PERFIL. La escultora Lía Bermúdez más allá de la soldadura y sus creaciones
La POETISA del hierro
Texto: Heilet Morales
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Foto: ARCHIVO
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El maestro Jesús Soto marcó su carrera. De niña prefería dibujar, antes que jugar muñecas. Una princesa guajira le develó los encantos del Zulia. La escultura le permite manejar el espacio. El martes 4 se cumplen 10 años de la apertura del centro de arte que lleva su nombre.
El Zulia apareció en la vida de Lía Bermúdez como una secuencia de imágenes que le imprimió movimiento a su existencia desde muy niña, cuando una princesa guajira le mostró el misterio de una región que, poco después, transformó a la tímida caraqueña en una zuliana más.
Tras 57 años en Maracaibo, aún conserva su acento capitalino y recuerda perfectamente su llegada a una ciudad que le pareció diferente. “Entrar por ese Lago inmenso y acercarme a la metrópolis era como ver un lugar distinto, con techos multicolores al estilo holandés y una arquitectura con influencia caribeña que me emocionó”.
Eran los días (1946) cuando las traslúcidas aguas del Lago de Maracaibo acogían toda la influencia de los europeos, quienes escapando a los horrores de la posguerra transformaron al puerto en el principal eje cultural de la urbe.
Llegó acompañada de su esposo, Rafael Bermúdez, un guayanés que empeñó su futuro en una fábrica de mosaicos que les permitiría vivir en una capital que artísticamente se nutría de los primeros pasos de Jesús Soto y la generación de Víctor Valera, Francisco Hung y la propia Lía.
Aquella época la recuerda Valera con tristeza: “Era una mujer deliciosa, llena de encantos, casi una hermana, tanto para Soto como para mí. El tiempo nos puso en diferentes situaciones, tanto artísticas como humanas y tal vez es la vida la culpable”.
En Caracas dejó sus primeros ensayos en la escultura que discurrieron en la escuela Cristóbal Rojas, compartiendo con Francisco Narváez y Soto.
Fue a través de Trilla, catalán que llegó a Maracaibo durante la guerra española y a quien cautivó tras hablarle de Antonio Gaudí, como tuvo su primer contacto con la soldadura.
“Es el más completo de los artistas”, así resume su admiración por el español (Gaudí) cuyo nombre lleva su casa.
“Escogí la escultura porque no era suficiente el plano, mis piezas me permiten manejar el espacio real”, suelta Lía, quien se identifica con el constructivismo.
Su apasionada inclinación por el arte encontró espacio luego que su esposo la inscribió en la Escuela de Arte Julio Árraga, donde una vez más tendría en Soto a su principal referente artístico.
El maestro recuerda el apoyo que encontró en Lía para sus proyectos fuera del país. “Tenía la necesidad de irme a Francia -explica- de buscar nuevos horizontes. Ella junto con Hesnor Rivera fueron mi principal estímulo, recuerdo una suerte de peña en la cual discutíamos temas del arte”.
El episodio más inolvidable que le tocó vivir con el maestro guayanés se produjo tras su llegada de París.
“Acababa de ganar un premio en el salón d' Empaire, Soto observó mi obra y no me dijo nada. Después lo llevé a Gaudí para que viera mi trabajo. Esperaba que dijera algo, y soltó: esto es lo que tú haces, eso no sirve para nada, pretendes decir en tu obra lo que sientes y a nadie le interesa saberlo”, cuenta Lía, quien tras la experiencia, no tuvo otra alternativa que leer los libros que el maestro le sugirió.
La popular parroquia de Santa Rosalía, en Caracas, vio nacer el 4 de agosto de 1929 a Carmen Rosalía González Ágreda, hija de Carlos Raúl González Sánchez y Carmen Esther Ágreda de González, cuyo hogar estaba conformado por María Cecilia, José Raúl y Alicia González. Lía era la tercera.
Su padre se dedicó al comercio, aunque con cierta inestabilidad; y su madre a los oficios del hogar, donde desarrolló todo su ingenio.
A los 77 años, su hermano José Raúl recuerda a Lía siempre con un lápiz en la mano. “Le gustaba más pintar que jugar muñecas”.
“De niña era muy tranquila y dulce, pero cuando se molestaba lo hacía de verdad. Una vez le hice muecas con la cara y no le gustó. Tomó un palo y me persiguió por toda la casa, tuve que correr y mucho”, cuenta el único varón de la familia.
El centro de arte -sigue el hermano- en el fondo lleva otro nombre, el de Carmen Ágreda, porque mi madre fue su fuente de inspiración.
Opinión que la escultora refuerza diciendo: “Lo que tengo de creadora se lo debo a mi madre, quien me cambió el nombre por el de Lía”.
