El hijo de un humilde panadero se convirtió en uno de los cantantes líricos más admirados. Deja un legado de más de 100 millones de discos vendidos . La Scala pierde a una de sus voces por excelencia y diversos homenajes se repiten desde Italia hasta cada continente. A las 5:00 de la madrugada dejó de vivir.
Texto: Alexis Blanco / Fotos: AP / AFP / Reuters
La voz del niño impregna la suave masa que su padre manosea, mientras entona con él algunas viejas baladas provenzales. Su oído presta atención, ora al pan, ora a los tonos y semitonos que también su madre acompaña, con la misma ternura.
El invierno va cayendo sobre los techos de Módena y el niño de diez años, llamado Luciano, el hijo del panadero, no para de cantar. Nació el 12 de octubre de 1935 y muy temprano, en los actos escolares, manifestó su vocación. Una voz de caramelo.
Sus padres lo inscriben en la Scuola Magistrale, donde pronto pone de manifiesto su incomparable talento. “No es un niño normal”, confiesa su maestra, Nina. Aprende muy rápido. Tanto, que antes de graduarse lo pusieron a dar clases en la primaria. Sabe de todo. Canta de todo. Su estrella es tan grande como los caminos de “La bota”.
Todos cantan en la Italia de entonces. Todo tipo de canciones. Los trovadores aseguran el brillo de cada victoria o deslastran la amargura de las derrotas. Se canta a Garibaldi o contra Garibaldi. Se evoca a “Il Duce” o se denuesta contra el. Las pasiones reverberan y sólo el arte, el gran arte, convierte la guerra en una trivialidad.
Se aprende cantando. Se vive trovando. En los pueblos provincianos, como Módena, los artistas del canto lírico sueñan con una patria libre, en paz, para convertir los teatros en los escenarios del triunfo del amor.
Para el tenor local, Jorge Quintero, el aporte esencial de Pavarotti es que masificó “la mal llamada música académica, o clásica. El canto lírico salió a la luz pública del mundo. Es el último de los cantantes con una técnica depurada, impecable. Dudo que volvamos a tener una figura como él. Reivindicó la figura del tenor belcantista puro. Su voz prístina jamás será olvidada. Es una pérdida inolvidable para la música”.
Debut a lo grande
El 19 de abril de 1961, el joven Luciano sube al escenario, interpretando el exigente papel de Rodolfo, en La Boheme, de Puccini, en el Palacio de la Ópera, en Reggio Emilia. Su tesitura, su imponente presencia y un inusual brillo en la voz, propia de las leyendas del canto, como Enrico Caruso o Alfredo Kraus, sorprende al público.
Comenzaría a gestar su propia leyenda. Cuando hizo el papel de Tonyo, en la ópera La hija del regimiento, cautivó a los espectadores, “con su aria de nueve Do de pecho. Los críticos del diario New York Times toman en cuenta la proeza y lo consagran dedicándole la portada del diario. El camino estaba hecho.
Después llegarían, uno tras otro, los triunfos, desbordando los escenarios operísticos y trascendiendo dichos espacios, con una muy lúcida visión del mercadeo de su figura. Con José Carreras y Plácido Domingo creó una epopeya lírica, en 1990, llamada Los tres tenores, que debutó en Roma.
Pero su ingenio trasciende la mera crematística: los fondos recaudados con dichas actuaciones son destinados a apoyar causas benéficas, lo cual le granjea cientos de admiradores, ajenos al mundo de la ópera.
En el 2000 realiza asociaciones estratégicas con otras estrellas de la música popular, tales como Sting, Andrea Bocelli, Frank Sinatra, Michael Jackson, Caetano Veloso, la banda U2 o sus compatriotas, Zucchero o Lucio Dalla, entre otros. Pavarotti y sus amigos deviene en un ícono dentro de los conciertos destinados a consagrar recursos para ayudar a los más necesitados. El hijo de la panadera multiplica sus panes y sus peces.
En 1991 aporta los fondos necesarios para la creación de War Child, un centro de musicoterapia, donde queda reafirmado el enorme poder sanador de su arte. El “Pajarote” sabe lo que hace con sus dineros.
