PERFIL. La poetisa de maracaibo, autora de alas fatales, cumple cien años
María Calcaño TEJIÓ su intimidad
El 12 de diciembre de 1906 vino al mundo una niña que transformó la manera de leer y escribir poesía una década después. Monte Ávila publicará una antología inédita, con su diario, cuentos y nuevos poemas. Hizo versos los temas más escabrosos, que ahora la reivindican.
Texto: Alexis Blanco
La vida de la poetisa María Calcaño es una intensa metáfora de sí misma, una canción íntima, tejida a lo largo de tres libros publicados, más un diario y decenas de versos sueltos que ahora editará Monte Ávila, a partir del trabajo desplegado por la investigadora zuliana María Eugenia Bravo, quien, junto con otra gran periodista, Marlene Nava, tienen en imprenta sendos libros sobre esta mujer, que estaría cumpliendo un siglo el próximo martes, y quien falleció hace 50 años, el 23 de diciembre de 1956.
Maracaibo permanece en deuda con respecto a María Calcaño, una figura fundamental de las letras durante la primera mitad del pasado siglo. Una dama con una historia profundamente literaria, quien desafió las normas sociales y las convenciones morales de su época, para crear una obra poderosa, radical, sumamente atractiva para una pléyade de exégetas, sobre todo mujeres, interesadas en reivindicar el trabajo creador de una excepcional artista de la palabra parida con amor, devoción y entrega. Una metáfora de sí misma.
Tras la publicación de su poemario, Alas fatales, en 1935, el mundo literario de entonces sucumbe ante el portento de sus “verbos hechos carne”. El poeta Andrés Eloy Blanco reveló su perplejidad enviándole una carta: “Se abre el libro, y se enciende como yesquero. Se cierra, se apaga, pero queda uno chamuscado”.
La carta, recopilada por Bravo, devela el corazón del poeta cumanés: “Todos los poemas del libro me gustan. Todos. Es usted terriblemente poeta, y es intrépida y honda: ‘hasta no saberle el tamaño’. ¿Vive usted en Maracaibo definitivamente? ¿Cómo fue eso de publicar en Chile? Yo quisiera saber cosas de usted, María. ¿Quiere contarme cómo recibieron su libro? ¿Y qué edad dice usted que tiene? Lo que sé de usted es que es una gran poeta y tiene un admirable y tierno corazón de diablo. Y que hace arder las manos”.
Fuego grato de una colmena poética que María Calcaño Ortega procuraba alimentar con ardiente tesón. Así escribe, en el hasta ahora inédito poemario, La hermética maravillada, de 1938: “¡Qué males son éstos! / Lloro / y no dejo de estar hermosa. / Pero no puedo moverme en muchas horas... Y esta palidez / que sabe a caricia. / Estoy sonreída / como con otro rostro / muy lejano... Si este ruido que escucho / Fueran tus pies descalzos, / desnudos / ¡para resbalarlos en mi sábana tibia...! Enérgica es la caricia que me inunda”.
María, la de los Calcaños, tituló Marlene Nava su libro sobre la poetisa: “Ella nunca vivió la dulce nostalgia del olvido. Porque hasta la memoria le fue dolor… ‘Nada me duele tanto como acordarme de los primeros días, cuando me quería…’. Su alma nunca tuvo reposo. Desde antes del primer beso, desde el presentimiento. Desde cuando las muñecas le oyeron las últimas canciones, todavía sin él. Y la pasión se le hizo verbo… ‘Mujercita de raso’, la llamaba Héctor (Araujo, el gran amor de su vida) en octubre del 35, cuando recién ella percibía la fisura. Era el comienzo de un final que se le prolongó en la angustia hasta la muerte...”.
Poemas (apunta Bravo) como Desangre y Dádiva de tu sangre más allá de la muerte, aluden al tema del aborto; también trabajó sobre el concubinato y el divorcio; también desarrolló asuntos vinculados con la muerte, el cáncer, la soledad, la nostalgia y el deseo reprimido, todo en un coctel demasiado difícil de digerir para su época.
El poeta Enrique Romero evoca la presencia en PANORAMA y sus páginas de artes y letras, coordinadas entonces por Néstor Leal. “Hace 40 años, Leal hizo una selección de poemas, acompañada de unas líneas esclarecedoras”. Trece años después lanzó una separata, bajo el título La confesión erótica de María Calcaño. Luego, en 1996, Leal publicó Cuerpos desnudos, lechos ardientes, poesía erótica venezolana. Allí se lee: “Fue la primera voz intensamente erótica escuchada en el ámbito de la poesía femenina. No obstante, cierta leyenda escandalosa, a la que contribuyen la mojigatería y la chatura (...) La publicación de Alas fatales fue un acontecimiento singular (...) Dos uruguayas, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, probablemente, la habrían enseñado a saborear con fruición que a veces se convierte en melancolía e incertidumbre, pues en ella subsiste el sentimiento del pecado el prodigio de la ofrenda amorosa, a asumir el goce de existir, a implorar y asediar la dicha entrevista...”.
Calcaño representa, pues, la vanguardia en ese género, con su gran poder evocatorio de la pasión y el instinto carnal. “Verbo hecho carne”, sintetiza, asertivo, el especialista en la obra de la poetisa, Cósimo Mandrillo, quien prolongará las tres obras condensadas por Bravo para Monte Ávila. El catedrático publicó, en 1983, la Antología de María Calcaño, para la Universidad del Zulia.
