriza en una opción intermedia, diplomática: Santa Elena de Uairén. 

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