Periodismo. La escritora italiana falleció de cáncer de mama a los 77 años
Oriana Fallaci ante la historia
Texto: Robert Arapé

Foto: AP

Reportera de guerra y novelista, registró los conflictos bélicos más importantes del siglo XX e interpeló, al respecto, a los líderes políticos. Regresó a su Florencia natal, durante la agonía. Rompió el silencio debido al ataque terrorista del 11-S y su condena al islam provocó controversia.

Con su ensayo La ira y el orgullo, publicado en el Corriera dela sera, Fallaci rompió un silencio personal, después de vivir en guerra.

Si el mundo no es más que un telón de fondo donde se escenifica la batalla por la igualdad humana, Oriana Fallaci hizo del periodismo un arma de guerra.


Siempre tuvo la percepción de vivir en el campo de la confrontación y las bombas no dejaron de estallar a su lado. Cuando daba su misión por cumplida, se retiró a su apartamento en Manhattan, a librar una batalla contra el cáncer de mama, enfermedad que, extendida a sus pulmones, la alcanzó a los 76 años. Muriendo un año después en su natal Florencia, el pasado jueves.

Después de registrar el estallido de las bombas, vivió una década en silencio. Los tratamientos la sumieron en la soledad de la lectura. Disfrutaba del anonimato de un ciudadano del mundo. Todo seguiría así hasta el último aliento. Y, no obstante, a dos cuadras de ese territorio donde izó la bandera de la paz, un grupo islámico destruyó las Torres Gemelas.

El ruido ensordecedor le hizo sentir que la tierra se abría. El polvo empañó los cristales de su apartamento. El mundo cambiaba para siempre, a la vuelta de la esquina.

No podía callar. Alzó su voz iracunda. Lanzó a la civilización occidental una bofetada y, luego, un escupitajo. Publicó las obras La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón. De vuelta al campo de batalla, con las armas al hombro, como en los mejores tiempos, confesó: “En los últimos 20 años, los territorios islámicos provocaron la muerte de 6.000 víctimas, en nombre del Corán. La fe mulsumana siembra odio en lugar de amor y esclavitud en lugar de libertad”.

En otras palabras, apuntó con el índice manchado de sangre a la ONU, a la Comunidad Económica Europea, a los Estados Unidos, ¡a todos!, por las políticas de puertas abiertas a los pueblos fundamentalistas, hecho que permitió el surgimiento de un anticristo llamado Osama Bin Laden. Dijo que Europa ha enlodado el nombre del continente y ahora debía llamarse Eurabia.

Así solía expresaba sus opiniones: con valentía, con sarcasmo y con sorna. Y, después de poner el dedo en la llaga, resultaba ser la mala de la película. Molestaba a todos.

Un café con la historia

Oriana Fallaci combatió en la línea de fuego y siempre disparaba la primera palabra. Así estuvo frente a Henry Kissinger, a Yasser Arafat, a Golda Meir, el ayatolá Ruhollah Khomeini o a Moamer Kadhafi. Eran los hombres que gobernaban al mundo.

Desarmó a los líderes de los conflictos políticos del momento, con una simple pregunta. Sin importarle parecer corrosiva, antipática o despiadada. Nunca tuvo un gesto de estar convencida de las respuestas de su interlocutor, ubicándose en el polo opuesto.

Dejaba hablar largo y tendido a un Presidente o a un secretario de Estado, tomando notas, formulando preguntas esenciales en su mente, y, al tomar la palabra, cuestionaba los planteamiento con una actitud que su entrevistado buscaba una manera para disimular los nervios.

Reportera de guerra, veía correr la sangre en las provincias vietnamitas o en los desiertos iraníes. Escuchaba los gritos tras las detonaciones. Veía la muerte. Palpaba la desgracia desatada por la pólvora. Luego, afectada en lo más profundo de su existencia, solicitaba la entrevista.

Señalaba errores en las políticas gubernamentales. Se quejaba de las decisiones de guerra motivadas únicamente por el odio. Demandaba justicia por los privilegios de los hombres que sólo la estrella de la fortuna pudo colocar en la historia. En otras palabras: le quitaba los zapatos al poder y veía sus pies de barro.

La torturaba transcribir las palabras de esos hombres poderosos. Aunque, en una especie de justicia periodística, apelaba al retrato, subjetivo y visceral, de cada uno de ellos.

En la obra Entrevista con la historia puede verse la conciencia de esta mujer como un pájaro tratando de volar en plena tempestad: “¿Quiénes hacen la historia? ¿Los líderes o los pueblos?”. La incógnita la desalentaba tanto como la respuesta.

Juntos bajo los árboles

Entrevista con la historia concluye con una ráfaga de aire puro, el otro lado del poder: el encuentro con Alekos Panagulis, un integrante de la resistencia al dictador griego Giorgios Papadopullos.