Quería ser bailarina, cuenta José Raúl. Hasta tomó clases de baile.
De su infancia, la escultora no olvida a una princesa guajira que la acercó al Zulia.
“Tenía 10 años cuando desde mi casa escuché la algarabía de mucha gente. Se trataba de un desfile wayuu con la primera reina venezolana, Flor Enmanuel, una hermosa mestiza que lucía una manta guajira multicolor impactante”.
Hizo hasta lo imposible para llegar a aquella mujer, quien era escoltada por un cortejo de hombres a caballo, hasta que lo logró. Al llegar le mostró un papel y la princesa firmó su único autógrafo de aquel día, decía: “A Lía como un recuerdo, de Flor Enmanuel”.
Poco después, otra zuliana le dejó un recuerdo imborrable. Ederquina Borjas, su nana, una cabimera que le ayudó en la crianza de sus hijos.
“Mamá estaba feliz por mis habilidades, aunque pensaba que perdería clases en el colegio”, cuenta Lía.
Clases que discurrían en la Experimental Venezuela, compartiendo pupitres con José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud e Isaac Chocrón, una generación de creadores que se alimentó del modelo educativo de Isaías Medina Angarita.
El amor tocó temprano su puerta tras conocer a Rafael Bermúdez, su compañero desde 1947, de quien se enamoró casi a primera vista. Luego de un noviazgo interrumpido por la distancia, ella se fue a vivir a Estados Unidos para estudiar diseño durante año y medio. Se casaron en la iglesia San Juan de Caracas.
Tras 55 años de unión, Lía continúa siendo el apoyo más incondicional de un hombre que lucha por mantener vivos sus recuerdos.
Los hijos, José Rafael y Bernardo, llegaron luego de dos años de matrimonio. El primero es abogado y ejerce su profesión en Caracas, mientras Bernardo, más allá de la falta de oxígeno que durante su nacimiento lo resignó a una parálisis cerebral, heredó la creatividad de su madre.
Es pintor y, aunque a ratos se deprime, el escaso control que tiene sobre su mano izquierda le permite trazar sus propias imágenes, muchas de las cuales son religiosas. Su progenitora poco habla de la influencia que tuvo en la vocación de su hijo, aunque él, en medio de sus dificultades, atina a decir: “¡Ella!, ¡ella!”, señalando a su madre como la responsable de sus habilidades artísticas.
Aprendida la lección de su maestro, la escultora se transformó en la principal promotora del arte en Maracaibo, haciendo del viejo mercado un centro de arte popular, para lo cual libró una batalla tan dura como el hierro de sus creaciones. Aunque la arquitecta Margarita de Espósito, esposa y colega de José Espósito, subroga a su pareja un papel tan activo como el de Lía en la creación del centro.
Papel que, según Régulo Pachano, director del recinto, se limitó a la labor arquitectónica proyectista del lugar.
Lía luchó a pulso por la obra, suelta la pintora Ofelia Soto, amiga de la artista desde hace más de 30 años. “Jamás pensó que se llamaría como ella (el Camlb). Sólo quería hacer un lugar para las artes, lo del nombre se debe a una solicitud que hizo la Sociedad de Amigos”.
Tan fuertes son sus convicciones en materia cultural, apunta Pachano, que la realización de la exposición “Soto en Maracaibo” era inviable desde todo punto de vista, sólo su perseverancia la hizo posible. Muestra que Lía define como: “El final de un ciclo”.
El Camlb se cristalizó el 4 de noviembre de 1993, poco después de que Lía consideró volver a Caracas, donde trabajaba en las obras de la Corte Suprema de Justicia, el Metro de Caracas y la Torre Consolidada, piezas que, como todas sus creaciones, no tienen nombre, cosa de la cual la artista no se preocupa.
Con un nombre forjado en el horizonte cultural, la creadora sopesa su trabajo escultórico y su afán museístico, labor que no vacila en catalogar como una limitante de su carrera, por el tiempo que le dedicó.
Sus días discurren entre el Camlb y Gaudí, “ese entorno apacible”, donde sus piezas, las de Bernardo y las de sus amigos forman una armonía perfecta.
DURANTE 22 años ejerció como profesora en las escuelas de periodismo y arquitectura. Llegó a las aulas gracias a una exposición abstraccionista que la condujo primero al periodismo y, un año después, a la arquitectura.
CREÓ la cátedra Diseño Gráfico e impulsó la Facultad de Arquitectura.
PROPICIÓ la aparición de la Secretaría de Cultura del Zulia y fue su primera titular.
ES la única gerente cultural “ad honorem” del Zulia. No recibe ninguna remuneración por su gestión al frente de una institución que rescató para el arte popular y las manifestaciones contemporáneas.
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