Enrique León, el director teatral, sacó a la luz una completa Antología poética de María Calcaño, con las Ediciones Pancho, el pájaro. Él, junto con su prima, María Elena Luzardo, conservan profundos nexos afectivos con la poetisa, en tanto descendientes de Olga Luzardo, otra excelsa poeta, militante del Partido Comunista, cuya obra aguarda también por la reivindicación que hoy protagoniza la autora del poema: “¡Sí, yo soy un verso! / Las sienes ardidas, / y las venas trágicas, / y los pechos trémulos!...”.
Pero, ¿quién es ésta sorprendente luminaria quien, en 1917, a los 11 años, ruboriza a sus lectores con creaciones como: “...Me bajo el vestido, como si estuviera desnuda o lo llevara levantado por una sed desconocida. Acabando de salir de los brazos de un hombre todo un día vivido hondamente. Horas y horas de amor, de avasallante placer. Pero ésto es muy distinto. Se resume allí, en el sexo. Es algo que debiera estudiar la medicina, pareciera del otro mundo. Está en mí misma, me hace doblar las rodillas de deliciosa posesión, desde los nueve años. Como si me tomara yo misma. Pero sin rozar nada. Todo un crecer interno. Un desfallecer, un gran desfallecer...”.
Semejante confesión escandalizó a su maestra del tercer grado, quien solicitó su expulsión. Jamás a las aulas. Su leyenda crecía como sus poemas.
María Eugenia Bravo hizo tal recopilación. Monte Ávila entregará, gracias a ese trabajo, Páginas de un diario olvidado, Fragmentos de cartas y Cuentos sin patria. Es la obra hasta ahora inédita de quien publicó, en 1956, Canciones que oyeron mis últimas muñecas y, en 1961 (edición póstuma) Entre la luna y los hombres.
Cuenta Marlene Nava que los padres de María fueron Camilo Calcaño Nebot y María Francisca Ortega. El primero fue un poeta alineado con la mejor tradición de los vates de la Maracaibo de entonces. Alucinados, jugadores, (“verbóreos y parnasianos”, según se lee en un libro de la época), émulos del eximio Udón Pérez. Los Calcaño eran una estirpe de poetas. Graciela Rincón Calcaño, su prima, escribió la letra del Himno de la Chinita. María adoraba a su padre, quien, de alguna manera, la volvió poetisa entrañable: “Nací yo...y en todo exacta a Camilo, mi padre (...) Le juro que nunca una hija se ha parecido de mujer tanto a su padre, sin perder su femineidad. Y éste ha sido uno de mis adornos desde la cuna. También mi mayor placer, desde pequeña, era seguirle a todas partes...”.
La Maracaibo que vivió María reunía las condiciones esenciales para que un temperamento poético tan sui generis floreciese, abonada por esa tórrida efervescencia literaria que encumbró a grupos como Seremos, uno de cuyos principales exponentes, Jesús Enrique Lossada, seguía con circunspección el desarrollo de aquella obra.
La ciudad correspondía, de alguna manera, a su afán creador. Los escritores Jesús Ángel Parra y Gladys Aquebeque recuerdan los textos llevados como diario por la poetisa. Los mismos rezuman vitalidad y emoción, pero también revelan su visión irreverente.
“A su modo era una conspiradora”, advierte Bravo. La incidencia de la dictadura gomecista, primero, y la perejimenista, después, entraban en contradicción con los términos revolucionarios, por profundamente humanos, de sus versos.
Nava sostiene que la muerte resultó una de sus grandes obsesiones. “Escribo para cuando me leas después de muerta. Te recuerdo i es como perseguir el ruido de tu paso por las ciudades o entre rocas, o al costado de un cielo que no te tropiezas nunca ¿Estarás contento o fastidiado? ¡Oh, amor mío, tu rostro permanece desierto!...”.
Carlos Medina Ortega, su sobrino, recuerda que ella murió, de cáncer, el 23 de diciembre de 1956 en la noche. No hubo Nochebuena. María había partido, como su admirada Alfonsina Storni, vestida de amor. Como siempre. Premonitoria, escribió: “Mi muerte irá a ser lo único distinto. / ¡Y ni a este espectáculo tan interesante / poder asistir! : / la fiesta fúnebre, visitas, abrazos.../ la casa iluminada”. La memoria teje su leyenda.
Credo
“MI MAYOR ambición, ser rica; mi adoración perpetua, el hombre; mi debilidad, el amor; mi día favorito, el lunes; mi número, el siete; mi piedra preciosa, el zafiro.
LO QUE CONSIDERO más perfecto de mi cuerpo, los senos; mi deseo constante, viajar; mi color favorito, el azul; mi metal, el bronce; lo que me alegra más, la lluvia; lo que me entristece, los locos.
MI MAYOR defecto, la inconstancia; mi gran virtud, la piedad; mi atracción, el mar; mi animal, el gato; mi gran temor, la víbora; lo más repulsivo, los pantanos; mi flor, el loto; mi oración, el Ave María. El mejor libro, los Cantos de Maldoror. El que me hace dormir, El Quijote. La palabra más hueca, amistad; la más bonita, silencio...”.
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