PERFIL. EN EL DÍA DE LA MUJER, CONOZCA A MARÍA LUISA LUNDVIK, DEFENSORA DE LOS NIÑOS CON HAMBRE
“La Sueca” de la Guajira
Texto: Yesenia Rincón Castellano

Querida y odiada, la embajadora de Benposta en la región hizo de los pueblos de nadie su apostolado. Ha visto morir de hambre a niños y ancianos en la Guajira venezolana. Viajó a la India, conoció a la madre Teresa de Calcuta y allí consolidó su vocación.

“Si un niño no tiene casa, ni escuela, ni pan, es porque el Gobierno de turno lE ha robado SU HERENCIA”.

Al lado de una pequeña urna blanca, María Luisa Lundvik lloraba a mares la muerte de Luis Gustavo Morán, un niño de siete años con el cuerpo de un bebé de cuatro. Envuelto en trapos sucios, la piel marchita y los ojos bien abiertos, se despidió de la vida dejando al descubierto que pagó la condena del hambre en la Guajira.

Era 15 de septiembre de 2001. La primera y única vez que a “La Sueca”, como se le conoce en la Guajira venezolana, fue vista llorando.

Cruzando dos océanos al oriente del mundo, 29 años antes, María Luisa, sin una lágrima, vio de cerca la desgracia, en la India.

“Tenía 23 años cuando fui a Bandra, con el grupo de monjas Medical Mision Sistem, en 1973. La pobreza era tan atroz, que la gente vendía su sangre para sobrevivir. Les pagaban 5 rupias y un cambur. Luego se iban a trabajar de carretilleros, que es como un taxi, siendo las personas el vehículo, con una cesta en la espalda. Pero llegaba un momento que de cargar tanto peso vomitaban la sangre y morían en el camino. A pesar de eso, se sentían privilegiados de tener trabajo. La explotación era bárbara”.

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“¿Dónde están nuestros gobernantes! (...) ¡Trafican con el dinero de los que mueren de hambre!”.

Al pie del cofre del niño wayuu, cada frase de María Luisa era un grito agudo que quebrantaba su fortaleza.

Siendo embajadora de la organización católica Benposta en el Zulia, había recuperado al pequeño de la desnutrición llevándolo al Hospital Chiquinquirá de Maracaibo, hasta dejarlo en 22 kilos. Transcurrieron apenas 15 días en su hogar y murió con ocho kilos.

La madre no aparecía. Luis Gustavo era el quinto hijo que se le moría de hambre.

¡A esa mujer hay que ponerla presa! ¡Lo dejé gordito, lo dejé bonito, y esa hija de p... lo dejó morir! La rabia de María Luisa, enciende su verbo ofensivo y hace retumbar las latas de la vivienda con piso de tierra, ubicada en el caserío Nazareth, del municipio Mara. Los vecinos le pedían que pagara el sepelio.

En medio de la plaza El Moján, capital de Mara, es velado el cuerpecito bajo la sombra del busto de Bolívar y frente a una iglesia con las puertas cerradas.

“Los niños son los hijos predilectos de Dios. (...) No hay niños pobres, no hay niños enfermos, no hay niños con hambre. Este pequeño nació con un pan bajo el brazo, pero alguien se lo arrebató. Nadie le dio el vaso de leche que necesitaba y vivía en el estado más productor de leche de Venezuela”.

Así grita iracundo en medio de la plaza el doblemente nominado al premio Nobel de la Paz, Jesús Silva, sacerdote español, comunista y fundador de la organización Benposta (que significa Bien puesto, bien hecho en portugués), también llamada Nación de los Muchachos, además del Circo de los Muchachos, donde jóvenes recuperados de la miseria ofrecen espectáculos por todo el mundo, recabando fondos en beneficio de otros pequeños.

Como la estampa de ningún santo, la imagen de Jesús Silva, está repetida en más de 20 retratos y fotos familiares de los amarillentos álbumes que María Luisa guarda en su posada sueca, donde vive y alquila habitaciones con vista al Lago de Maracaibo, en El Moján.

La brisa salina de la cuenca del Zulia le trae el recuerdo del mar Arábico que arropa las costas de Bandra, donde selló su vocación.

