El pasado 16 celebró sus 47 años, fracturándose tres costillas al caerse de un caballo. Ha protagonizado controversiales escenas sexuales en vivo durante 21 años de carrera. El canal privado MTV ha sido testigo de su transformación en estrella.
Robert Arapé
Siempre devoró el escenario. Siempre causó conmoción. Roía el destino por una oportunidad para subirle el volumen al mundo del espectáculo. Y la ocasión se presentó la noche de la primera entrega del MTV Video Music Award. Ni siquiera estaba nerviosa cuando Bette Midler gritó: “¡Con todos ustedes... Madonna!”.
Ese 24 de septiembre de 1984 interpretó “Like a virgin”, en el Radio City Music Hall de Nueva York, con un ritmo vibrante. Vestida con un traje de novia, ofrecía a las cámaras su vientre ávido de sexo. Se tiraba al suelo y abría las piernas. Sin rastro alguno de virginidad.
Su nombre ascendió de inmediato a los cielos de la industria discográfica. Semanas después grabó el videoclip del tema paseando en góndola por los canales de Venecia. Los dardos daban en el blanco. Remedó la imagen platinada de Marilyn Monroe para el promocional de “Material girl”. Buscó un séquito de aduladores en frac, quienes en secuencias bailables la conquistaban con suntuosos collares y destapaban botellas de champaña.
“Se marchó con las manos vacías de la entrega anual del Grammy -comentó Jorge Patiño, crítico musical argentino y redactor de Rolling Stone Latinoamérica-. Su primer gran momento fue eclipsado por la fuerza punk de Cyndi Lauper, la estimulante voz de ‘Time after time’, el clásico de una estrella fugaz”.
Como una oración
Nada pudo detenerla. Los conciertos “The blonde ambition”, iniciados en el verano de 1990, dejaron al mundo con la boca abierta. Trajeada de sacerdotisa negra, escenificó el interior de un templo gótico para insultar al dios católico. Cara a cara. “La crítica censuró hasta la hoguera al corto musical ‘Like a prayer’ -recuerda Mariano Serrano, quien acudió a la cita en el Palau Sant Jordi, en España-. Testigo de un asesinato, entra a una iglesia al pie de una colina. Sueña que el santo negro la abraza y, dulcemente, la besa”. Madonna baila mientras arde un horizonte de cruces en llamas. El Vaticano protestó.
Aún restaban dos horas de espectáculo. Trajeada con el corsé dorado de busto puntiagudo, diseñado por Jean-Paul Gaultier, se montó en una cama forrada en seda escarlata, custodiada por dos estilizados sirvientes en mayas negras y bustos fálicos, y, excitada, sedienta, insaciable, representó la mordida del orgasmo. Las luces apagadas ahogaron los gemidos teatrales de su masturbación.
“Revolucionó la música pop a través del escándalo -opina Pablo Dagnino, jurado de ‘Fama, sudor y lágrimas’ y líder de la banda de rock ‘Pixel’-. Desmenuzó el tema sexual sin ninguna censura. Nadie la ha igualado”.
Día de fiesta
Cegada por la ambición, soñó día y noche con la fama. Y, por fortuna, la suerte le sonrió. Llegó a Nueva York en 1983. La ciudad la deslumbraba. Portaba anteojos oscuros para sujetar el cabello salvaje, además de abalorios colgados al cuello.
“Atrás dejó su hogar, en Bay City, Michigan -relata Miguel Aldana, típico fanático de la celebridad: coleccionista de los discos y fotos de la diva e imitador de sus pasos de baile-. Allí nació un 16 de agosto de 1958 con el nombre de Madonna Louise Veronica Ciccone Fortin. A la edad de cinco años su madre murió de un cáncer de mama. Su padre, Silvio Ciccone, un inmigrante italiano dedicado a la construcción, volvió a casarse. Sintiéndose traicionada, juró no pisar jamás la tumba de su progenitora, de quien heredó el nombre”.
La niña creció y la danza la ocupó por entero. Delgada, frágil, de un metro 63 centímetros, cumplió con las exigencias de la disciplina. Christopher Flynn le enseñó a bailar con rigurosidad soviética. La invitó a los bares gay de San Francisco, con el propósito de capturar juntos la emoción liberadora del baile. Como si observara una carta del tarot, leyó en los ojos de Madonna el talento de una estrella. No la detuvo al partir, rumbo a la fama, con sólo 80 dólares.
Su dieta de entonces consistía en palomitas de maíz y helado. Posó desnuda para algunos fotógrafos. Fundó dos bandas -Breakfast Club y Emmy-, con sus novios del momento, Steve Bray y Dan Gilroy. Era otra más del montón de aspirantes a estrellas presentándose en el Max’s Kansas City. Perdió la cuenta del número de abortos practicados. Cuando la contrataron en solitario, no lo pensó dos veces para abandonar a John “Jellybean” Benítez, el productor de su primer éxito, “Holiday”, un pegajoso himno a la alegría.