También sus hijos. Con Adua Veroni tiene tres hijas. Años más tarde contraerá nupcias con Nicoletta Mantovani, su viuda y madre de Alicia, la bebé que animó sus días postreros. Luciano tiene pasta de héroe popular. Viene de abajo, canta cualquier clase de canciones que contengan momentos sensibles y no duda en visitar cuanto país lo involucre en un plan de giras. Comprende que su figura va más allá de los nueve Do de pecho que lo hicieron el más grande tenor viviente.
La soprano zuliana, Rudelmis Montero, formula sus apuntes desde Caracas, por teléfono: “En el mundo de los cantantes líricos, lo llamaban “Pajarote”, por su enorme figura. A mí, particularmente, me parecía demasiado italiano, en todos sus gestos y actuaciones. No digo que eso sea malo, sino que a ciertas sensibilidades, puede resultar como muy voluminosa su presencia, su manera de cantar, sobre el escenario”.
Farewel Tour fue su último viaje artístico, hasta que, el siete de julio de 2006, en Nueva York, un equipo médico realizó el dignóstico: cáncer de páncreas. Su última actuación tuvo lugar en marzo de 2004, en la Ópera Metropolitana de Nueva York, donde hizo el papel del pintor Mario Cavardosi, en la Tosca, de Giácomo Puccini.
Temperamento notable
El tenor zuliano Oscar Valencia entra en trance cuando habla de su admirado colega: “Vocalmente, un fenómeno. A quien le gusta estudiar la técnica vocal, encuentra en Pavarotti, en sus alardes de agudos, un ser de otra galaxia. Resulta difícil comprender cómo un ser humano puede llegar, como él lo hacía, a tener una afinación tan perfecta, con unos agudos tan impecables y una línea de canto envidiable”.
Luego enfila su apología: “¿Cómo es posible que, a los 70 años, un hombre conserve esa capacidad vocal, esa técnica respiratoria, el músculo diafragmático en perfectas condiciones como para sostener un Si natural, un Do agudo, como sólo lo puede hacer un hombre de 50 años...”.
Un tenor afina Valencia no es una máquina de hacer agudos. El público valora mucho la carga, el poder interpretativo, la calidad del cantante. Sólo comparable con el tenor Franco Corelli, quien, como él, entraba con infinita ternura, con dulzura, al oído del espectador, a la vez que hacía alardes vocales”.
Cantor popular
Argenis Carruyo lleva su mano a su oído derecho y afina: “Ojalá yo hubiera tenido la capacidad de voz que tenía ese señor. Muy pocos llegaban al tono que alcanzaba él. Fresco, pura respiración, con una normalidad absoluta en el trabajo con el diafragma abdominal y con la nariz. Un hombre generoso. Como ese, no creo que volverá a nacer otro. Un cantante popular en todo el sentido integral de la palabra. El mejor cantante del mundo, para mí”.
Clave de Sol en ristre, el director sinfónico, Luis Morales Bance, piensa que, con el debido respeto, Alfredo Sadel podía alcanzar, en su mejor momento, los más complejos registros vocales, muy por encima de Pavarotti. “Sin duda que Pavarotti es el tenor por excelencia del siglo XX. La reedición de Caruso. Luciano es un ganador a todas luces. Lo único que se podría decir en su contra, es que tiene muchas notas incrustadas, esto es, que las repite, igualitas, en muchas arias. Eso, lamentablemente, es un detalle difícil de obviar. Yo me quedo con Alfredo Sadel, mucho más expresivo”.
A Linda Marín, mezzosoprano, le duele la muerte de Pavarotti, porque cierra el ciclo de esos grandes tenores, inolvidables, con una técnica irrepetible. “Esa época termina con él. Ahora llegará otro tipo de intérpretes, más formados en los laboratorios y talleres del canto. Lo recordaremos siempre en películas como Si, Georgio”.
La voz del niño continúa amasando su pan, compartido en forma de canto. Ya es inmortal.
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