Deja sin palabras el retrato de ese hombre torturado por los cables eléctricos del poder, conectados a su entrepierna: “Parecía un cristo crucificado nueve veces”. Se conocieron en 1973. La periodista italiana, cuyos diálogos con los estadistas daban pauta a la política internacional, sucumbió al corazón del poeta griego. “Un hombre debe ser valiente para conquistarme”, expresaba.

Describía a Panagulis como un Ulises apátrida, incrédulo a los dioses. Detenido y condenado a muerte por participar en los atentados contra el “régimen de los Coroneles en Grecia”, sólo permaneció cinco años en prisión. Libres, el poeta y la “giornalista” pasearon por los bosques helénicos y, en el tronco de un roble, tallaron la palabra que los inspiraba: NO. Era el título de un credo: No a la dictadura. No al miedo. No al silencio. No a la dominación.

Tres años después, ese cristo redimido es asesinado misteriosamente en una calle de Grecia. Oriana convirtió sus lágrimas en un libro estremecedor, titulado Un hombre. No volvió a decir una palabra al respecto. Ni se casó. Ni tuvo hijos. Sólo escribió una Carta a un niño que nunca nació, condenando el aborto.

“Raggazza bella”

Nacida, en Florencia, el 29 de junio de 1929, era hija de un albañil y creció en un hogar humilde, donde la voz paterna se hacía escuchar contra las políticas de Benito Musolini. La “bella raggazza” se unió a la resistencia armada contra la ocupación nazi, haciendo uso del fusil, la palabra o del cuarto de sus hermanas para esconder algún compañero.

“Estudié medicina porque el tío Bruno me decía que estudiar esa carrera me ayudaría a ser escritora —llegó a confesar la periodista—. En aquel tiempo, la universidad no era gratis: debía autofinanciarme, y comencé a escribir reportajes cortos para algunos diarios. Luego me quedé en el periodismo porque me permitía escribir”.

Trabajó por dos décadas con L’Europeo, un semanario ya extinto que fue alguna vez uno de los principales de Italia, mientras sus crónicas solían ser traducidas y publicadas en todo el mundo.

Su verdadera guerra llegaría durante los años 60. Experimentó en carne propia la atmósfera mortífera de Vietnam. En México, en 1968, herida y dada por muerta, la rescatan entre un montón de cadáveres durante la masacre estudiantil en la plaza de Tlatelolco.

Escribía, publicaba, levantaba la controversia, en tanto un enemigo, atrincherado, se acercaba. Mientras traducía frenéticamente su novela Inshallah (Como Dios quiera) descubrió un tumor en uno de sus senos. Pospuso su visita al médico para después del invierno. Cuando acabó las correcciones maduraba el verano y voló hasta Milán. En menos de 24 horas estaba en el quirófano para ser intervenida de urgencia.

“La nube negra de la guerra de Kuwait despertó ésto en mí —escribió en su momento—. Regreso de esta guerra con una herida invisible”.

No compartió esa dolencia con sus lectores. Desde entonces, se mantuvo alejada de la mirada pública. Pasaba días enteros encerrada en su apartamento en Manhattan, abandonándolo apenas para viajar a Florencia.

Sólo se conoció su estado tras la conmoción que provocó los atentados terroristas del 11 de septiembre. Si condenaba al islam de una manera que Alá resultaba profanado, se declaraba leal a la identidad religiosa europea. “Sí, soy atea cristiana”, decía. Consumida por el cáncer, fue recibida por el papa Benedicto XVI, discretamente, en la residencia pontificial de Castel Gandolfo.

Profeta en su tierra, decidió morir en su pueblo. Oriana Fallaci habla ahora cara a cara con la muerte, como habló directamente con la historia... La muerte tendrá que contestar sus preguntas...

best-seller

Libros: Penélope en la guerra (1962), Entrevistas con la historia (1974), Carta a un niño que nunca nació (1975), Nada y así sea (1975), Un hombre (1976), Insahallah (1991), La rabia y el orgullo (2000), La fuerza de la razón (2002), Oriana entrevista a Oriana (2004).

Frases

“Si una persona tiene talento, se le puede preguntar la cosa más trivial del mundo: siempre responderá de modo brillante y profundo. Si una persona es mediocre, se le puede plantear la pregunta más inteligente del mundo: responderá siempre de manera muy mediocre”.

”He conocido a más hombres poderosos que todos los que haya conocido Berlusconi y puedo asegurar que de cada diez, cinco eran unos pobres comemierdas. Así lo creo”.

”No voto por nadie. Porque no delego en nadie la ardua tarea de representarme. ¿Y si me ofreciesen un escaño de senadora vitalicia? Éso sería impensable e inconcebible”.

”La nuestra es una era sin líderes. Hemos dejado de tener líderes a finales del siglo XX. Juan Pablo II era un guerrero que hizo para acabar con la Unión Soviética incluso más que los Estados Unidos”.

En vida recibió diversos galardones y reconocimientos, como el Doctorado del Columbia College de Chicago. Sus últimos ensayos se convirtieron en éxitos en las librerías y traducidos a diversas lenguas.

© Panorama Digital, 2007