“Cuando estudiaba la licenciatura en Turismo en la Universidad de los Jesuitas de Palma de Mallorca, España; el director pidió un voluntariado para ir a la India. Yo me ofrecí. Llegué a Bandra para trabajar con las monjas y allí vi a un grupo muy numeroso de novicias que esperaban a la madre superiora. Era Teresa de Calcuta”.

“¡Me impresionó tanto aquella mujer! No por ella misma, sino porque arrastraba a jóvenes de 13 y 14 años. A esa edad muy poca gente tiene claro lo que quiere ser en la vida, pero ella tenía un imán y su congregación estaba muy clara. Trabajaban en poblados llenos de niños abandonados, prostituidos y vendidos por sus padres”.

“Ahí aprendí que todo es útil. Aquí nos podemos comer un pan y lo que sobre, lo tiramos a la basura, sin pensar que en este mundo hay alguien que puede sobrevivir con esa sobra”.

“Psicológicamente eso me afectó tanto, que cuando regresé a España iba a todos los contenedores de basura y con la comida que encontraba hacía paquetes para mandarlos a la India”.

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En un depósito de la posada sueca, con la piel rosada encendida del calor, trabaja el sueco Jhon Lundvik, esposo de María Luisa.

Con un título de ingeniero eléctrico y la acreditación suficiente como para fijarse sus propios honorarios a la hora de reparar máquinas de grandes industrias con sucursales por todo el mundo; prefiere quedarse en su casa trabajando con una prensa, aplastando latas de refresco, para formar los kilos de alumino que María Luisa vende para el reciclaje.

“Hago un trabajo una vez al año y con eso nos podemos mantener todo el año. Entonces prefiero quedarme en casa apoyando a María Luisa. Me enamoré de ella porque es distinta, muy libre y divertida. Deja mucho tiempo la casa sola, pero yo la acepté así”.

Con esas palabras, Jhon expresa la incondicionalidad de su amor por la misionera que conoció en una estación del tren en España, con quien logró el sueño de tener una hija: Chestie. Luego a Lenard.

“Chestie tiene actualmente 28 años y Lenard 22. Ambos estudiaron en Benposta. Mis amigas me decían: ‘Estás loca, cómo vas a permitir que estén con esos niños abandonados, que traen tantas malas costumbres’. Yo les decía: ‘Estudian ahí porque yo creo en mi proyecto. Allí aprenden que todos somos iguales”.

Pero las más duras críticas a María Luisa fueron recibidas por sus propios hijos, por las largas horas que los dejó solos durante la niñez, para salir a su misión.

“Me dejaban carteles en las paredes de la posada, que decían: ‘Mamá, los niños de la Laguna tienen crema dental y nosotros no’. ‘Mamá te llevaste la compra de comida para la Laguna y nosotros quedamos sin nada”, “Mamá hoy fue mi cumpleaños y no viniste”.

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En el patio de la posada se ven tendidas en cuerdas centenares de bolsas plásticas, que han sido lavadas para el reciclaje.

Con eso se pagan gastos básicos de dos comunidades Benposta en el Zulia, una en el poblado Los Frailes, del municipio Páez, y otro en la isla de Zapara, en Almirante Padilla, entre ambas instituciones atienden 500 niños pobres.

“Si existe en el mundo una persona incansable, esa es María Luisa. Al principio le tenía rabia, porque yo veía que ella pedía y pedía, me preguntaba ¿qué tanto pide esa vieja? Hasta que comprobé que ayuda a gente muy necesitada”, confiesa Ana Belarice, encargada de la panadería Bella Vista, en Maracaibo.

En el patio de ese local y el de varios supermercados de Maracaibo, María Luisa, junto con dos jóvenes de las comunidades Benposta, acuden todos los días a hurgar basureros en busca del material reciclable.

En su periplo semanal, el martes está reservado para convertirse en vidrio partido dentro del zapato de los gobernantes. Va de institución en institución pública, solicitando beneficios para sus comunidades, bajo su premisa: “Si un niño no tiene casa, ni escuela, ni pan, es porque el gobierno de turno se lo ha robado”.