Telefoneaba a las emisoras radiales para solicitar su canción “Everybody”. Seducía a los disc jockeys para que pincharan ese hit en los clubes nocturnos. Saltaba a la pista con el ritmo de su voz para popularizarlo. Integrándose a la diversión, conquistó a todos, sin distinción de sexo, religión o color de piel. Y nadie aún la conocía.
Profundo y profundo
Bajo la mágica lluvia de lentejuelas fucsias, la fiesta continuó en el escenario. Le abrió las puertas del mundo a las minorías sexuales con la gira de 1993 “The girlie show”. Invitó a una legión de bailarines negros, homosexuales, de piernas voluptuosas, brazos elásticos y personalidades imponentes. Descendió de una esfera de espejos destellantes, con un afro dorado a la cabeza. Se ubicó en el centro del grupo, envuelto en marabú, dando vueltas y vueltas, al ritmo de “Deeper and deeper”, todos desinhibidos y sincronizados, hasta culminar en una orgía de identidades diluidas.
“Ella era el centro del universo -relata el boricua Carlos Gómez, quien asistió al show en el Office Depot Center, en Sunrise, Florida-. Era inverosímil: para ‘Cherish’, los bailarines se movían por el suelo disfrazados de sirenas”.
“Vogue” la iluminó con un fulgor desconocido. Grabó el video, en blanco y negro, al estilo de los personajes de la pintora Tamara de Lempicka y montó una coreografía de pasos veloces, inspirada en los bailes de los bares gays latinos. Así homenajeó a las divas de Hollywood. “Su empatía por las comunidades gay y negra sacudió la relación entre los sexos y las razas. Junto con Mijail Gorbachov fue uno de los individuos más importantes de la década”, escribió Andrew Morton, en la biografía autorizada de la cantante.
De nuevo fue nominada al MTV Video Music Award. Dobló la canción como una dama del siglo XVIII, empolvada, perversa, con el abanico en la mano, desplazándose ligera entre el cortinaje barroco a pesar del armador drapeado. Un séquito de sirvientes abofeteaba al público con la superioridad de su condición sexual. No obstante, Sinêad O’Connor, la irlandesa de cabeza rapada, con su éxito “Nothing compare 2 U”, le arrebató el máximo galardón.
Un rayo de luz
“Camaleónica, recurrió a la alta costura cuando fue calificada de vulgar -expone el diseñador zuliano Nidal Nouaihed-. ‘Vogue’ fue el eslabón entre la estrella callejera y la diva glamorosa”. Sin embargo, nunca le importó cuánto pensaran de ella. Subyugada, invitó a una cena privada a Sean Penn. Fue amor a primera vista. Se miraron a los ojos mientras Madonna descendía de la escalera escarlata al grabar “Material girl”. Penn le envió chocolates y flores, y su pasión desató un torbellino. Insultó, con revólver en mano, a los admiradores de las curvas de su esposa. Madonna se cortó el cabello y cantó su romance en “Live to tell”.
La tormenta degeneró en huracán. La chica materialista buscaba diversiones junto con las sexualmente sospechosas Sandra Bernhard e Ingrid Casares. Penn disparó a un paparazzi por preguntarle si su cónyuge era lesbiana. Madonna nunca lo negó. Su respuesta la grabó en el video “Justify my love”. Con letra de Lenny Kravits, allí besó a Casares. Apasionadamente. “Es un gran símbolo -explica Félix Allueva, presidente del Festival Nuevas Bandas-. Cuando las mujeres no fijaban una posición, saltó la barrera de la censura con producciones icónicas”. Fue más lejos todavía. Cantó “Erotica”, el himno subconsciente de una ninfómana. Luego publicó “Sex”, un libro con imágenes incalificables: gritos orgásmicos, Madonna desnuda y en tacones en plena calle, rockeros sodomizados por la reina de “La isla bonita”.
Una tarde salió de su compañía Maverick, se cambió de ropa y caminó rumbo al Central Park. Un atlético latino llamó su atención y mandó a contactarlo como entrenador personal. Así de simple, Carlos León entró a su vida. La niña Lourdes María es el fruto de ambos. La ruptura no tardó. Viajó a la India y se convirtió a la cábala. La suerte le brilló al ganar el MTV por “Ray of light”, la vertiginosa descripción de la vida urbana.
Durante una cena en el palacete inglés de Sting, conoció a su actual esposo, el productor Guy Ritchie, heredero de un título nobiliario menor, con dislexia severa. Ocupada en escribir libros infantiles, dedicados a sus hijos Lola y Rocco, decidió, durante la edición 2004 de MTV, homenajear a la primera “virgen” del pop. Veinte años después.
Britney Spears y Christina Aguilera interpretaron las primeras notas de “Like a virgin”, vestidas de novias, mientras Madonna salió de un pastel nupcial con traje de maestro de ceremonia. Su tema “Hollywood” sonaba en la cabeza de todos cuando la luminaria besó en la boca a la nueva generación de estrellas. Así Madonna se ha convertido en espectáculo. Así se ha convertido en una verdadera leyenda.
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