Con su lengua filosa se ha ganado el desprecio de varios dirigentes como Magaly Semprún, concejala de Páez: “Ella llegó a la Laguna de Sinamaica con el objetivo de trabajar por los niños. Pero se volvió como una plaga. Se atribuye los logros a ella sola, y mucha gente la había acompañado. Además quería que se hiciera lo que ella dijera y aquí todo se hace consultando al pueblo”.

Otros, como Yamelis Ríos, de Fundaeduca, prefieren no soportar su insistencia: “Pelea persistentemente por una obra lenta, pero tratamos de darle soluciones”.

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Desde niña fue altanera y respondona. Maestras como Mery Coromoto Rodríguez, del colegio de monjas Nazareth, donde estudio de primer a octavo grado.

“Cuando veía que castigaban injustamente a alguien yo me metía, y les decía a las hermanas: ‘Estás haciendo todo lo contrario de lo que dicen los mandamientos’. No me botaban porque mi papá les hacía muchas donaciones”.

“Había una máquina de refrescos y yo hice una moneda con un huequito, le amarré un hilo y cuando se iba, la halaba y la tenía otra vez. Así brindé a todo el mundo. Pero llamaron a papá. Él les decía: ‘¿Tanto lío por unos refrescos? Yo se los pago’. Cuando salía de allí, me brindaba un helado. Al otro día las monjas preguntaban qué me había hecho mi padre, y yo les decía: ‘Me compró un helado’. Se ponían histéricas. Él les decía: ‘¿Y qué quieren que haga, que le pegue por algo tan inteligente que hizo?’ Tenía una filosofía de vida increíble”.


Lo que nunca imaginó María Luisa, a esa edad, es que su comprensivo padre, Arturo Soto Méndez, era señalado por una culpa ajena: el hundimiento de la piragua Ana Cecilia, que zozobró en 1937, y él era el dueño y capitán.

“Me enteré de eso a mis 18 años, porque me lo contó un tío que quiso decir la verdad: un primo hermano de papá cortó el timón. Abuelo prefirió que no se dijera nada, porque entre familia no se sacan los trapos sucios. Así papá fue a la cárcel y se arruinó tres veces, porque pagó muerto por muerto. Pero siempre logró resurgir”.

El admirado padre muere en 1992, y ella asegura que ni en esa oportunidad botó una lágrima.

“Lo más duro que he visto en toda mi vida es morir a cinco niños de hambre en una misma familia. Que el hombre de la funeraria me dijera que los abrieron para prepararlos y no tenían vísceras, porque nunca tuvieron alimentos, en el estado más rico del mundo”.

“¡Y se siguen muriendo de hambre y enfermedades curables!”, sigue gritando María Luisa, cada vez que puede. Reparte culpas y nada contra una corriente que nunca logra arrastrarla: “Todos somos cómplices, mientras no hagamos nada por eso. La indiferencia mata a nuestros niños. Aquí una vaca no se muere de diarrea, pero un niño sí”.

“En una de las tantas inundaciones de la Guajira vi a un ganadero cerca de Los Frailes sacando de las aguas al ganado y yo le propuse: ‘¿Por qué no sacamos primero a los niños?’ El me respondió: ‘Porque las vacas me costaron 800 dólares’. Yo le dije: ‘¿Y cuánto te han costado tus hijos?’ Entonces, como muchos, como casi todos, me dio la espalda”.

HISTORIA

NACIÓ el 14 de octubre de 1950. Es hija de Arturo Soto y Ligia González.

Su verdadero nombre es: María Luisa Soto González. “Soy Lundvik por mi marido. No uso el “de” porque en Suecia no se usa, pues indica que eres una propiedad”.

PARA CONTACTARLA su número telefónico es: 0414-6517382.

DESDE SUECIA sus hijos dijeron:

Chestie:”Yo jamás hubiera tenido la fuerza de ella para luchar tanto por su causa. Aunque nunca se lo he dicho, me siento muy orgullosa”.

LENARD: “De pequeño no entendía que nos dejara por estar con otros niños. Luego entendí que ellos la necesitaban más. Será recordada siempre”.

© Panorama Digital, 2007